viernes, agosto 12

UN BAILE: EL EVENTO SOCIAL QUE SIEMPRE DARÁ QUÉ HABLAR

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UNA LARGA LISTA DE INVITADOS, BANQUETES ENCARGADOS AL HOTEL INGLÉS, EL SAQUEO DE LAS JOYERÍAS Y LAS CASAS DE MODAS. UNA QUE OTRA CARA TRISTE, ALGUNAS UN POCO MÁS ALEGRES Y CAPRICHOSAS; MESES DE PREPARATIVOS PARA UNA SOLA NOCHE, EN QUE SE MEDIRÍA EL PODER DE CIERTAS FAMILIAS, QUE EN UN DESPILFARRO DE MILLONES CAUSABA QUE LA ATMÓSFERA DE BAILE INVADIERA CADA RINCÓN DE SANTIAGO. 
ESA FERIA DE VANIDADES BURGUESAS OCULTABA ALGO MÁS QUE UNA FRÍVOLA RECEPCIÓN: HACÍA ANDAR EL COMPLEJO ENGRANAJE SOCIAL DEL SIGLO XIX, DONDE POLÍTICOS, SACERDOTES, DIPLOMÁTICOS, QUINCEAÑERAS, INDUSTRIALES Y GRANDES DAMAS, LUCHABAN POR CONSEGUIR ALGUNO DE LOS BUENOS BENEFICIOS DEL GRAN MUNDO. 



Un Baile  es definido por la Real Academia de la Lengua Española como “Festejos en que se juntan varias personas a bailar”. Tal escueta definición no advierte la complejidad que una ceremonia como esa representa, y debe ser entendida desde un punto de vista más sociológico. Es que el Baile nace muy temprano en las pequeñas aldeas pretéritas y traspasa las barreras del tiempo como uno de los más estables enlaces de sociabilidad.

Durante la Edad Media, el Renacimiento y los siglos del Barroco europeo, se va generando en las clases privilegiadas una peculiar forma de relación, haciéndose frecuentes los encuentros nocturnos donde se baila, se bebe y come en exceso. Esta fachada de entretención que podría ser vista sólo como parte del ocio en que viven ciertos ciudadanos, oculta la necesidad de forjar procesos identitarios que logren conformar alianzas familiares, políticas, económicas e incluso dirigir el destino de naciones enteras.
Las fiestas pasaron a ser entonces, una necesidad  social de todos los años, un espacio de reconocimiento entre pares, de aceptación o rechazo de nuevos individuos, de aspiraciones familiares, políticas y gubernamentales; en fin, un momento donde jugar todas las cartas para no bajarse del tren de los beneficios que otorgaba pertenecer al "gran mundo".

Las tierras chilenas caen muy tardíamente en esa vorágine social, pues durante el siglo XVI, la precariedad económica y la guerra dejan muy poco espacio para la sociabilidad. Sin embargo, desde el siglo XVII, a medida de que la paz se generaliza y algunas familias logran prosperidad económica, se comienzan a hacer comunes las reuniones en las casas de los personajes más connotados. Éstas manifestaciones no distan mucho de las de sus pares latinoamericanos, y respondían a eventos selectivos, donde eran convidadas unas pocas personas, poniendo en práctica el arte de la conversación y la música. "Algunos presidentes -como Acuña y Cabrera, Marín de Poveda- abren sus salones a las familias de los terratenientes criollos; otros magnates los imitan. Organízanse desde entonces tertulias y saraos...la espontánea alegría, el ansia de divertimento, suplía en estas ingenuas fiestas la falta de elementos. El arpa o la guitarra, o la espineta, especie de pequeño clavicordio, acompañadas de canto, eran los únicos instrumentos musicales asequibles. Hubo algunas cantadoras y tocadoras de oficio, y en ausencia de ellas, no faltaba algún padre o lego entendido en el arte de Marsias que hiciera sus veces, y amenizara con sus acordes las indolentes pavanas. Los días de santo, las bodas y los óleos constituían asimismo en las grandes mansiones, motivo de reunión y regocijo". Solar, E. Las tres colonias. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires, Argentina. 1970. Pág. 55 y 56.
Baile en el santiago antiguo, retratado por fray Pedro Subercaseaux en 1917, y por Claudio Gay en su Atlas de la Historia física y política de Chile en 1854.
La siguiente centuria parece ser mucho más animada, las reuniones sociales se vuelven frecuentes y se popularizan con el nombre de saraos: veladas nocturnas, celebradas en alguna casa con amplio salón o algún edificio público, que permitiera dar a los más jóvenes sus primeros pasos en las danzas españolas de moda o un minué, comer ricos platos y beber; mientras los más grandes conversaban y se deleitaban con la música, en un ambiente de armonía y entretención que duraba hasta altas horas.
La magia de la corte borbónica invade los austeros salones coloniales, y es común ver en ellos piezas de pretencioso mobiliario francés, adquirido a alto precio en el mercado informal de los navíos extranjeros que invaden las costas chilenas. Eran estos muebles, junto a objetos, accesorios y vestimentas, un símbolo de status que vino a complementar el ya animado ambiente de los salones. Los gobernadores no escaparon a esta corriente, y son ellos quienes imponen modas y novedades en el pequeño Reyno de Chile, abriendo las salas de la casa de gobierno para ofrecer concurridas recepciones y bailes de máscaras. No excento de comentarios estuvo la llegada del refinado gobernador Gabriel Cano y Aponte (1717-1733), quien arribó con un enorme bagaje compuesto por 23 cargas de muebles y vajilla, otras cargas más con suntuosos trajes; y diversos objetos musicales entre ellos clavicordios, violines y arpas.

Gabriel Cano y Aponte, Gobernador de Chile.
Los viajeros no tardan en visitar nuestro lejano país, y parecen quedar maravillados con  la especial belleza de las mujeres locales, algo menudas y con ojos vigorosos, de grandes peinados y colorida moda,  más extravagante que la europea, pero igual de lujosa. Los caballeros visten bien, son galantes y educados, aprenden los bailes de moda y beben eso si en grandes cantidades. Sorprende el conocimiento de ciertos patriarcas y señoras, con quienes se puede hablar de política, religión, arte e incluso de materias científicas.  Son las dueñas de casa y sus hijas quienes animan las veladas, tocando ellas mismas finos instrumentos musicales – en su mayoría importados- como son la Flauta, la guitarra, el arpa, panderetas, castañuelas, clavicordios, salterios y los primeros pianos llegados al país.
Hacia el siglo XIX, la animada sociedad colonial encontró en el gobernador Luis Muñoz de Guzmán un amable anfitrión, que a instancias de su esposa, doña Ana Luisa de Esterripa -Marfisa, como era llamada por sus contemporáneos-,  hicieron frecuentes las más refinadas tertulias que conociera la casa de gobierno, donde no sólo el baile era protagonista, sino que también las primeras manifestaciones dramáticas y álgidos debatos intelectuales.


La retirada de la monarquía española con las guerras independentistas, el quiebre ideológico de las familias y el lento proceso para recuperar la estabilidad política, parecen hacer menos frecuentes las reuniones sociales privadas.
Hacia 1820 la situación comenzará a normalizarse, pues es necesario volver a aglutinar una sociedad dividida por las exaltaciones de las guerras independentistas, generar alianzas políticas y asegurar mediante enlaces matrimoniales, la prosperidad de algunas respetables familias que tambalean en los difíciles años de la organización republicana.
M.Graham, por Thomas Lawrence, 1819. NPG, UK.
El brillo de las recepciones vuelve a maravillar a sus privilegiados asistentes, y son algunos viajeros nuevamente, quienes dejan interesantes descripciones, "En la noche asistí a la tertulia de la familia Cotapos, en que hubo música, baile y charla de costumbre, y pude observar que en Chile la belleza y el traje de una joven son criticados por las demás lo mismo que entre nosotros. Y ya que hablo de cosas femeninas, agregaré que jamás había visto tantas mujeres hermosas en un solo día como he visto hoy aquí. No me atrevo a asegurar que hubiera entre ellas alguna de extraordinaria belleza; pero si puedo afirmar que tampoco vi ninguna fea...”; apunta Mary Graham, en su Diario de mi residencia en Chile, publicado en Londres en 1822.  

Los inicios de la República conservadora hacia 1830, da nuevos bríos a la sociedad chilena. Era ya una época de mejoras económicas, con familias enriquecidas y que veían en el modelo francés el progreso. Las fiestas se hacen costumbre, y los preparativos son cada día más refinados. Claude François Brunet De Baines, por ejemplo, recuerda que la Mansión del General Bulnes –construida por este  arquitecto en 1852- era una de las mejor amobladas y elegantes de Santiago. Y apunta que en 1863 la hija del General, doña Elena Bulnes, ofreció una recepción en su casa, exhibiendo en el comedor un castillo de dulces que tenía en lo alto una dama de crinolina con sombrero, en un perfecto trabajo de repostería y arte.
El influjo francés que cayó sobre las mentes criollas iniciaron una frenética búsqueda de novedades en distintos ámbitos de la vida privada y pública. Santiago se transforma en el centro de una burguesía tan rica que podía llevar un tren de vida lujoso, similar al de las grandes personalidades europeas; siendo esos parámetros los que dictarán la vida de los privilegiados ciudadanos, quienes nos ofrecen los anecdóticos episodios que conforman parte importante de la historia informal de nuestro país.
Como reflejo de estos cambios, nos centraremos en tres aspectos que revolucionan las costumbres, ideales, modas y aspiraciones de vida de los chilenos; cada uno de ellos, desde su naturaleza, reinventa lo que se entiende por formas de sociabilidad y el Baile tiene a partir de 1860 especial protagonismo.
"Una tertulia en 1840, Santiago", en Atlas de la historia física y política de Chile, del naturalista Claudio Gay, editado en Paris en 1854 en la imprenta de E. Thunot.

CAMBIOS EN LA ARQUITECTURA: 

La arquitectura de las nuevas residencias debió adaptarse a las transformaciones que vivian los habitantes de Santiago. Surge entonces el concepto de "palacio", que sepultó la sencillez del patio colonial bajo exóticos modelos de tendencia ecléctica.  Estas nuevas casas eran pensadas por los arquitectos como un espacio dual, donde pudiera convivir la familia fluidamente entre lo público y lo privado. La solución fue simple: en los pisos superiores se disponian las habitaciones familiares, mientras que el primer nivel servía como área de recepción.
El romanticismo hizo proliferar salas con diferentes usos, el palacio era una sucesión de recibidores, antecámaras, salitas, salones y espacios de transición, cuyo uso iba determinado al tratamiento que se le daba a cada visitante.
El hall pasaba a ser un muestrario de la prosperidad familiar, y en él se disponian toda clase de muebles, objetos curiosos y lugares de descanso. En torno a este espacio se ordenaban recibidores, comedor y comedor de diario, la salita del té, el jardín de invierno, el escritorio, sala de música, la biblioteca, la sala de fumar y el billar. Sin embargo eran las salas destinadas a las recepciones más grandes las que recibian especial esmero: el gran salón estaba siempre tapizado en seda, decorado con gran lujo y mobiliario digno de las Tullerias; mientras que el salón de baile, era una espaciosa habitación con espejos venecianos empotrados, mobiliario dorado, altillo para la orquesta y lámparas deslumbrantes. 
La ubicación de este lugar estaba pensado para ser el centro de un recorrido lógico por el área pública de la casa, cercana a los salones más importantes y al ingreso principal, para que en una reunión el asistente tuviera la posibilidad de moverse con gran libertad, como refleja la planta del Palacio Cousiño.

Planta con los recibos del Palacio Cousiño. Hacia el sur se desarrolla el área destinada a las grandes celebraciones, el recibidor acoge a los invitados, que giran hacia la sala de baile y de música; pudiendo a la vez ingresar al Hall o Comedor, sin necesidad de toparse con el área doméstica ni familiar de la mansión. Dibujo de los autores, prohibida su reproducción.

