lunes, octubre 8

XVI, XVII y XVIII, TRES SIGLOS EN LA HISTORIA DE SANTIAGO

Escudo de Santiago, 1915.
LA APARICIÓN ENTRE LOS CERROS DEL RASCACIELOS DEL COSTANERA CENTER, NOS HACER VER EL INCREÍBLE AVANCE DE NUESTRA CIUDAD. SIN EMBARGO LA MUCHEDUMBRE QUE CAMINA BAJO ÉL, OLVIDA EL DISCRETO ORIGEN DE SANTIAGO.
DE POBRE VILLA PASÓ A SER UNA VIBRANTE URBE GRACIAS AL EMPUJE DE NOTABLES PERSONAJES, QUE INMERSOS EN UNA SOCIEDAD JERARQUICA Y CERRADA, SUPIERON REALIZAR PROEZAS DE LA INGENIERÍA, AMASAR GRANDES FORTUNAS Y CONTRIBUIR EN LA PRODUCCIÓN ARTÍSTICA.
LA BELLEZA SANGUINARIA DE LA QUINTRALA, EL REFINAMIENTO DE UN GOBERNADOR ASIDUO A LA GALANTERÍA, LAS VICISITUDES CONVENTUALES DE UNA SINGULAR RELIGIOSA, LAS EXCENTRICIDADES DE LA CONDESA DE LA CONQUISTA Y LA MONUMENTALIDAD DE UN ARQUITECTO; NOS EVOCAN ESE ANECDÓTICO ESTILO DE VIDA DE NUESTROS LEJANOS CONCIUDADANOS, MENOS OSCURO DE LO QUE PENSÁBAMOS Y MUCHO MÁS VIBRANTE QUE LO QUE MUESTRAN LOS AÑEJOS DOCUMENTOS LITERARIOS.




Santiago del Nuevo Extremo llamó el conquistador español don Pedro de Valdivia a la apacible villa que fundó al pie del Cerro Huelén, quizás sin imaginarse que se convertiría siglos más tarde en una de las principales metrópolis de Sudamérica.
Comenzó como un villorrio de largas calles empolvadas por el presuroso andar de caballos, con chatas casas pintadas de blanco cal, que ocultaban en el centro del solar colonial un sombrío vergel donde descansar los calurosos días de verano. 
Era su núcleo una amplia Plaza Pública donde se ubicaban los edificios más importantes: La Iglesia, el Tribunal, la cárcel y la casa del Gobernador. Al sur se desarrollaba un improvisado Mercado, que debía luchar contra los numerosos vendedores ambulantes agolpados por toda la plaza, que ofrecían sus baraturas “a grito pelado” atrayendo fácilmente las miradas.  Cuando la noche se hacía presente los mercadillos y el ajetreo de la población terminaba, dejando un basural en la Plaza, que sumado a las implicancias propias de una ciudad sin alcantarillado, generaba un continuo ambiente de pestilencia que preocupaba a los vecinos más ilustrados.
El desarrollo fue algo lento y estuvo unido más al empuje de algunos personajes que a iniciativas gubernamentales. Chile era un reyno pobre que basaba su economía en la agricultura, y lo poco que llegaba desde el Virreinato del Perú era utilizado por las autoridades para mantener un ejército estable capaz de socorrer la ciudad en  las continuas insurrecciones indígenas.
No eran las rebeliones la única preocupación de la población, pues el valle de Santiago era constantemente sacudido también por brutales terremotos y el caudaloso Río Mapocho periódicamente se desbordaba destruyendo todo a su paso. Por otro lado la precariedad de las construcciones hacía de ellas un constante foco de incendio y la pillería de grupos organizados que bajaban desde los cerros causaba pánico entre los habitantes. 


"Primera Misa en Santiago", óleo de Pedro Subercaseaux, 1904. Colección Museo Histórico Nacional

¿Por qué quedarse entonces en Santiago?