Las mansiones más importantes contaban con llamativos salones de fiesta. Sin ir más lejos la residencia de Maximiano Errázuriz (actual Embajada de Brasil) contaba con una larga sala de baile de más de 140 m2, con proscenio para la orquesta, espejos venecianos empotrados, claraboya con vitrales, muros pintados con escenas románticas y un lujoso conjunto de sillas encargadas a Paris. Así mismo el famoso palacio Concha Cazotte tenía un enorme salón de profusa decoración, con enormes arañas de baccarat e iluminado por una gran cúpula, contando además con un pequeño altillo para la orquesta, al que se accedía por una escalera de caracol.
La residencia de Claudio Matte -en calle Compañía con Amunátegui-  posee un peculiar salón de baile ovalado estilo Luis XV, con parquet dibujado encargado a Francia, espejos venecianos y, en sus mejores años exhibia un par de grandes arañas de baccarat. 
Salón de baile del palacio de Claudio Matte. Revista Familia, 1921- Salón de baile del palacio de Matías Errázuriz. En: Palacio Errázuriz: Embajada de Brasil. LOM ediciones, Santiago de Chile. 2002
Era tan importante este espacio para las grandes recepciones que el lujo no se hizo esperar: el salón de baile del palacio Cousiño fue dorado en cada moldura completamente a la hoja, para que realmente fuera de oro, y se complementó con un suntuoso conjunto de cortinajes y mobiliario comprado en las más finas mueblerías de Europa.
Tampoco la innovación tardó en aparecer, la magia que debía traspasar a los asistentes creó salas ocultas entre los muros de los salones para la orquesta; da cuenta de esto, el palacio de don Rafael Ariztía en la Alameda n°1642,  donde el amplio salón central es iluminado por una claraboya y cuatro pequeñas ventanas ovaladas, una de las cuales ocultaba una salita en el segundo nivel para la orquesta, abriéndose las noches de fiesta para que la música bajara sin que nadie viese a los músicos.
Salón dorado del palacio Cousiño en la actualidad y en la década de 1920.
Hall del palacio Ariztía, con la ventana oval donde se escondía la orquesta. Fotografía: Marcos Mendizábal, en Rodriguez Cano, A, et al. La Belle Epoque de Santiago sur poniente: 1865-1925. ARC editores y Banco Santander. Santiago de Chile. 2007. - El palacio Ariztía en la década de 1930. Archivo Brügmann.
La suntuosidad palaciega de la casa de Maria Luisa MacClure de Edwards (actual Academia diplomática), fue complementada con ingeniosos adelantos, como una serie de espejos que se abrían para escuchar la orquesta, o una ventanilla en el comedor que permitía oir la música de un órgano ubicado en el segundo nivel. 
El palacio de Blanca Vergara en Viña del Mar, posee también una sala de baile dorada, donde uno de los ricos paneles venecianos de la cornisa se abre, para dejar pasar la música de la orquesta que se ocultaba en un pequeño entrepiso.
Por último la mansión de la familia Salas Edwards en la calle Agustinas contaba con una salita de música, una sala de tertulias y un enorme salón de baile, compuesto por tres grandes salas divididas por arcos y columna, todas decoradas con excepcional lujo. 
Dos vistas del salón de baile del palacio Edwards, hoy la sala Ernesto Barros Jarpa de la Academia Diplomática Andrés Bello. La sala fue decorada con un plafond en el cielo del pintor Aristodemo Lattanzi, espejos empotrados y seda para los muros y cortinajes; además de las arañas de cristal y el fino mobiliario dorado con tapiz de seda roja, que aun se conserva. Fotografías de la revista Zig Zag, 1905 y 1906. Archivo Brügmann.
Salón de baile del palacio de Blanca Vergara, epicentro de la vida social viñamarina durante la Belle Époque. Fotografía: Marcelo Zalazar.
Salas de baile del palacio Salas Undurraga, ubicado en la calle Agustinas. En: Walton, J. Album de Santiago y vistas de Chile. Imprenta Barcelona, Santiago de Chile. 1915

Las salas de baile, reservada para los más acaudalados propietarios, ocultaron curiosamente entre sus dorados paneles, parte trascendental de nuestra historia republicana.


CAMBIOS EN LA MÚSICA:

Si en época colonial se bailaban mazurcas o minués, en las postrimerías del siglo XIX éstas son reemplazadas por ritmos más refinados. En 1822 Mary Graham relata que el vals se ha apoderado de los elegantes de Valparaíso, y de lo importante que era bailar bien y saber los ritmos de moda para las porteñas. 
Hacia 1860 se populariza el vals, volvía la mazurca, se imponía la Polka y se popularizaban las cuadrillas entre los más jóvenes, quienes iban a bailar al Salón Filarmónico del Teatro, sitio de reunión de los más animados miembros de la aristocracia. 
Muy pronto la música y lo que se bailaba, comenzó a ser una preocupación constante para la sociedad, el diario El Ferrocarril del 15 de octubre de 1862 publica entre sus hechos diversos la aparición de nuevas piezas, "Con satisfacción hemos visto anunciado que, en pocos días más, los hermanos Guridi publicarán sus cuadrillas lanceros, que han encontrado una favorable acogida...".

Para empaparse con el ambiente musical de un baile, basta nada más con leer el programa de la orquesta que tocó en la fiesta de reinauguración del Palacio Alhambra en 1877. Los músicos, dirigidos por el maestro Martínez, comenzaron interpretando cuadrillas, para luego seguir con los valses, mazurkas y polkas; terminando la fiesta cerca de las 4 de la madrugada, con una galopa titulada "las delicias del harem", que armonizaba magnificamente con el estilo de la mansión. 

Hacia 1880 las cuadrillas, los lanceros y el entretenido Pas de patineur son los bailes más populares en los salones.  La creciente necesidad del público por conocer los ritmos y aprender piezas nuevas de baile, hizo que se editaran Tratados de Baile, como “El Arte de Bailar” de Juan Chacón (1886), y el muy popular “Tratado de Baile” de Alfredo Franco Zubicueta, editado numerosas veces hasta 1908.

Los inicios del siglo XX están marcados por ritmos más audaces, en pareja y destinado principalmente a los jóvenes. Las revistas se preocupan de educar a las niñas en el arte del baile, lanzando  artículos con figuras y esquemas.  Así anuncia la Revista Familia en 1914 la “Castle Polka” descrita por Mr. And Ms. Castle. “En la polka se brinca más de lo que se resbala… la manera de contar los pasos es 1-2-3, un salto. 1-2-3, salto…”.
Lecciones de la "castle polka" en la revista Familia, diciembre 1914.
Ese mismo año hace su ingreso el controversial Tango, que es descrito por la misma revista en otro artículo “¿Podemos Bailarlo? El Tango: Nombre a la vez ilustre y discutido, este baile ha levantado muchas polémicas, y con todo, el número de sus adeptos de acrecenta más y más. Las academias de tango se multiplican”.
Titular del artículo sobre el Tango publicado en la revista Familia, febrero 1914.

Hacia 1915, llegan bailes que cruzaron el atlántico hacia Europa. Es el Fox Trot y el Charleston, que junto a las nuevas modas se imponen en los salones de baile, causando furor entre los adolescentes y el horror de las madres, viendo a sus hijos en tan audaces piruetas. Las revistas intentan contener la decencia entre los jóvenes, abundan figurines donde se desaprueba la cercanía y el contacto exagerado entre los cuerpos.
"Que los movimientos no se acentuen demasiado, sin posturas ridiculas, sin levantar las piernas como un caballo que piafa...es feo mirarse los pies continuamente...", publicaba la misma revista en 1914.
Además del tango y el fox trot, ingresan  bailes pasajeros que entretienen a los jóvenes con sus figuras, movimientos y saltos por todo el salón: el paso de osos, la maxisce brasileña y el castle walk, animarán las fiestas de todo el país. La década de 1920, con esos vestidos lisos y cortos, de enormes tocados de plumas y excesivo maquillaje, culmina  con la brillantez de la Belle Époque chilena.

Lecciones de "los nuevos bailes para el invierno", publiado por la revista Familia, mayo 1915.
   
CAMBIOS EN LAS COSTUMBRES:

Manuel Blanco Encalada, óleo atribuido a N. Hugues
El influjo europeo generó profundos cambios en la sociedad, las aspiraciones de vivir la jerárquica y suntuosa vida de las grandes capitales europeas, causó que la población se hiciera más refinada y comenzara a adoptar entre sus quehaceres diarios, ciertos ritos y costumbres que eran comunes para la sociedad del viejo mundo.
Muy comentada fue la invitación que hizo el General Manuel Blanco Encalada a su recién construida residencia de calle Agustinas en la década de 1860, luego de su brillante estadía en la Corte de Napoleón III, con quien guardaba una estrecha amistad.

La sociedad santiaguina quedó pasmada cuando al recibir las invitaciones encontraron al final una extraña abreviatura “R.S.V.P”: - “¿Y eso hija, qué quiere decir?”, preguntaba una gran dama a una amiga, quien respondía: –“un insulto ha de ser niña, para reírse de la gente!”… Tan ajena a esas delicadas costumbres era nuestra sociedad, que a pesar de emular hasta los cubiertos, no entendía ciertos códigos ya viejos en Europa. El hoy común Répondez S'il Vous Plaît (Responda por favor), dio que hablar y causó las peores controversias y enemistades.

Si la arquitectura residencial cambió para sustentar este novedoso estilo de vida, por consiguiente los urbanistas de la época pretendieron dar a los chilenos una ciudad acorde a las necesidades de ocio y reunión. El parque Cousiño (hoy O'Higgins), el cerro Santa Lucía, los boulevares, la remodelación de la Alameda y la aparición de clubes, teatros, galerías comerciales e hipódromos; responden a la tendencia de crear una ciudad más higiénica, con atractivos que permitieran dar rienda suelta a esa "joie de vivre" que tan arraigada estaba en las mentes y corazones de los ciudadanos del gran mundo. El gran problema de Santiago y otras tantas capitales, era sin embargo, que esa alegre fachada se desmoronaba a sólo cuadras de los grandes edificios, pues la pobreza y miseria en que vivia sumida parte importante de la población, hacía caer de golpe en la realidad de un país inmensamente pobre. Eso ahora es tema de otro reportaje...

La llegada de la Belle Epoque, generó entre muchas cosas, que el tradicional paseo o ida al parque adquiriera un trasfondo mucho más sofisticado y pretencioso. El comercio con sus vitrinas, tiendas por departamento y atrayente publicidad, instauró la necesidad  de “Salir de Compras”, abandonando las grandes señoras sus hogares para dar largos recorridos por el centro santiaguino sin rumbo definido, con el mero afán de sobrellevar los dictámenes de una sociedad basada en la exhibición de riquezas y el ocio. La urgencia de lugares de esparcimiento adecuados a estos paseos incrementó la presencia de refinados locales, donde las señoras o caballeros podian reir o enterarse de las últimas novedades sentados en una cómoda mesa, disfrutando de un café o novedosos pasteles. El Hotel inglés, el salón de té de Gath & Cháves, el café Torres, los salones del Hotel Crillón, el restaurant Santiago y más tarde el restaurant La Bahía o el café Richmond; serian los sitios más concurridos. En muchos de ellos se instauraron los famosos "dancing tea", tardes enteras donde la música de orquesta reunía en la pista de baile a los más jóvenes, quienes a diario se agolpaban en los sitios de moda. Por las noches sin embargo, era el Hotel Palace, el Majestic Palace o el bohemio Teatro Politeama, los que agolpaban a los amantes de las fiestas, quienes ya no necesitaban de refinados bailes para divertirse, sino que preferían celebraciones mucho menos ceñidas a la formal etiqueta.
El concurrido Restaurant Santiago, ex GAGE; ubicado en la calle Huérfanos 1048. En: revista Zig Zag, 14 septiembre 1912.
Esta tendencia no dejó indiferente a los más conservadores, siendo severamente sentenciada por un segmento de la población más tradicional, que veía en estos excesos una falta de austeridad y buenas costumbres. Como una "ofensa a la moral" tildaba la Iglesia a los bailes, mientras que los más conservadores opinaban que las fiestas eran "una diversión egoísta", por el despilfarro de millones que cada celebración significaba.