Santiago en 1552 ,  Colección Mapoteca Biblioteca Nacional.
Son las bondades del fértil valle lo que hace que familias enteras quieran forjar un buen futuro en la ciudad. El clima es fantástico, ni muy frío ni muy caluroso, también barato comprar tierras y hacerlas productivas. La cordillera era una hermosa barrera natural, y el continuo flujo de caravanas comerciales desde Mendoza, Valparaíso, Concepción y La Serena comenzó paulatinamente a activar el monótono comercio. Algunos vecinos iniciaron los primeros intentos de labores mineras y  vitivinícolas: A  don Rodrigo de Araya,  se le debe la edificación del primer molino de la ciudad – que se mantuvo hasta principios del siglo XX-, la plantación de viñedos en sus posesiones de El Salto y las primeras incursiones en la industria minera al construir Lavaderos de Oro.
La prosperidad de Lima y Potosí contribuyó a mejorar la exportación de productos agrícolas, y a pesar de la prohibición por parte de la Corona Española de vender productos a países extranjeros, el comercio chileno encontró un período de auge a partir del siglo XVII, cuando ya Santiago era una urbe plenamente establecida.
Tenía esta ciudad alrededor de 80 manzanas, cada una dividida en ocho solares, que se distribuían entre las largas calles que el mismo Valdivia había trazado con un cordel, tomando como punto neurálgico la Plaza de Armas. Todo lo demás era sitios eriazos, riachuelos, chacras y extensos conventos, cuyos muros muchas veces formaban callejones peligrosos, donde la delincuencia asechaba. 

“Refugium peccatorum- Una señora sola y desamparada pidió al Presidente del Reino en 1771 que se cerrase un callejón que había a espaldas del convento de los religiosos recoletos de San Francisco de esta ciudad de Santiago, porque era un aposentamiento de ladrones y donde se acojian por la noche los amancebados, a fin de que por ese medio se evitasen las ofensas a Dios y el perjuicio de la causa pública.” En: Cosas de la Colonia, Apuntes para la crónica del siglo XVIII en Chile. José Toribio Medina. Imprenta Ercilla, 1889. Pág. 21.


Aspecto de la calle Carmen en 1872. Al fondo el molino que perteneció a don Rodrigo de Araya y el Cerro Santa Lucía en plena transformación. En "Santiago de siglo en siglo", PEÑA OTAEGUI, C. 1944

A mediados del siglo XVII se empiezan a formar los jardines de la Plaza de Armas, mediante la entusiasta colaboración de los vecinos quienes no sólo ejecutaban las plantaciones sino que debían encargarse de su conservación, implementando un sistema de turnos mensuales entre las principales familias que residían en los alrededores. Son ellas mismas las que también velaron por la plantación de árboles en las calles circundantes e interiores, contribuyendo a incrementar el valor del sector.
Los condes de Sierra Bella dotan a Santiago de un portal comercial de gran nivel, donde se juntaban los vecinos a conversar bajo la sombra de las gruesas arquerías. Muy pronto se pusieron los primeros bancos de madera, y se hizo rutina el pasar las tardes en la Plaza de Armas, acostumbrándose los días domingo el ir a ver carreras de caballos.
En 1678 nace el nombre de la calle Monjitas, cuando se instala en la esquina nororiente de la Plaza Mayor el Convento de las Monjas Clarisas de la Victoria, conocidas popularmente como Las monjitas de la plaza. Eran famosas por vender los ricos dulces que preparan en su cocina y las legumbres que cosechaban de sus propios huertos,  atrayendo a los vecinos que se agolpaban en la portada de la pequeña iglesia, para conseguir alguna de esas milagrosas viandas.

Costado de la Iglesia de la Compañía.
La popularidad de las órdenes religiosas no era algo nuevo, contándose muchos devotos de las diferentes religiosos llegados al país.
 La supremacía económica recaía en la Compañía de Jesús, cuya barroca iglesia contrastaba con la derruida imagen de la Catedral. Eran estos monjes alemanes quienes habían traído la gracia del arte a Sudamérica, contándose entre sus filas a relojeros, ebanistas, pintores, escultores, literatos y médicos. En sus herméticos conventos se escondía una legendaria riqueza en monedas de oro que traspasó generaciones, pero también una álgida rivalidad con los Dominicos, a quienes veían como competencia en las labores de enseñanza. Los Agustinos por su parte tenían sus propias diferencias con los Franciscanos, contándose numerosos incidentes, desde acaloradas discusiones hasta sospechosos incendios en las dependencias de cada orden.
A pesar de todos estos contratiempos, cada convento o monasterio logró consolidar su influencia en distintos sectores de la sociedad, alcanzando un enorme poder hasta el siglo XX.