Los amigos del Baile, en cambio, publicaban artículos justificando los beneficios que conllevaban éstas celebraciones, aludiendo desde un “aumento y mejora de las economías locales (por gran número de puestos de trabajo que generaba)”, hasta razones de salud como un “elemento poderoso para destruir los microbios y fortalecer el cuerpo”. Sólene Bergot. Baile de fantasía Víctor Echaurren Valero...En Boletín de la Academia Chilena de Historia. N°116, 2007. Pág. 363

Mientras la Iglesia, conservadores e intelectuales se ponian de acuerdo, la avalancha de cambios que llegó con el siglo XX, generó la apertura de la mente de los jóvenes, quienes deseosos de no perder cada instante de sus vidas, hicieron de las celebraciones parte trascendental de su existencia, haciendo temblar con sus compases hasta los más circunspectos hogares. El baile había llegado y para quedarse…

 
LOS GRANDES BAILES EN CHILE

Agosto, calendario con figuras de baile. Revista Zig Zag, 1910
Del conocido sarao, que años más tarde sería reemplazado por un muy francés soireé, se pasó a la tradición del Baile propiamente tal: un evento social de gala o de disfraces que seguía los patrones europeos, inaugurando su temporada todos los inviernos e iniciándose la segunda semana de junio y terminando la quincena de octubre, haciendo un espacio para las celebraciones de fiestas patrias.
Los bailes se daban frecuentemente en los clubs, el teatro o la Sociedad Filarmónica. Sin embargo, eran los bailes realizados en las mansiones de connotados personajes los que causaban más revuelo, editándose largos artículos en los diarios o revistas con la descripción, llegando algunos a crear álbumes de fotografías con los asistentes.
Son diferentes los motivos que producían la celebración de un baile, generalmente era idea de alguna de las señoras de la casa, por su cumpleaños u onomástico, el bautizo de un hijo, o el estreno en sociedad de algunas jóvenes. También recepciones oficiales a algún conocido personaje como el dado en el Club de la Unión y el Club Hípico en honor a la visita del Príncipe de Gales en la década del veinte.

Los Bailes desde 1850 eran un torbellino que embrujaba a todos. El propio Vicuña Mackenna decía “No sé quien dijo que el baile es una enfermedad. Yo no sé, porque no soy médico. Pero si sé que es un contagio, porque yo también he bailado”, refiriéndose a la pomposa celebración que dio Mr. Meiggs con motivo de la inauguración de su palacio de las Delicias.
 
Baile en la Filarmónica de Iquique, sábado 22 de abril 1915. Foto G.Rich, Revista Caras y Caretas, Iquique. Abril 1915.
El baile además encerraba una enorme oportunidad de generar empleos e ingresos, desde el jardinero, la doncella, el chofer y la cocinera; a la modista, el joyero, el banquetero, la orquesta y el sastre. Todos los grupos se veían beneficiados. "Las modistas y los sastres se hallan en un apuro constante. Se exije de ellos una erudición a la que no estaban acostumbrados. No se hallan menos comprometidos los peluqueros, a quienes se les obliga a saber cuántos risos tenia la peluca de tal o cual celebridad de los tiempos de Luis XIII o Luis XIV". Diario El Ferrocarril, martes 12 agosto 1862.
Preparar estas celebraciones tardaba meses y se gastaban monumentales cantidades de dinero en disponer lo necesario para una noche inolvidable.

A los bailes de gala se sumó la variedad de los bailes de fantasía, que se transformaron en reuniones recurrentes por la originalidad y diversión que representaba; así como también por el afán de exótismo que se buscaba en las épocas más románticas. Uno de los primeros registros de este tipo que se tienen en Chile, ocurrió el 30 de septiembre de 1813 en el Palacio de La Moneda, cuando un grupo de criollos organizó una fiesta de disfraces, donde las más atractivas señoritas lucieron peculiares vestimentas que personificaban araucanas y diosas de la mitología, disponiendo en sus cabezas, tocados, coronas y escudos, con los colores del nuevo emblema patrio.
Sin embargo, estas fiestas no eran comunes por el alto costo que significaban. Cuando el siglo XIX mejoró las condiciones económicas, políticas y sociales, las fiestas de fantasía se transformaron en todo un suceso, que traspasó los chismes hogareños y llegó a los principales diarios o revistas, que publicaban reportajes sobre cómo vestir, o daban ideas de lo que se estilaba en Europa. 
Semanas antes del comentado baile de la familia Concha Cazotte, la revista Familia publicó figurines para elaborar disfraces, y artículos sobre personajes de moda. La revista Zig Zag hacía lo mismo, mostrando escenas de bailes en Europa con fotografías de asistentes, para que la gente tuviera ideas de lo que se estaba usando. 

El año 1912 con motivo de la fiesta de la familia Concha, las publicaciones más populares editaron extensos artículos con los trajes de fantasía de moda. En las imágenes, página de la revista Zig Zag y Familia, ambas de septiembre de 1912.
 Uno de los recursos más utilizados para vestir en un baile de fantasía, era el caracterizar personajes de la historia;  en la imágen aparece la emperatriz Eugenia de Montijo por el pintor Franz Xaver Winterhalter, y la sra. Elisa Walker de De la Taille personificándola, en el baile de la familia Concha Cazotte.
 
El Baile por otro lado, era un referente para todos los miembros de la sociedad, que segregaba familias, las incluía, las destruía o glorificaba. En esos bailes se armaban matrimonios, noviazgos y limaban asperezas políticas. El no estar incluido en la lista significaba muchas veces el descalabro para algunas familias, y el asistir, el ascenso social para otras. Más que un mero espacio de celebración, era un ring de vanidades donde se lucían las mejores joyas y vestidos, rivalizaban la importancia de personajes políticos y grandes familias, se reconocía a los miembros del gran mundo y se entablaban lazos tanto comerciales como familiares. Fiel reflejo de la injerencia de los asuntos políticos en los salones de baile, es esta caricatura de la revista Zig Zag de noviembre de 1909, que muestra al Presidente Pedro Montt acompañado de una señora denominada "la Presidencia", y el parlamentario Juan Luis Sanfuentes, quien era conocido por sus aspiraciones al sillón presidencial y las influencias que ejercía en los ministerios para el beneficio del partido Liberal Democrático.
En el diálogo, "don Pedro: He notado, don Juan Luis, que usted mira a mi pareja con cariño muy marcado y con ciertas intenciones, a pesar de ser la suya ni tan gorda ni tan fea, un magnífio dechado de adorables perfecciones...", respondiendo Juan Luis: "Excelencia yo no dudo que la cosa asi será; pero el caso es que la suya me ha gustado siempre más...". Juan Luis Sanfuentes llegará a La Moneda en 1915, cinco años más tarde de la muerte de Montt.


Son muchas las fiestas que se realizaron a fines del siglo XIX y los albores del XX, pero fueron muy pocas las que lograron traspasar las barreras del tiempo, para convertirse en un referente que marcó generaciones y deslumbran aun hoy. Este es un pequeño resumen de algunas de las fiestas más comentadas de ese Santiago que se esfumó con la crisis de 1929.

Línea del tiempo con los más conocidos bailes entre 1860 y 1929. Diseño: Mario Rojas y Fernando Imas, prohibido su uso y reproducción. 2011

1. El baile de fantasía de los Tocornal

Manuel Antonio Tocornal Grez (1817-1867)
Dio un lunes 8 de septiembre de 1862 el puntapié inicial a los famosos bailes de fantasía en las casas particulares. Don Manuel Antonio Tocornal Grez, eminente hombre público, industrial y de personalidad muy reservada, vio como su casa se convertía en un alboroto cuando a su mujer Mercedes Ignacia Tocornal y Velasco, junto a su hermano don Manuel, idearon los planes de una fiesta. Decían de este cuñado que era gordo, rubio, extravagante en el vestir, amante de la cultura francesa y que le tenía un “horror a la pobreza”. Muy asiduo a las grandes celebraciones empujó a su hermana para que convenciera a su marido de organizar en el magnífico palacio que poseían en la Calle Bandera con Agustinas, un elegante baile de fantasía sin precedentes en Santiago.
Se cuenta que don Manuel Antonio llegó a casa de su amigo el General Bulnes tomándose la cabeza y diciendo –“General, sabe en qué nos ha metido el gordo… en baile de fantasía. ¿Qué le parece?, mi casa es una loquería!”. Y mirando a las niñas de la casa, echó a correr el mágico rumor: “No le cuenten a nadie. ¿Lo prometen?... El gordo va a dar un baile de fantasía en la casa y no va a invitar más que a las buenas mozas y las que bailen bien”. Corriendo al salón de música se fueron Matilde Larraín, Mercedes Sessé, Lutgarda Cañas, Luisa Rozas Pinto a practicar los nuevos pasos de baile  y  a difundir más tarde la noticia, causando gran pandemónium en Santiago. "Baile de fantasía.- El que muy pronto se dará en nuestra capital, tiene verdaderamente alarmada a nuestra sociedad de buen tono. Tal baile es el tema obligado de todas las conversaciones, de todos los proyectos i de todos los sueños", publicó el diario El Ferrocarril el 12 de agosto de 1862.
Era la casa de los Tocornal una de las más elegantes de Santiago y esa noche resplandecía con sus vastos salones y galerías, patios iluminados y jardines con camelias en flor. Recibían los dueños de casa en el amplio hall vestidos a la usanza de la suntuosa Corte del Emperador Francisco José. Hermosa estaba la señora Tocornal, doña Mercedes, de figura distinguida y aun muy bella, exhibiendo costosas joyas. La acompañaban sus sobrinas María Mercedes y Natalia Rodríguez Velasco; el gordo Manuel y don Manuel Antonio -su marido-, representando al antes citado emperador.
Manuel Tocornal caracterizando a Francisco I

Hubo un alto en el ingreso de los invitados cuando por las escalinatas se vio entrar a la joven Mercedes Sessé. Todos dieron vuelta la cabeza. Venía vestida con Traje de Locura, en profusión de tules, túnica de raso celeste con puntas, chaqueta rosada, muchos cascabeles y un muñeco en mano vestido igual a ella. Qué locura causó la joven Mercedes, tan linda y divertida, que animaba los salones entrando y saliendo de ellos, sin sospechar que la muerte se la llevaría siete años más tarde.

"Una orquesta bien escogida marcaba los compases de la danza. Las cuadrillas, el waltz, la polka i la mazurca rivalizaban entre ellas. Las señoritas todas tenían completas sus tarjetas de baile, i entre los infinitos fantásticos que allí había, se disputaban l lugar del que había faltado. La danza fue continua i sin tregua".Diario El Ferrocarril, martes 9 septiembre 1862.
El baile estaba lleno de situaciones divertidas y ridículas. Se cuenta que doña Mercedes Tocornal, preguntó a una joven asistente vestida con piel de cisne, dónde estaba su traje. Ésta contestó indignada que estaba disfrazada, y de Rusa, aludiendo al popular ballet ruso que usaba trajes similares. Otro incidente se dio con una longeva asistente vestida de “turca”, con túnica brillante y un turbante gigante prestado por el arquitecto Henault. La señora cansada por los años se sentó en una silla y se quedó dormida, cabeceando caía el turbante y la peluca, quedando al descubierto. Cuando sus hijas las vieron con vergüenza fueron a ayudarla, pero la mujer ya no quería más. Contradecía diciendo –“Si ya me vieron de turca mijita… déjeme así no más fresquita, si a quien voy a engañar…”
A pesar de estos divertidos incidentes con los trajes, la mayoría caracterizaba muy bien su personaje. Hermosa estaba doña Mercedes Cañas de Arrieta, vestida de Reina Isabel, con un lujoso traje y joyas dignas de un monarca. Su marido iba vestido de Franciso I, también muy elegante y con gran distinción. La señora de Sessé vestía de Isabel La Católica, con un traje bordado con oro y joyas a tono. Franciso Baeza y Jorge Beaucheff vestían de cazadores Luis XV, Domingo Cañas de Duque de Buckingham, Toribio y Emilio Larraín de Pajes; Enriqueta Pinto de Bulnes -la señora del General- de noble francesa muy empolvada y con peluca blanca; su hija, la conocida Lucía Bulnes vestía de Diana La Cazadora, con flecha y arco. Más tarde daría también datos del baile bajo el seudónimo de Ga’Verra.  De húsar vestía don Pedro García de la Huerta y don Luis Cousiño; y de mosquetero don Domingo Fernández Concha.
Enriqueta Pinto de Bulnes - Lucía Bulnes de Vergara - Mercedes de Sessé Llano. 
Pedro García de la Huerta - Nicolás Barros Luco - Tomas Armstrong.
Nadie había faltado al baile, las personalidades de la sociedad, los diplomáticos, artistas, escritores y " todos los miembros del gobierno, el Presidente de la República y sus ministros, sin falta de uno solo". Diario El Ferrocarril, martes 9 de septiembre 1862.