Los Franciscanos llegaron tempranamente a Chile en 1553, fundando uno de los más conocidos conventos de Santiago, el mismo que hasta el día de hoy mantiene la austeridad de sus orígenes, funcionando como Museo de la época colonial chilena. En las fotografías se aprecia el patio central del convento y el interior de la iglesia, a inicios del siglo XX.
Los Dominicos concentraron en sus conventos el saber literario del mundo occidental. Al norte del Mapocho, en el sector denominado La Chimba, mantuvieron hasta inicios de la década de 1990 uno de sus más grandes conventos, que a pesar de haber sido transformado durante el siglo XIX, mantuvo el aire campestre que tanto lo caracterizó en época colonial. En las fotografías, la Biblioteca del Convento y un grupo de monjes en el jardín de uno de los patios a inicios de 1900.

Para el siglo XVII no sólo las órdenes religiosas habían adquirido prominencia económica, y tras la sencilla fachada de la sociedad colonial se escondía la fortuna de algunas familias que se habían enriquecido con el comercio, la agricultura y los puestos gubernamentales. Las casas de terratenientes criollos habían incorporado utensilios y mobiliario más refinado, en su mayoría importado. La holgura financiera no sólo se reflejaba en la mesa o en el salón, pues llamaba la atención del extranjero la vistosa apariencia de las santiaguinas, que recorrían la ciudad ataviadas con gran lujo y mostraban en la intimidad de las recepciones atuendos muchos más ricos y novedosos que sus pares en las prósperas ciudades del Virreinato del Perú.
El historiador Vicente Grez en 1879 nos entrega una valiosa observación de la moda Santiaguina del siglo XVII: “Santiago no fue nunca respecto de la moda, como lo creen muchos, una sucursal de Lima; al contrario, los figurines de Madrid, de Cádiz i de Sevilla, que venían a bordo de las naves que doblaban el cabo, llegaban naturalmente mucho antes a Santiago que a Lima. Las últimas modificaciones del figurín, que por fortuna no se repetían con la frecuencia de hoy día, se discutían, se rechazaban o aceptaban por las santiaguinas antes que por las limeñas. Era esa talvez la única supremacía que obteníamos entonces de nuestra ventajosa situación jeográfica”. En: La vida Santiaguina: El traje de las Santiaguinas. Vicente Grez. Imprenta Gutenberg. 1879. Pág. 42.



don Fermín Francisco de Carvajal Vargas y doña Joaquina María Magdalena Brun y Carvajal, Duques de San Carlos, alcanzaron gran figuración dentro de la sociedad colonial. El desempeño del patriarca familiar le permitió acumular una gran fortuna y alcanzar altos puestos políticos y militares, que fueron recompensados por el Rey Carlos III de España. Óles pertenecientes a la colección del Museo Histórico Nacional de Chile.

Y remata con aun más ahínco el también historiador Eduardo Solar Correa, quien en una breve reseña sintetiza los cambios que vive una sociedad que quiere dejar atrás la barbarie de sus orígenes: “La vajilla de plata reemplaza los utensilios de greda o madera de los primeros tiempos y a los toscos muebles de cuero suceden en la cuadra (salón) y en las recámaras (dormitorios), los ricos y costosos brocados. Las criollas encopetadas no emplean ya las sencillas basquiñas o las ropas de sapa de antaño, sino faldellines de lana, de oro o terciopelo, de raso o carmesí, bordados de realce y valiosos como joyas, que se heredan de madres a hijas… Los varones no iban en zaga a las mujeres. Engalanábanse con alhajas y valiosos indumentos. Algunos dieron en imitar los intrincados peinados femeninos, cuyo diabólico abuso tanto exasperaba al Obispo Villarroel”. En: Las tres colonias. Eduardo Solar Correa. Editorial Francisco de Aguirre, Santiago de Chile. 1970. Pág. 52.