Cómo olvidar por último la espectacular aparición de la famosa Teresita Blanco, la hija del Almirante, esperada por todos en la noche, reconocida por su carismática belleza y un espíritu temerario e independiente que precipitó su muerte pocos años después.
Se cuenta que había llegado el día anterior al puerto de Valparaíso desde Copiapó donde vivía con gran lujo, junto a su marido el rico minero Francisco Echeverría. La ruta del tren a Santiago aun no se inauguraba y como para Teresa no  había imposibles, fue a hablar con el mismísimo Jefe de Ferrocarriles, el inglés Mr. Lloyd, -“Tengo la necesidad de llegar esta misma noche a Santiago, Mr. Lloyd…”. El viejo inglés le respondió que era imposible, porque aun no se estrenaba la vía y podía ser tan peligroso que incluso el maquinista no se animaba. –“Me iré entonces a pie, tengo que llegar y me iré muy luego…no quiere usted llevarme en una máquina?...”. El sorprendido señor Lloyd le dijo a Teresa que saldría una maquina a probar la vía, pero que era peligroso, y no se atrevía a llevar a una señora en esa proeza. -“Ya está. En ella me voy, si quiere usted le pone un carrito, sino me voy con el maquinista. A qué hora sale?...”.
Una hora después salía Teresa con sus baúles de viaje en un carrito tirada por esa máquina exploradora que por primera vez probaba la línea a Santiago. A las dos de la mañana tocaba la puerta de la casa de su padre, y la noche siguiente deslumbraba con su ingreso brillante a los salones de la Casa Tocornal, vestida de María Antonieta, tan hermosa y altiva, que cautivó a todos con su perspicaz mirada. Eran lujos que sólo se podía dar esa bella chilena  del 800.
María Mercedes Cañas Calvo de Arrieta - José Arrieta y Perera - Guillermo Cox
Domingo Fernández Concha - Emilio Concha - Mercedes Llano de Sessé


2. El baile de la Quinta Meiggs

La Quinta Meiggs. Revista Zig Zag, 1905. Archivo Brügmann
Además de traer  el confort americano hasta estos lejanos rincones, Mr. Meiggs, inició la nueva generación de celebraciones, ofreciendo un baile de gala el 7 de septiembre de 1866, para inaugurar el suntuoso palacete que había construido en su quinta cercana a la Estación Central. Muchas son las descripciones de esta lujosa residencia: salones con muros revestidos de mármol, una escalinata en espiral que subía por el gran vestíbulo circular, o las cuidadas especies exóticas del parque que tenía laguna, senderos y esculturas. Para más información visite nuestro artículo de la Quinta Meiggs en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/03/el-palacio-de-la-quinta-meiggs.html

La noche del viernes 7 desde las 19 a las 20 horas, los carruajes se agolparon en la Alameda, para dejar a los numerosos invitados que presenciarian la prosperidad del amable y carismático Mr. Meiggs.
Las señoras y los señores, envueltos en lujosos trajes, ingresaban por un pórtico hacia las escalinatas donde eran anunciados uno a uno, por un severo lacayo. Los esperaba Mr. Meiggs, con su familia en el Hall circular, con piso de vivos colores marmóreos, para luego pasar a alguno de los cuatro salones, todos "deslumbradores, de arquitectura elegantísima, cuajados de tapices, de cortinas, de mármoles, de muebles fantásticos, de lámparas radiantes, de flores vivas en caprichosas mascotas, de lunas, de artesones, de todo lo que el arte tiene de más rico i la opulencia de más soberbio." Diario El Ferrocarril, 10 septiembre 1866.
Salón Quinta Meiggs, 1905. Archivo Brügmann
A las ocho en punto, el maestro Tulio y su orquesta, comenzó a tocar animadas cuadrillas, valses y polkas. "Bailaban los rivales en vis a vis i los amigos espalda con espalda; bailaban las hijas alejándose de las madres, i las señoras bailaban siguiendo a las hijas: bailaban las luces, las flores, las airosas cortinas, los tersos cristales de las ventanas i bailaban las tapadas, que eran muchas, detrás de las ventanas". Diario El Ferrocarril, 10 septiembre 1866.

Cerca de la medianoche la música se acabó de repente y la gente se acercó al gran hall, donde en tropa comenzaba a bajar la Banda del Regimiento Buin, tocando el Himno Nacional. Luego un lacayo gritó –“A la mesa”, agolpándose todos los convidados al jardín, caminando entre senderos y la laguna, a una construcción trasera que serían más tarde las caballerizas, pero que había sido habilitada como Comedor esa noche para acoger a la enorme cantidad de invitados. Todos disfrutaron de un verdadero festín. "Eran la media noche i como el baile había comenzado a las siete, todos creían que era las cinco de la mañana. Comenzóse a oir el lento rodar de los coches i una hora después el majico recinto estaba desierto...". Diario El Ferrocarril, 10 septiembre 1866.
La Quinta Meiggs presenciaría otras grandes celebraciones, luego de Mr. Meiggs la propiedad pasó a manos del barón de La Riviere quien organizaba frecuentes tertulias junto a su mujer. Años más tarde la casa reabrirá sus salones bajo la ondeante bandera mexicana, siendo ocupada por el Ministro Covarrubias y su atractiva mujer, Rosa Lefort, quien además de dar grandes fiestas, preparaba entretenidos corsos de primavera. Sus últimos propietarios fueron el ministro Saenz de Bolivia, y más tarde  don Germán Contreras Sotomayor. Desafortunadamente, la Quinta Meiggs desapareció en 1941, y hoy sobre ella se erige el conocido Barrio Virginia Opazo.
 

3. El baile de inauguración del Palacio Alhambra

Palacio Alhambra. Fotografía M. Rojas- F. Imas, 2012
El mismo año que la familia Tocornal iniciaba su despampanate fiesta, el rico capitalista de la minería, Francisco Ignacio Ossa, comenzó la construcción de un exótico palacio en la calle Compañía, inspirado en la fortaleza de La Alhambra en Granada.
Desafortunadamente, así como el reinado de los nazaríes fue efímero, la vida del orgulloso señor Ossa se esfumó sin antes poder ver terminado su anhelado palacete, quedando como una joya inconclusa en medio del centro de Santiago.
En 1871, doña Carmen Cerda viuda de Ossa, decide vender la propiedad a don Claudio Vicuña Guerrero, conocido por su lujoso estilo de vida, quien comenzó la terminación de los trabajos. Además de contratar a expertos artesanos y pintores, encargó mediante concurso público en Francia, la elaboración de gran parte del mobiliario de la nueva mansión. Los costos ascendieron la enorme suma de 200.000 pesos oro de la época.
El palacio merecía entonces una inauguración extraordinaria, Claudio Vicuña era un respetado miembro del partido liberal, y su mujer Lucía Subercaseaux, una anfitriona innata, que gustaba ver sus salones atestados de gente a diario. La maravillosa arquitectura del palacete y los personajes que componían el circulo social de la familia, merecían un ambiente de ensueño, una escenografía que sólo podía ser complementada con un espectacular baile de fantasía, el que se organizó para el día miércoles 18 de julio de 1877.
Cerca de las 22 hrs, las calles de Morandé y Teatinos estaba atestada de carruajes que intentaban llegar a la calle Compañía, donde la guardia del Regimiento Cazadores -todos vestidos de parada- intentaba mantener el orden entre los numerosos curiosos que se habian reunido a mirar los extraños personajes que traspasaban el mítico umbral del Palacio Alhambra.
Claudio Vicuña Guerrero (1833-1907)
Los afortunados asistentes se maravillaban con la exquisitez de las decoraciones del palacio, que incluía mosaicos españoles, vitrales, artesonados y muros completamente pintados. El primer patio estaba decorado con 12 leones de mármol, galerías cerradas por fina herrería y piezas de bronce; y un pórtico arabesco que dejaba ver entre sus intrincados muros, algunos pasajes del Corán. "Los salones de la alhambra presentaban un aspecto encantador y deslumbrante. Ellos eran estrechos para contener a los convidados. Todas las beldades santiaguinas rivalizaban allí en belleza, elegancia i riqueza de atavíos. Las infinitas luces de las numerosas arañas que pendían de los artesonados, iluminaban a porfia con brillantes, esmeraldas, rubies i otras piedras preciosas que cargaban con profusión señoritas y caballeros" Diario El ferrocarril, 19 julio 1877.
 Al centro del palacio se ubicaba el salón de invierno, decorado con pinturas murales, espejos dorados, colorido artesonado y una cúpula. Al centro de la sala  brotaba agua de una pila de mármol, que esa noche había sido decorada con camelias en flor.
En ese espacio estaba Lucía Subercaseaux recibiendo a los convidados e instándolos a disfrutar del baile que se iniciaría a las 22 hrs en punto. Estaba disfrazada de noche, luciendo un fino vestido negro que contrastaba con el resplandor de los brillantes que dibujaban una luna y numerosas estrellas.
La orquesta estaba a cargo del Maestro Martínez, y se ubicó en la medialuna que formaba el pórtico para acceder al Patio de los Arrayanes, el que había sido cerrado por una serie de paneles que Vicuña había encargado al pintor Bestetti, con la escena de los jardines de Solimán. (Proximamente más información del palacio en un nuevo reportaje)

Trajes de todos los estilos rivalizaban esa noche: Lucía Bulnes de Vergara vestía de Araucana, Ana Huici de japonesa, la hermosa Matilde Bello -la madre de la escultora Rebeca Matte- estaba disfrazada de horario, Eugenia Huici de brillante Sol, Rosa García Moreno de nevazón, José Ducci vestía de florentino, Ramón Balmaceda de turco Cabeis, Carlos Antúnez de paje, Domingo Toro caracterizaba a Juan Tenorio y Francisco Undurraga era un pintor medieval.
Las cuadrillas y los valses  -entre los que se encontraba, ¡cómo no!, las Mil y una noche Strauss-, se sucedieron hasta las 3:30 de la madrugada. A esa hora se dio inicio al cotillón de 15 figuras, tomando parte 40 parejas, divididas entre los salones color lacre y azul; dirigiendo en el primero Domigo Vega y en el segundo Ramón Subercaseaux.
Una hora más tarde, finalizado el cotillón, comenzó el lento andar de los carruajes que buscaban a los asistentes, que felices se despedían de esa fantasiosa arquitectura que los transportó por un instante al refinado ambiente de la corte Nazarí.
Vistas de espacios del palacio Alhambra en la actualidad. Fotografía M. Rojas y F. Imas, 2012.

La suntuosidad del señor Vicuña en su palacio de la Alhambra terminó abruptamente durante la revolución de 1891, cuando la sociedad entera comenzó el saqueo de las casas de los partidarios del derrocado Presidente Balmaceda. El palacio fue totalmente desvalijado, sus obras de arte tiradas a la calle y los carísimos muebles que tan orgullosos tenian a sus dueños, fueron despedazados con hachas. Sólo se salvó un cuadro y una cuchara...
El exilio del señor Vicuña en Perú, y las restricciones que vivió su familia en Santiago, hizo que a su regreso vendiera su querido palacio. Lo adquiere entonces Julio Garrido Falcón, quien lo reconstruye y devuelve su antiguo esplendor, donándolo más tarde, a la Sociedad Nacional de Bellas Artes, institución que hoy lo conserva.
Fiesta de la familia Garrido Matte en el palacio Alhambra. Revista Zig Zag, 1906.


4. El baile de la familia Echaurren Herboso

Victor Echaurren Valero (1867-1931)
Quizás uno de los más conocidos por su injerencia política y figuración social fue el baile de fantasía que ofreció la familia Echaurren Herboso con motivo de celebrar el cumpleaños de la dueña de casa, doña Mercedes Herboso, e inaugurar el suntuoso palacio que habían edificado en la Calle Dieciocho. Fue denominado como el “Baile de los Presidentes” porque en sus salones se encontraba el presidente electo, la viuda del anterior mandatario y cuatro futuros presidentes.
Además pasó a la historia como la primera celebración que contó con luz eléctrica, inventada por Edison en 1879. El Palacio Echaurren -y no como se comenta era la casa Eguiguren Valero en la esquina de Dieciocho con Alonso de Ovalle, de construcción posterior- fue la primera residencia particular en contar con este invento y se estrenó la noche del 24 de septiembre de 1885.

El Palacio había sido comprado en 1884 a Ana María Ovalle en $24.000 por don Víctor Echaurren Valero, destacado coleccionista de arte, que luego de una larga temporada en Europa volvía a Chile con su invaluable colección de pinturas y objetos artísticos; y necesitaba de una residencia lujosa donde exhibir esas riquezas. Éste hombre además fue el abuelo del pintor Roberto Matta y el decorador Mario Matta..

La nueva casa había sido construida en estilo neoclásico, con un pórtico adelantado y  coronada la fachada por esculturas y glorias del escultor Nicanor Plaza. El interior era lujosísimo, existía un salón estilo Luis XV, otro árabe, una biblioteca enmaderada, un comedor de estilo Enrique IV, y una espectacular sala de pinturas con un plafond pintado con la figura de Francisco Pizarro descubriendo Perú, y que albergaría la colección de 200 pinturas del dueño de casa. Las habitaciones de la familia eran elegantes, compuestas por departamentos, que esa noche se arreglaron especialmente para servir de tocador, donde a petición del señor Echaurren, se encontraba especialmente Monsieur Rostel para arreglar los peinados de las señoritas que necesitaran de un retoque a medianoche.
El 24 de septiembre tenía todo organizado para deslumbrar. La reja de la mansión era iluminada por un gran escudo patrio de “globos de Edison”. En las puertas del palacio se disponía una guardia de honor compuesta por 20 infantes y 10 soldados, que controlaban el ingreso de los carruajes e impedían los infiltrados de la enorme multitud que se agolpaba para mirar. A partir de las 10 de la noche llegaron los primeros convidados que eran recibidos por doce caballeros de la concurrencia, quienes entregaban el programa con las piezas que tocaría la orquesta.
El palacio Echaurren ubicado en la aristocrática calle Dieciocho Nº620, ocupaba un gran terreno con salida a calle San Ignacio. Fue escenario en 1885 de una de las más espléndidas fiestas que recuerde la historia chilena. Fotografía Archivo Brügmann.

Doña Mercedes Herboso recibía a sus amistades con un fino traje de terciopelo rojo y azul, representando la bandera de Chile; grandes brillantes dibujaban una estrella, que con las luces y la emoción de la noche, quedó en el inconsciente colectivo como uno de los más extravagantes trajes que recuerde la historia. 
Conocida también  fue la indumentaria de Samuel Rodríguez Cerda, que vestía de “cable submarino”, y con graciosa personificación lanzaba a cada hora un telegrama para los asistentes, causando numerosas risas. Carlos Toribio Robinet vestía de mandarín. Aníbal Cruz vestía un traje mitad negro y blanco, símbolo de la contradicción que personificaba. Laura Eguiguren estaba disfrazada de “Palikara”, una escultura encontrada en la ciudad griega de Tangará y que meses antes  había visto en un folleto. Blanca Vicuña Subercaseaux de paloma mensajera y Fidela Bascuñán de cantinera.
La orquesta principal se dispuso en la arquería de la escalera del Hall, dotando de música los salones principales. Al fondo, el palacio contaba además con un jardín interior, con cascadas, molinos y plantas exóticas; cuyos senderos habían sido alfombrados para albergar el Buffet francés, y los dos pabellones que tenían el servicio de ponche, y una segunda orquesta. Desde las doce de la noche hasta las 6 de la mañana la música no dejó de invadir todos los rincones del palacete.

Cerca de medianoche llegó la hora de sentarse a la mesa, la comida se dispuso en fina porcelana que había pertenecido al Rey Luis Felipe. “Se ofrecía toda clase de exquisitos manjares, confites dulces, frutas y variado surtido de vinos y licores”. Diario El Ferrocarril, 1885. 
El servicio estaba a cargo de Manuel Riquelme, quien era “una especialidad en la materia”, ayudado por una comisión compuesta de cinco jóvenes que reemplazaban a los anfitriones ocupados en otra parte de la casa: Carlos Correa Toro, Alberto Correa Sanfuentes, Luis Echeverría Larraín, Francisco y Fernando Herboso. Este servicio fue completado por "una cantina en que se servían refrescos, fiambres y licores, además de bufetes de cerveza y de ponche colocados en el jardín…”. Diario El Ferrocarril, 1885.

Los personajes presentes demostraban la importancia social que tenía la familia Echaurren Herboso, emparentadas con los más antiguos miembros de la aristocracia chilena y peruana. Se preocuparon de convidar a lo más selecto de la sociedad santiaguina,  políticos, embajadores, periodistas y artistas. Así por ejemplo contaba con la presencia de familias presidenciales encabezados por Eulogia Echaurren, viuda del ex presidente Errázuriz Zañartu. El presidente en ejercicio don Domingo Santa María, y los futuros presidentes José Manuel Balmaceda, Federico Errázuriz Echaurren, Germán Riesco y Emiliano Figueroa. También ministros del gabinete como don Ramón Barros Luco y Alejandro Fierro, el Intendente de Santiago. La mayoría pertenecientes al partido liberal, pero también asistentes del partido Conservador y Radical, que dejando de lado la compleja situación política, hicieron un alto a sus diferencias para asistir al baile.
El cuerpo diplomático que por su calidad de representantes no iban disfrazados también contaba con exponentes:  Ahí estaban los 21 ministros con sus familias. El señor Cottu y Wiener de Francia, Cipriani de Italia, Salinas Vega de Bolivia, Werneck Ribeiro de Aguilar del Brasil, el General Salazar de Ecuador, entre otros. Los periodistas Carlos Cerda, Ricardo Cruz Coke, Eduardo Hempel y el argentino Fabio de Petris. Entre los artistas Enrique Lynch, Salvador Smith, Carlos Vidal y Juan Bainville. El baile de los Echaurren Herboso terminó muy temprano en la mañana, y se criticó en las columnas de los diarios la decadencia de los jóvenes chilenos, que el día 25 habían invadido muy temprano el Mercado Central para beber chicha.
Montaje fotográfico con los asistentes al baile Echaurren Herboso en 1885, uno de los pocos registros que existen de la fiesta. En: Müller, Emilia. Catálogo exposición Baile y Fantasía, Palacio Concha Cazotte. Museo Histórico Nacional de Chile, 2013
Este baile demuestra la fastuosidad de las celebraciones, pero también la importancia social que tenía para la vida política e intelectual. El hecho de que miembros de todos los partidos políticos, ministros y futuros presidentes fueran parte de esta celebración, indica la necesidad de juntar y aliar los grupos de poder, así como también mejorar las relaciones. También queda en evidencia un apego a la costumbre casamentera, muchos de los jóvenes y jovencitas que participaron del baile estaban comprometidos, se comprometieron o se conocieron en el Baile, registrándose el matrimonio de conocidas personalidades meses o un par de años después. Tal es el caso de don Emiliano Figueroa- otro futuro presidente- que conoció a doña Leonor Sánchez en la fiesta. Don Emiliano, muy galante, apuesto y asiduo a los festejos, contaba además con un hermano de reconocida reputación alcohólica y no tenía buen porvenir según la mirada de las viejas familias. Aun así tras largos años de pleito con sus padres logró casarse con la joven y presidir juntos las brillantes celebraciones del Centenario de 1910.

El Palacio Echaurren no continuó muchos años en manos de la familia, fue vendido en 1888 a Juan Mackenna Astorga, quien estaba casado con Margarita Eyzaguirre Echaurren, una conocida anfitriona que engalanó el palacio con su intensa vida social. 
No todo fue deslumbrante, durante la Guerra Civil de 1891 el palacio fue saqueado, y la familia debió huir. Don Víctor Echaurren en paralelo, íntimo amigo del Presidente Balmaceda y Alcalde de Santiago, corrió la misma suerte, enterándose mientras huía al exilio del saqueo de su casa cerca del Teatro Municipal y la destrucción de su querida colección de arte.
Cuando el país se restableció, la familia Mackenna volvió a su añorada mansión, e inició una continua sociabilidad, hasta que nuevamente el terror cubrió los blancos muros cuando durante el Mitín de la Carne en 1905, la efervescente multitud comenzó el saqueo de las principales casas de los barrios aristocráticos de Santiago.
En 1906 luego de pertinentes reparaciones, el palacio fue reinaugurado, y la fiesta fue comentario en todas las páginas sociales, teniendo especial figuración las atractivas hijas del matrimonio. "El acontecimiento de mayor resonancia en la presente semana ha sido la soberbia soirée del lunes en casa del señor Juan E. Mackenna. La elegancia en su más alto esplendor fue la característica de ese gran baile con que este caballero abria nuevamente sus salones al gran mundo de la sociedad santiaguina". Revista Zig Zag, 1906.
El palacio es vendido durante la década del 20 a la familia Márquez de la Plata, y  terminará siendo demolido décadas más tarde, como tantas casas similares.


Baile de la familia Mackenna en 1906 con motivo de la reinauguración del palacio luego de los destrozos provocados por el Mitin de la Carne, dos años antes. Fotografía en la Revista Zig Zag, 1906. Archivo Brügmann



5. El baile de fantasía Edwards Budge

Olga Budge de Edwards (1879-1957)
Había pasado ya largo tiempo desde el último baile memorable, y la vida de los santiaguinos era demasiado rutinaria, según los viejos cronistas.
"En una sociedad de ordinario algo apática como la nuestra, en que los temas de conversación no son muy abundantes, en que apenas ocurre algo sensacional cada año, un baile de fantasía es un gran alivio social: proporciona asunto para que hablen todos, aun los menos favorecidos con el don de la elocuencia, durante un mes sobre el baile que va a venir, y otro mes sobre el baile que ya pasó...", comentará un periodista en la revista Zig Zag de agosto de 1905.
Es que los diarios y revistas volvieron a la vida cuando el recién llegado matrimonio Edwards Budge regresó al país tras una brillante estadía en el Viejo Continente como representantes de la República. No es necesario dar mayores datos de Agustín Edwards, fundador del diario El Mercurio de Santiago, político y rico industrial. Se casó en 1898 con Olga Budge Zañartu, una de las más reconocidas bellezas, quien hizo de su hogar el centro social santiaguino por más de treinta años. Más tarde se haría conocida por publicar una serie de libros de cocina titulados “La buena Mesa”. 
"El último viernes del mes que acaba de expirar -(28 julio 1905)- los esposos Edwards Budge abrieron sus salones de la calle Agustinas con un baile de fantasia que puede ser calificado como el acontecimiento social más culminante de la temporada de invierno. Fue ese un baile de fantasía que formará época dorada en los recuerdos de la presente generación, ya que en Santiago sólo se estila una reunión de esta especie cada veinte años"Revista Zig Zag, agosto 1905.
A las 22:30 hrs los asistentes comenzaban a llegar a la calle Agustinas, intentando evitar la masa de personas que se agolpaba a mirar los curiosos personajes. En el recibidor esperaba Agustín Edwards vestido de frac marrón estilo imperio, y su mujer con un traje imperio de raso blanco con bordados de oro. Al fondo una glorieta de cristales ocultaba la orquesta que invadía con música los salones, que pasada la medianoche estaban repletos de los más disímiles personajes de fantasiosas historias y  arte mundial.
Nathaniel Cox, negro yankee
A los ya típicos trajes costumbristas, militares, romanos y de Corte Europea, se sumaron otros más originales. Don Jorge Rodríguez Altamirano se vistió de Húsar de la Muerte, disfraz poco común y que aludía directamente  a nuestra historia patria. De Pierrete, la versión femenina de un Pierrot, estaba vestida Elena Lazcano; muy audaz vestía Luz Lyon quien personificó a la impetuosa Juana de Arco, cuya fuerte armadura contrastaba con la frágil y delicada figura de la joven.
El traje más curioso de la noche fue el que usó Nathaniel Cox, que con pantalones a rayas, peluca rizada y betún en la cara personificó a un negro yankee, causando risas y admiración en todos los asistentes.
El amanecer hizo que la fiesta terminara, pero no el paseo de fantasía por las calles de Santiago. Uno a uno los invitados fueron a estudios fotográficos para retratarse en onírica posición, antes de guardar en baúles o armarios los costosos trajes para siempre.
"Con las primeras horas de la mañana terminó esa excursión por el país de los ensueños. El airecillo frío y penetrante de la calle, el rodar de los coches sobre las calles barrosas  y mal pavimentadas, y la pesadez de los párpados que se hacía sentir lentamente tras la excitación de una noche entera, fueron el antídoto más eficaz contra el romanticismo que había dominado durante tantas horas...". Victor Noir, Revista Zig Zag, agosto 1905.