 Alonso de Ribera, Gobernador de Chile .
Dentro de esta vorágine social destacan célebres hombres y mujeres que participan  en los cambios del siglo XVII: El Padre Diego de Rosales publica la “Historia General del Reyno de Chile”, mientras que el Gobernador Alonso de Ribera toma posesión del país, y trae consigo el refinamiento de la Corte de Flandes. Obtiene gracias a su fuerte ejército importantes triunfos en la Araucanía, pero serán sus actos más mundanos los que desencadenarían una serie de comentarios que rápidamente pusieron su cargo en tela de juicio. Acostumbraba a los grandes banquetes, el extraño “uso del tenedor”, las fiestas, la galantería coqueta con algunas señoritas, el juego y los trajes suntuosos. Horror para el poderoso Clero que luego de múltiples demandas hicieron salir del reyno al refinado Gobernador. 
Es uno de sus sucesores –don Pedro Osores de Ulloa- quien asiste a la inauguración en 1622 de la Universidad pontificia Santo Tomás de Aquino, de la Orden Dominica. 
Años más tarde la superiora del Convento de las Clarisas de la Victoria, sor Úrsula de Suarez, escribirá con gran picardía e inteligencia los largos pasajes de su vida conventual, entremezclándolos con curiosos relatos. Gustaba  de la compañía masculina, y aprovechándose de las Devociones -que era una costumbre colonial en donde  un hombre podía mantener amistad con una religiosa a cambio de regalos-, Sor Úrsula logró atraer la atención de tres devotos a la vez, quienes la visitaban a diario y colmaban su celda con sedas, plata labrada y los mejores objetos de lujo traídos de Lima.

 "Él andábase paseando, y yo desde el coro lo miraba, que era hermoso y bizarro"... Y al momento arrepentida, explicaba a Dios: "¿No sabéis que no los quiero, que los estoy engañando y que vos sólo sois mi dueño y amado?... Lo hago por lo mucho que les debo y por el interés que tengo de ellos, no por quererlos...", "Las monjas no sabemos querer, somos imágenes que no tenemos más que rostros y manos, y los cuerpos que se les ven son de mármol y de bronce su pecho... ¿cómo puede haber amor en ellos?...". En: Ursula de Suarez, relación autobiográfica. Prológo y edición crítica de Mario Ferreccio Podesta, estudio preliminar de Armando de Ramón. Biblioteca Nacional, 1984.

Tales documentos serian tildados como el primer ejemplo de emancipación femenina en Chile, permaneciendo ocultos hasta 1850. 
El Cristo de Mayo. Fografía de Gonzalo Orellana,2012.
Este clima de aparente progreso se ve opacado por la hermosa Catalina de los Ríos y Lisperguer –La Quintrala- quien abusa de su situación privilegiada para cometer actos temerarios, entre los que se contaba el envenenamiento de su propio padre,  el asesinato de un caballero de la orden de malta, la desaparición de sus amantes y el continuo maltratos a  sirvientes, todos delitos penados por la ley, que quedaron impunes. Durante su intensa vida debe soportar el Terremoto Magno de 1647, que destruyó todo Santiago y obligó a albergar en su casa la figura del Cristo de Mayo, la misma que quitaría de sus aposentos tiempo después con la mítica frase “ningún hombre me pone mala cara en mi casa”. 

El siglo XVII culmina con el Gobierno de Tomás Marín González de Poveda, el Marqués de Cañada Hermosa. Las ciudades de Rengo y Chimbarongo se fundan durante su mandato, pero son la Guerra de Arauco, la invasión de corsarios en las cosas del Reyno y los graves problemas con la Real Audiencia, las notas distintivas que lo harán pasar a formar parte de nuestra historia.


Los siglos XVIII y XIX. La consolidación de Santiago.

Como Gobernantes Ilustrados fueron conocidos los regentes del Reyno de Chile en la centuria del 1700. La Era dorada de la Ilustración empapó las mentes de las cortes europeas, quienes procuraron en sus asentamientos de Indias nombrar a hombres mejor preparados, que no sólo se preocuparan de combatir a los pueblos indígenas, sino que pudieran hacer prosperar las colonias.
Santiago para el siglo XVIII es una ciudad en expansión, que concentra su población de oriente a poniente entre la Calle de Bretón (actual Santa Lucía) y la Calle de los Baratillos Viejos (hoy Manuel Rodríguez); y de norte a sur, entre la Cañada y el Río Mapocho. 


Gabriel  Cano y Aponte, Gobernador de Chile.
El  Gobernador don Gabriel de Cano y Aponte (1717-1733), se preocupa de dar a los vecinos una vida mucho más segura y divertida. Gustaba de organizar carreras en la Plaza, Corridas de Toros y juegos de caña, para el ocio de los vecinos. Procuró atender necesidades higiénicas como la escasez de agua potable, formando una comisión especializada que evaluaría los trabajos necesarios para encausar las aguas del Río Maipo, viajando a la zona y estableciendo por unanimidad en cabildo abierto la necesidad de traer agua del Maipo por la grande utilidad que se reporta, especialmente para beber”. En: Peralta, O. Canal San Carlos, orígenes e influencias en el desarrollo de la ciudad de Santiago. Sociedad del Canal del Maipo ediciones. Santiago de Chile. 1989. Pág. 9.