Salones de la mansión de la familia Edwards Budge en la calle Agustinas. Posteriormente, Agustín Edwards comprará el antiguo palacio de Maximiano Errázuriz en la Alameda de las delicias, actual Embajada de Brasil. Fotografías en Revista Zig Zag, 1905.
Josefina (japonesa) y Elvira (Gitana) Carvallo - Ismael Huidobro (Cirano de Bergerac), Félix Ossa (noble época Luis XVI) y Alfredo Tagle (Conde de Nevers) -  Jorge Rodríguez Altamirano (Húsar de la muerte). Revista Zig Zag, 1905.
Alberto Mackenna S. (Diplomático) - Ramiro Arnolds (Rey de Roma en la Opera L' Aiglon) - María Luisa y Francisca Edwards ( ambas Marquesas de Pompadour).
Ismael Pereira Iñiguez (Yago de la ópera Otelo) - Isabel Irarrázabal de Pereira (Princesa de Lamballe) - Eduardo Correa Roberts (época 1830).
José Eyzaguirre H. (Clown) - Luz Lyon Lynch de Pereira (Juana de Arco) - Laura Eguiguren (Hada) - José Manuel Lecaros (Romano). 
Gabriel Vidal Pizarro (época 1825), gentileza de Eduardo Vidal Varas - Fresia Maquieira O. (española) - Ana Peña Otaegui (época Luis XV). 
Ana del Campo de Larrain (época Luis XV) - Ester Délano F. (aldeana) - Carlos Edwards Mac Clure (época 1830) - Blanca Subercaseaux Errázuriz (época medieval). 
Ismael Huidobro Pérez (Cyrano de Belgerac) - Elena Lazcano (Pierrete) - Beatriz Larrain de Cruz Montt (Guardia francesa) - Álvaro Covarrubias (Romano).
Luisa Besa Foster (Pierrete) - Rebeca Tagle Rodríguez (Botón de rosa) - Virginia Salas Undurraga (Época medieval) - Elena Lavín de Edwards (Cielo estrellado). 

6. El baile de fantasía de los Concha Cazotte


No es posible hacer una crónica sobre los grandes bailes y olvidar el más famoso de todos: La fiesta de fantasía que ofreció Teresa Cazotte de Concha con motivo de su santo, el 15 de octubre de 1912, en ese regio palacio morisco de las Delicias.
Los preparativos de la celebración no tuvieron precedentes en la capital, la sociedad entera se revolucionó y los dueños de casa gastaron millones de pesos para crear una noche fantástica. En la terraza exterior se montó una estructura metálica para crear un comedor especial para la fiesta, con paneles pintados que imitaban la arquitectura del palacio; y se encargó una nueva vajilla a Francia.
La noche del 15 de octubre, la Alameda se llenó de carruajes que transportaban a los asistentes hacia las rejas doradas del parque; en la escalinata de mármol los esperaba Teresa Cazotte, vestida de María Antonieta, junto a sus hijos, quienes usaban llamativos trajes arabescos. Los salones de severo estilo moro, resplandecían entre pinturas italianas, muebles excepcionales, cortinajes de seda y grandes apliqués de cristal. El vestíbulo recibia a los asistentes, mientras que la sala celeste y roja, servía para el descanso del baile, que se desarrollaba en el enorme salón central iluminado por la cúpula central, y donde una orquesta se disponía en un pequeño altillo. Por si esto fuera poco, el parque estaba iluminado por pequeños faroles japoneses, que iluminaban los senderos, la gruta, el cerrito y la laguna llena de flores multicolores, animadas a ratos por los cisnes que vivían en ella. 
La fiesta duró hasta altas horas de la noche, y se transformó en uno de los mayores hitos de la historia chilena. Los disfraces siguieron figurando los días siguientes, cuando se organizó en el palacio una segunda celebración -esta vez en la tarde- para que fotógrafos pudieran inmortalizar a los asistentes para un álbum fotográfico a cargo de la Imprenta Barcelona y realizar uno de las primeras filmaciones, película que hoy desafortunadamente se ha perdido.
El baile marcó la decadencia de esta suntuosa propiedad, que sería loteada años más tarde y terminaría demolida en 1933.   
Nos extendimos algunos meses atrás al describir esa celebración en otro reportaje, que puede visitar en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/03/15-de-octubre-de-1912-baile-de-la.html, o en la Revista Caras, en su edición de julio del año 2010.
Asistentes al baile, en la revista Zig Zag 1912 
Fotografía de los asistentes en 1912, posterior al baile. Revista Zig Zag, 1912.

7. El baile García Huidobro

María Luisa Fernández Bascuñán de García-Huidobro
Existió en la Alameda de las delicias esquina San Martín, un sobrio palacio neoclásico que mandó a construir Manuel José Yrarrázaval, el primer Director del Club de la Unión. La arquitectura imponente del edificio, contrastaba con sus delicados interiores, destacando los finos salones entelados, que guardaban la valiosísima colección familiar de arte, y el enorme vestíbulo, de doble altura, rodeado de columnas jónicas, decorado con frescos, una pileta e iluminado por una cúpula de grandes dimensiones. En la década de 1910, Vicente García-Huidobro adquiere el palacio, y junto a su familia lo convierten en un animado espacio social. No era menor la presencia de la dueña de casa, María Luisa Fernández era en si todo un referente social, gran anfitriona y amante de la intelectualidad, dando cita a sus amistades semanalmente en la casa. Bajo el seudónimo Mona Lissa, escribió poesía, dos novelas y artículos para diarios o revistas; participando junto a Inés Echeverría, Luisa Lynch, Mariana Cox, entre otras; en el movimiento feminista aristocratico. Fue además la madre del poeta Vicente Huidobro.
El 20 de agosto de 1913, la familia abrió los salones de su casa para ofrecer uno de los más llamativos bailes de toda la temporada. "Conocíamos desde antiguo la señorial casa...en más de una ocasión habíamos admirado su fachada de puro estilo romano, y sobretodo, las arcadas, columnas chapiteles y cúpula de su grandioso peristilo; bellísimos nos habían parecido sus frescos jardines y sus salones y pinturas murales; pero para contemplar ese palacio en todo su esplendor, era necesario verlo, como anoche lo vimos, bañado en un mar de luz, revestido de flores, inundado de armonía y bullendo en sus salones nuestras bellísimas mujeres, tocadas de gasas, sedas y pedrerías". Revista Zig Zag, agosto 1913.
Palacio García-Huidobro, Revista Zig Zag, 1914 - Hall del palacio García-Huidobro Fernández, foto Vera. En: Chile a través de la fotografía 1847-2010. Fundación Mapfre. Santiago de Chile, 2010.
Asistió todo el cuerpo diplomático vestido como en la mayor de las recepciones oficiales, políticos de todos los partidos, intelectuales, artistas y gran parte de la sociedad de Santiago; quienes paseaban por los corredores del primer y segundo nivel, todos decorados con guirnaldas de flores. Al centro del vestibulo, se arregló una gloriera con luces y flores, que dejaban espacio para la orquesta, dirigida por el Maestro Brillenti, quien alternaba la música con bailes cantados. La señora Fernández destacaba entre los asistentes, "su traje negro, de reflejos acerados, parecía una malla florentina de extremado artificio, pero que caía en pliegues suaves, como tela suelta y sedeña; un collar de perlas en el cuello, y dos brazaletes de brillantes y perlas en los brazos, componían su sobrio y a la vez riquísimo aderezo de joyas...". Revista Zig Zag, agosto 1913.
La fiesta de 1913 fue una de las más recordadas de la década, en los años siguientes la mansión siguió recibiendo frecuentemente a las amistades y visitas oficiales. Desafortunadamente el palacio, como tantos otros, sucumbió en las últimas décadas del siglo XX, y junto a él, desapareció parte importante de la historia política, intelectual y social chilena.
 
Asistentes en el corredor del segundo piso y en uno de los salones. Revista Zig Zag, agosto 1913


8. El sobresaltado baile de la familia Morandé Campino

El inicio de la temporada de los bailes de invierno en 1914, estaba siendo preparada para deslumbrar a la sociedad de Santiago. Enrique Morandé organizaría en su suntuosa residencia de la calle Dieciocho esquina Gómez de Vidaurre (Hoy instituto ICEL), un baile de estreno. El entusiasmo se había generado porque en la fiesta debutarían las más conocidas bellezas de la época: la señorita Morandé, Margot Mackenna, Rosa Pereira, Sara Izquierdo, Elena Fabres, María Cristina Balmaceda, Josefina Vial Freire, María Larraín y Adriana Larráin. 
La casa Morandé estaba siendo lujosamente preparada, sus salones que habían hospedado al Príncipe de Prusia, volvían a lucir resplandecientes, cada detalle en el salón de música, en el hall o en gran corredor central, había sido previsto para una noche memorable. Los días anteriores al baile, una tormenta sacudió Santiago, y aunque se pensaba sería pasajera, las horas la hicieron cada vez más fuerte, hasta que el río Mapocho se desbordó en Vitacura, desparramándose sus aguas en el centro de Santiago. La Alameda estaba inundada de lado a lado, ingresando el agua a la calle Dieciocho e inundando el patio del señor Morandé, donde se había construido una carpa para albergar el buffet caliente.
Salones de la mansión Morandé Campino. Revista Familia, octubre 1919
El pasmado Enrique Morandé respiró hondo, y aprovechando una tregua que dio el temporal, mandó a rehacer la carpa y drenar el agua, la misma mañana antes del baile. Los escandalosos diarios anunciaban un ciclón seguido de fuertes sismos; pero al parecer la ilusión de las señoritas era más fuerte, y la familia Morandé abrió sus salones a pesar de la lluvia esa noche, desarrollándose una fiesta animada y exitosa, sin ningún otro contratiempo.
La fiesta continuó hasta el amanecer junto  al impertinente temporal,  y sólo al salir los jóvenes de la casa, se percataron del río en que se había convertido la calle Dieciocho. Todos los hombres, vestidos de frac y sombrero de copa, debieron arremangarse los pantalones y sacarse los zapatos, para poder tomar en los brazos a las señoritas y dejarlas a salvo en los coches que iban a buscarlas. 
Tras la fiesta se fueron animados a sus casas, mojándose y tratando de cruzar, el lago en que se había convertido nuestra Alameda de las delicias. 
Josefina Vial Freire- Sara Izquierdo Valdés- Elena Fabres Blanco, vestidas para el baile Concha de 1912- Rosa Pereira Montes, Revista Familia, diciembre 1918.

9. El baile Santiago antiguo


Emilia Herrera de Toro. (1824-1916)
Una fiesta muy diferente pero igual de atractiva por la originalidad de los disfraces, se dio en 1915. En agosto de ese año, se representó en el Teatro Municipal una obra titulada con el nombre “Santiago Antiguo” que dejaba ver con magnificencia de trajes, ambientaciones y libretos, esos lejanos años tan importantes para la patria como fue la época independentista. Tras el éxito de la interpretación y aprovechando una fiesta de caridad que se realizaría en la casa de la eminente señora doña Emilia Herrera Martínez de Toro, se le ocurrió a Ramón Subercaseaux  ambientar esa celebración  a la usanza del Santiago dieciochesco, pues no había mejor residencia ni mejor anfitriona.
Era doña Emilia la dueña del antiguo Mayorazgo de Lo Águila, tenía en sus hombros el orgullo de antepasados ilustres más allá de la Independencia, y era la madre de Emilia de Toro, la esposa del derrocado presidente José Manuel Balmaceda, quien había muerto en el exilio en 1902.
Su hospitalaria casa en la calle Huérfanos albergó en sus salones selectas tertulias a lo largo del siglo XIX, recibiendo a intelectuales, músicos, artistas, políticos y destacados literatos. Durante la revolución de Rozas en Argentina, prestó asilo al General Mitre, Félix Frías y Eduardo Faustino Sarmiento, entre otros; razón por la que era muy querida en ambos lados de la cordillera de Los Andes.

Esa noche, como recuerda Eduardo Balmaceda Valdés, el gran salón de estilo Luis Felipe tenía un fino mobiliario de palisandro tapizado en tonos damascos y flores de color. La sala alfombrada con Aubusson era iluminada por espejos dorados antiquísimos, reflejando las arañas de bronce cincelado y las vasijas de sévres.
En ese salón estaban con trajes vaporosos, crinolinas y sedas: Inés Zegers de Gramer, Marcos García Huidobro, Judith Montes, Rebeca Castillo Sánchez, Blanca Larraín, Teresa Echeñique, Carmela Bulnes, Ramón Noguera, Sofía Barceló, Arturo Lamarca, María Luisa Edwards, Eduardo Balmaceda Valdés, Carlos Ossa y tantos otros concurrentes, que esperaban impacientes la aparición de doña Emilia.
“Cuando estábamos todos reunidos, la dueña de casa, ya largamente octogenaria, entró al salón y su primera impresión,al revivir con tanta propiedad un cuadro de sus días de primavera, la dejó como en un éxtasis; miró vagamente en todos los contornos y luego, como despertando de un sueño tomóse del brazo de uno de sus hijos y exclamó: ¡Qué elegantes se ven todos!... Fuimos en seguida a besarle la mano y admiró en cada uno la propiedad con que estábamos vestidos”. Del Presente y del pasado. E. Balmaceda V.  pag. 85.
Fue una noche de 1915 cuando se revivieron los saraos del pasado, comida a la antigua, entre crinolinas e uniformes desvaídos. Doña Emilia murió al año siguiente a los 92 años, y junto a ella se fue gran parte de esa tradición del siglo XIX que tanto se intentó rememorar.
Doña Emilia Herrera de Toro con un grupo en la fiesta. De pie, de izquierda a derecha: Señores Toro Astaburuaga, Carlos Ossa Prieto, Eduardo Balmaceda Valdés, Darío Zañartu Carrera. Ester de Agüero Herboso, Santiago Toro Herrera. Sentado: Marcos García Huidobro. Revista Familia, septiembre 1915.

10. El baile japonés del Club Hípico

Margarita Mackenna Eyzaguirre de Edwards
En 1919 tuvo lugar una fiesta muy comentada por la originalidad de su convocatoria. Eran tiempos ya en que la moda había cambiado, las mansiones se simplificaban y la magia de lo exótico ahora invadía los rincones. Se popularizaron los salones chinos o japoneses, haciendo muy codiciadas las mercancías de esa lejana cultura; por lo que no es de extrañar que ante esa vorágine, un grupo de amigos hayan convocado un Baile Oriental, que tendría como tema el exotismo Japonés.

"Se prepara un precioso baile de trajes; se exige que todos se vistan de japoneses, y los kimonos han brotado, como por encanto, en todas las casas de modas; se cenará a la japonesa y los salones serán arreglados ad hoc formándose en ellos bosques de cerezos en flor. El dinero correrá y los agraciados serán los carpinteros, las costureras, las floristas, peluqueros, zapateros, etc. ¿No se compensará la alegría de los asistentes con las ganancias pingües de los obreros y trabajadores?. Ya veis cómo todo está equilibrado en una sociedad bien constituida como la nuestra. La señora Margarita M. de Edwards y la señorita María Luz Ossa Concha, son las simpáticas inventoras de tan original fiesta que, lo esperamos, ha de tener éxito completo". Revista Familia, agosto 1919.
El lugar elegido fue el Club Hípico, que ocupaba la antigua residencia del diplomático Uruguayo José Arrieta y su mujer, María Mercedes Cañas (más información de esta familia en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/05/don-luis-arrieta-canas-en-el-ocaso-de.html

Para la fiesta de 1919, los trabajos de ambientación fueron encomendados a verdaderos japoneses residentes, quienes taparon los muros con largas telas blancas y negras, así como también los cielos, a los que dieron forma de pagoda. Sobre tapices dispusieron cojines y adornaron las paredes con biombos de Coromandel, cajuelas de laca, linternas y ramas de peral florido arregladas en vasos de porcelana. En el comedor dispusieron largos taburetes de laca roja, donde se podían sentar los asistentes en cojines, a la usanza japonesa, y se comería con los tan exóticos palillos. En el patio se hizo un jardín en miniatura, profusión de bonsái y pinos enanos, plantas exóticas y grandes jaulas doradas llenas de aves multicolores. Todos los convidados se dedicaron a vaciar las tiendas orientales de la capital y los sastres tuvieron que desempolvar delicadas sedas de los más vivos colores, para poder hacer frente a la numerosa demanda de trajes del Celeste Imperio.

La noche llegó y con gran pompa bajaban los invitados de los primeros automóviles. Sensacional fue la llegada de doña María Correa de Yrarrázaval en un auténtico palanquín de laca negra y oro, conducida por ocho kurumayos, entrando ante la admiración de los invitados hasta el centro de la sala y descendiendo con un vistoso traje de princesa del Sol Naciente, de seda negra y recamado de oro. Para dar mayor animación se organizó un exótico cotillón, que era entregado por Margot Mackenna, Eduardo Balmaceda Valdés, María Luz Ossa Concha y Arturo Cousiño, con magníficos y auténticos trajes mandarines. Nada desentonaría en una recepción del lejano Tokio y este baile japonés pasó a la historia como uno de los más exóticos.

Señorita Barros Vicuña presidiendo una de las mesas durante la comida. Fotografía Revista Familia, septiembre 1919.
Grupo de asistentes al baile, entre ellos Silvia y Eliana Salas Edwards, Virginia González Balmaceda y al fondo con un abanico pequeño en la mano, Alicia Cañas Zañartu, quien se convertiría en la primera Alcaldesa de Providencia en 1935. Fotografía en Revista Familia, septiembre 1919.


11. Otros bailes memorables


No es que sólo los bailes que anteriormente publicamos, hayan sido los que llenaron las páginas sociales entre los siglos XIX y XX. La falta de información, de fotografías y datos anecdóticos, impide extendernos como nos gustaría. Ofrecemos a continuación un pequeño resumen de otras tantas fiestas que ilusionaron con su fantasía, a las generaciones que hoy ya nos han abandonado.

En la casa de doña Emilia Herrera de Toro se ofreció un baile muy connotado en honor a su yerno, el recién electo Presidente José Manuel Balmaceda, en 1886. Los rivales políticos y familias que se odiaban, dieron un alto a sus diferencias para asistir a la fiesta, pues la figura de la señora Herrera no podía ser ofendida con una ausencia. Curiosamente esa misma ilustre dama -con la sabiduría que dan los años- logró ofrecer, a pesar de la pena por el exilio de su hija y la muerte de su yerno,  un baile para conmemorar el triunfo de la revolución, y poner fin con esto a meses de rivalidades, destrozos y humillaciones, entre todos los miembros de esa "refinada" sociedad, que perdió los estribos con la Guerra Civil.

En 1906 volvía a abrir sus puertas el magnífico Palacio Bulnes en la calle Agustinas, testigo ya de múltiples fiestas. Ofrecía ahora un baile en honor a la esposa de su propietario don Gonzalo Bulnes. Bajo el retrato del famoso General del mismo apellido, extinto hace años, bailaban los concurrentes entre los severos salones amoblados en estilo Imperio y Luis XV. La señorita Lucía Bulnes tenía un cotillón de sorpresa, arrojando al cielo múltiples mariposas rojas de papel, que caían como lluvia y se agarraban entre los encajes de los primorosos vestidos que usaban los asistentes, que pasadas las 3 de la madrugada comenzaron a retirarse.

Baile en el palacio del General Bulnes. Revista Zig Zag, julio 1906.

El Palacio de La Moneda fue transversalmente el espacio de reunión más apreciado por los santiaguinos. Todos los presidentes realizaron ahí comentados bailes, banquetes y recepciones. Muy famosas eran las tertulias que organizaba Sara del Campo, la esposa del Presidente Pedro Montt. Sus dotes de anfitriona, trato amable y divertido hicieron del palacio de gobierno un animado ir y venir de personajes, desde intelectuales, políticos y artistas nacionales; a los numerosos amigos del extranjero que cuando visitaban nuestro país, no dudaban en ir a ver a la amiga de todos, como era conocida. Por supuesto, la personalidad entusiasta de Sara del Campo, los recibía amablemente, organizaba banquetes y fiestas para agasajar a sus huéspedes, y a cuanta visita foránea pisara tierra chilena. Tras la muerte de su marido en 1910, siguió recibiendo en su residencia de la calle Bandera, con el mismo ánimo y la misma concurrencia.
No menos asidua a las fiestas fue su sucesora, doña Mercedes Valdés de Barros Luco, quien organizaba también frecuentes recepciones en los salones de La Moneda. Muy comentado fue un baile que dio en septiembre de 1913, en honor al Ministro extraordinario del Japón, Heki Hioki y su mujer, quienes fueron la atracción de la noche, quizás más por el exotismo que ellos reflejaban, que por su alta dignidad diplomática.
 
Baile en el hall de la residencia de doña Sara del Campo viuda de Montt. Revista Familia, 1926
Recepción al ministro del Japón en los salones del palacio de La Moneda. Revista Zig Zag, septiembre 1913.


Silvia Salas Edwards. Revista Familia, 1919
En 1918 la familia Herquíñigo Penna ofreció un suntuoso baile a sus amistades con motivo del estreno de una de sus hijas, en los salones del Club Hipico. Ese mismo año doña María Luisa Mac Clure de Edwards abría nuevamente los soberbios salones de su palacio en la calle Catedral, con un motivo muy especial: el baile debut de su querida nieta Sylvia Salas Edwards, hija de María Luisa Edwards y Eduardo Salas Undurraga; y cuya carismática figura coloreaba todas las semanas las páginas sociales de Santiago. Era una de las más reconocidas señoritas, y esa noche el palacio recibió cientos de personas que quisieron acompañarla en su día. Fue lamentablemente una de las últimas celebraciones en esa suntuosa casa, pues la tragedia invadió a la familia un año más tarde, cuando Silvia muere en uno de los primeros accidentes automovilísticos registrados en el país. "Nuestra vida social está enlutada...la hemos recordado en los bailes de fantasía, en los concursos de belleza, en las carreras, en su palco las noches de gala... Pero si sólo hubiera yo de recordarla por sus éxitos sociales, por su belleza o gracia juvenil, o por los blasones de su cuna; mi espíritu no se conmovería tan hondamente, ni enlutaría yo mi crónica para llorar la muerte de esta niña aristocrática, hermosa y millonaria... Silvia Salas tiene en derecho a reclamar otro recuerdo más duradero y menos meritorio que el de la vida mundana...". Revista Zig Zag, diciembre 1919.
María Luisa Mac Clure, venderá su palacio en los años posteriores, y se establecerá en él, el Club de Septiembre
Baile Herquíñigo Penna en los salones del Club Hípico en 1917. Revista Familia, 1917.
Baile de estreno de Silvia Salas en el palacio de Maria Luisa Mac Clure de Edwards. 1918. Revista Familia, 1918
Luego de una larga estadía en Europa, a inicios de la década, María Lyon de Cousiño, volvió a abrir los salones del antiguo palacio de la calle Dieciocho que se habían mantenido cerrados casi desde su inauguración. Esta mujer, conocida por su opulencia y un alhajero tan excepcional que contaba con algunas piezas que habían pertenecido a monarcas europeos; supo reunir mensualmente a toda la sociedad que se revolucionaba con tal de ver esos lujosos interiores, intactos desde el siglo XIX. Una de las más grandes fiestas que ofreció, fue un baile en honor al Infante Fernando María de Baviera y Borbón en 1920, durante una visita al país. 
Ese mismo año el charleston acompañó la espectacular recepción de la familia Salas Huneeus, y en 1922 el baile de estreno de la señorita Loreto Valdés Echeñique.
Baile en el salón dorado del Palacio Cousiño, en honor al Infante Fernando de Baviera y Borbón. En la imágen, grupo de asistentes junto al Infante y el presidente  Juan Luis Sanfuentes. Revista Familia, 1920.
Baile en el hall de la casa de la familia Salas Huneeus. Revista Familia, 1920.
Loreto Valdés Echenique ( primera de derecha a izquierda) junto a sus amistades en su baile de estreno. Revista Familia, 1922.
El pálido y dramático estilo de los años 20 parece haber relajado un poco la etiqueta de las grandes celebraciones, que se sucedían una tras otra. Perdía entonces ese brillo y ansiedad que caracterizó a los primeros bailes, para dar paso a una verdadera rutina casi diaria de bailes, estrenos, fiestas y comidas durante la temporada.
La visita de Humberto de Saboya, Príncipe de Piamonte, inauguró la temporada de bailes en 1924. Se hospedó en el palacio de Rafael Ariztía, organizándose brillantes recepciones, y cubriéndose la Alameda de las delicias, todos los días de un mar de gente tan grande, que apenas podía llegar el coche a buscar al príncipe. Una de las fiestas más importantes en su honor se dio en el Club Italiano, presidido por el Presidente Arturo Alessandri Palma.
El año siguiente estuvo marcado por otra visita real, el Príncipe Eduardo de Inglaterra engalanó con su simpática presencia los salones del Club Hípico y el Club de la Unión, institución que inauguró su nuevo palacio en la Alameda, catapultándose como el más cotizado espacio de reunión.
En 1928 sus salones se abrieron en honor a los marinos ingleses, siendo esta fiesta, una de las últimas de la temporada, antes de que la crisis comenzara a hacerse sentir en los estucos dorados de los grandes palacios.

El presidente Arturo Alessandri junto a Humberto de Saboya, en la fiesta del Club Italiano. Revista Familia, 1924.
Gran baile al aire libre en los jardines del Club Hípico de Santiago en honor al Príncipe de Piamonte. Revista Familia, 1924.


La crisis y el inicio de un nuevo estilo de vida

Los últimos años de la década del '20 fueron muy animados, ¡qué crisis del salitre! eso no existía, éramos un país rico, por lo menos en los papeles. Las fiestas se seguían sucediendo por doquier, desde 1860 que Chile vivía en la abundancia y el despilfarro de millones, no era algo que se podía terminar de la noche a la mañana.
Chile enfrentó la crisis de 1929 de la peor forma, su economía cayó por el suelo y fueron varios los que debieron afrontar la ruina y la pérdida de todo un estilo de vida. Nuestro país no volvería a ser el mismo
La década del 30 traerá cambios sociales, económicos, políticos y morales, ante la visión de una pobreza descontrolada que se hacía presente en muchos hogares. La época de esos ostentosos bailes había terminado...
Los años que siguieron a la crisis fueron muy difíciles,  la sociedad entera adquirió un aire de austeridad que se mantuvo hasta el término de la Segunda Guerra Mundial. No con esto queremos decir que las grandes fiestas desaparecieron; no podemos negar que el ser humano es un ser sociable, que necesita de los espacios de ocio y diversión para relacionarse; y nuestros compatriotas no eran la excepción.  
La renovación de los aires ceremoniosos del pasado había creado una generación mucho más abierta, simple y deseosa de las novedades rápidas. Las comunicaciones traen nuevos influjos de las estrellas del cine, la moda cambia vertiginosamente y las tiendas por departamento ofrecen ropa, zapatos y accesorios menos costosos, desechables y de rápida adquisición. Las fiestas se transforman en espacios de reunión mucho más selectos, heterogéneos y sin tanta etiqueta. Se terminan las tarjetas de baile, las señoritas ahora pueden elegir a sus acompañantes, y fumar si lo desean. 

El baile como se había conocido, pierde con estos adelantos, la magia que envolvía cada celebración. Ya no se juntan ni los políticos ni las casamenteras en estas fiestas juveniles, ya no es necesario esperar una década para el único baile de importancia en la ciudad, tampoco esperar impacientes los figurines desde Europa o los meses de preparativos con la modista para el traje de fantasía. Los dueños de casa prefieren los salones del Club para estrenar a las hijas, y dejar la casa para celebraciones mucho más íntimas, y menos costosas. El baile se vuelve algo cotidiano, sin etiquetas, sin ataduras, mucho más libre y donde la única condición, es pasarlo bien.
Las fiestas de primavera,  los estrenos, los cumpleaños y el año nuevo, parecen ser las únicas fechas donde el baile vuelve a adquirir esa prestancia de antes. Famosas fueron las extravagantes celebraciones que daba don Arnaldo Falabella en su palacio de Avenida Pedro de Valdivia, (Hoy Municipalidad de Providencia), o las de la familia Claro en la misma calle. Más recordada es la fiesta de año nuevo que ofreció Misiá Elena Errázuriz en su mansión de El Golf, teniendo como invitado especial a Charles Trenet, popular cantante y amigo de Chaplin. 


Eufemia y Elena Kunst en un baile en el Club de la Unión, en la década de 1930. Archivo Brügmann.
Recepción en el Club de la Unión. c.1950

Durante la temporada se suceden algunas fiestas en residencias de Santiago, pero a partir de los años 40 y 50, se vuelve mucho más popular el ir a bailar a lugares especialmente acondicionados para eso. La bohemia santiaguina está en esplendor, y son muchas las personas que disfrutan a diario de celebraciones mucho menos íntimas, pero sin duda más animadas. El Club de la Unión y el Hotel Carrera comenzaron a hacer masivas fiestas con las orquestas del momento, al que acudían cientos de personas.
Es el Rock&Roll el encargado de revolucionar las veladas de la capital en los '60, con el uso de nuevos atuendos, peinados y estrafalarios movimientos que escandalizaban a las señoras. Hizo popular y casi un deber, el salir de fiesta con los amigos por la noche, el Drive inn Lo Curro, el Charles o La Chateleine se convierten en los sitios de moda.
La década del 70 trae consigo la llegada de las discotheques, entre las que destacaban el Eve y el Hipopótamo. Sin embargo era la discotheque Las Brujas, en La Reina, una de las más concurridas. Ofrecía música animada en distintos escenarios, jardines de paseo, comida y una vista privilegiada de todo Santiago. Su presencia en la memoria social de los chilenos no fue excusa para su demolición hace algunos años atrás.

La discotheque Hollywood, con sus toboganes y pistas de baile,  la discotheque Gente o el restaurant bailable L'etoile del Hotel Sheraton, serán los sitios de moda en la década de los '80. Los años 90 y 2000 se sucedieron entre nuevas formas de baile, música más variada, ritmos de temporada y la apertura de nuestra sociedad hacia una verdadera cultura nocturna, que hoy es parte de todos nosotros.
El baile bajo el concepto del siglo XIX ha desaparecido, pero mutó para transformarse nuevamente en un ambicioso panorama nocturno que guarda aspiraciones y vanidades. La institución del baile hoy se ha farandulizado... y a falta de revistas como Zig Zag, Familia o Ecrán, hoy la televisión y las vertiginosas redes sociales, -Facebook, Instagram, twitter- cumplen ese rol de difusión necesario para lograr la tan anhelada figuración social.  
Basta nada más con recordar el cumpleaños de Julita Astaburuaga para comprobarlo: celebró sus 80 años con una gran fiesta de disfraces, la fantasía volvía a ser parte de nuestra capital, con una anfitriona de nobleza comprobada, pero acompañada de muchos nuevos actores sociales que necesitan de estos eventos para intentar ser parte de lo que hoy se denomina graciosamente el "jet set criollo", que tantos beneficios aporta.
Hoy las famosas fiestas electrónicas - Sensation White, Creamfields-,  jornadas de música como Lollapalooza, los numerosos conciertos de artistas internacionales; o simplemente el acudir a una discotheque de moda para codearse con un futbolista o una de esas peculiares modelos que jamas han pisado la pasarela; rigen actualmente las normas de relación entre ciertos individuos, que ven en el asistir a ese tipo de eventos, la inclusión en los diferentes grupos y refuerzan su sentido de pertenencia. 

Fuera de lo anecdótico que puede parecer todo esto, podemos ver que la ceremonia del baile, tal vez no está tan alejada de los anhelos y pretenciones de nuestros compatriotas hace más de 150 años. Estos eventos siguen siendo útiles para reconocerse, incluirse y por sobretodo dar a algunas personas el sentido de pertenencia que necesitan para continuar con sus vidas. La deslumbrante Belle Epoque se ha ido para siempre, pero nos dejó como herencia, sus vanidades y ambiciones...



Mario Rojas Torrejón
Fernando Imas Brügmann

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(1) Un baile en el palacio de gobierno. En: Gay, C. Historia física y política de Chile. Paris, Francia. 1854. Coloreado por Brügmann

Bibliografía

BALMACEDA, E. Del presente y del pasado. Editorial Ercilla, Santiago de Chile. 1941
BALMACEDA, E. Un mundo que se fue. Editorial Andrés Bello. Santiago de Chile, 1969
BARROS, M. Recuerdos de mi vida. Editorial Orbe. Santiago de Chile, 1942.
GRAHAM, M. Diario de mi residencia en Chile. 
IMAS, F. ROJAS, M. Palacios al norte de la Alameda: El sueño del Paris americano. ARC editores, Santiago de Chile, 2012.

S/A. Palacio Errázuriz, Embajada de Brasil. LOM ediciones. Santiago de Chile. 2002
RODRIGUEZ-CANO, A. Et Al. La Belle Epoque de Santiago sur poniente: 1865-1925. ARC Editores. santiago de Chile, 2007
SOLAR, E. Las tres colonias. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires, Argentina. 1970

Otros:
BERGOT, S. Baile de Fantasía Echaurren Valero 1885. Boletín de la Academia Chilena de Historia. n°116, 2007.
MÜLLER, E. Catálogo de la exposición, Baile y fantasía: Palacio Concha Cazotte. Museo Histórico Nacional. Santiago de Chile, 2012

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El Ferrocarril 12 agosto 1862
El Ferrocarril 15 octubre 1862
El Ferrocarril 9 septiembre 1862
El Ferrocarril 10 septiembre 1866
El Ferrocarril 19 julio 1877
El Ferrocarril, suplemento especial Baile de Fantasía 1885. Colección particular

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante 100%

Karin dijo...

MUY INTERESANTE, SALUDOS!!

seyta dijo...

Que entretenida lectura!
Con rabia miro muchos palacios de los cuales ya no existen y que por las fotos eran hermosos, ojala no ocurra lo mismo con los que van quedando.

Muy buena nota.

Cristian dijo...

Siempre creo que los bailes son eventos en los que la comunidad se junta y se relaciona. En este momento estaba buscando conseguir un alquiler apartamentos buenos aires para llegar a la gran ciudad del pais

Anónimo dijo...

Qué página más excelente! se nota que le dedicás mucho trabajo! Te felicito por lo que hacés, una genialidad.