La ciudad colonial como habíamos dicho antes, terminaba en el Paseo de la Cañada de San Francisco, que se extendía desde el convento de los padres Franciscanos hasta el lejano Chuchunco. Era un sitio donde en verano llegaban los vecinos para pasear, andar a caballo y capear el calor. Las pocas familias que se aventuraban a vivir al sur de la Cañada debían despedirse de parientes y amigos en el otoño volviéndolos a ver en la primavera, pues las crecidas del río Mapocho inundaban el lugar, formando caudalosos riachuelos que se propagaban hacía el sur, y que según las propias palabras de Vicuña Mackenna habían abierto naturalmente a través de los años las calles de Duarte, San Ignacio, Dieciocho, Vergara y Gálvez. 
El peligro del río Mapocho había segregado a la población más privilegiada a vivir en las inmediaciones de la Plaza de Armas, muy cerca de la Catedral, la Universidad, los Tribunales y la Casa de Gobierno; dejando las riveras del Mapocho y las amplias zonas de la Cañada, relegada al comercio, los mercados, aserraderos, molinos, chacras y viviendas para sectores bajos de la sociedad. Vivir lejos de la Plaza era impensable para muchos vecinos, que veían en el centro de la ciudad la herencia de sus antepasados y forjaban en él un férreo sentimiento de pertenencia e identidad.
Portal de Sierra Bella y jardines de la Plaza de Armas hacia 1860. La impronta colonial se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX, este portal comercial con sus amplias arquerías de blanco cal, refleja fielmente el aspecto del Santiago colonial. Fotografía de Eugéne Maunoury, perteneciente a la Biblioteca Nacional de Francia.
Las largas calles contaban ya con vecinos ilustres como don Valeriano Ahumada, quien daría origen al nombre de la calle y cuyos sucesores serían activos miembros de la Universidad de San Felipe, fundada en 1748. En la Calle Moneda, don Francisco García Huidobro construirá la Casa de Moneda, donde custodiará celoso el tesoro de monedas acuñadas bajo su propio peculio, por orden expresa del mismísimo Rey Felipe, quien por su importante labor le otorgó el título de Marqués de Casa Real.
don Francisco García Huidobro, Marqués de Casa Real
Con esa misma fama el Convento de las Agustinas en la calle del mismo nombre, sulfurará de almas piadosas entre sus corredores durante el siglo XVIII, siendo uno de los más poblados y ricos de América del Sur. Es que sus claustros eran elegidos por las hijas de sociedad que bajo un ferviente llamado religioso, o una necesidad inquebrantable de libertad, tomaban los hábitos agustinos. No podía ser mejor el encierro, pues contaban con la posibilidad de llevar consigo dos criadas, tener una celda individual y convivir libremente con sus pensamientos lejos del yugo paterno o marital. “Había tantas monjas en las Agustinas, que la abadesa doña Agustina de Bustinza escribió al Rey el 4 de mayo de 1757 que las de velo negro llegaban a sesenta y ocho, y las de velo blanco a más de cuarenta, y que como tenían derecho a dos criadas y dos seglares, se gastaba enormemente y había un bullicio que impedía el sosiego, por lo cual pedía se redujese su número”. En: Cosas de la Colonia, Apuntes para la crónica del siglo XVIII en Chile. José Toribio Medina. Imprenta Ercilla, 1889. Pág. 383.

En la Plazuela de la Merced vivió el  famoso Corregidor don Luis Manuel de Zañartu, el más rico propietario al norte del Mapocho. Se casó en 1760 con la distinguida María del Carmen Errázuriz, siendo nombrado Corregidor y Justicia Mayor de Santiago, dos años más tarde. Autoritario, valiente y visionario, comprendió la necesidad de crear grandes obras urbanas para mejorar la vida de los ciudadanos. Su obra más emblemática fue la construcción del Puente de Cal i Canto que inició en 1760, junto con la refacción de los tajamares del Mapocho que una crecida había derribado. Los planos fueron encargados al catalán José Birt, y el mismo Zañartu supervisó la obra desde el balcón de una pequeña casita junto al río. El gran puente uniría la Chimba y sus fértiles chacras, con el centro de la ciudad; mejoraría las rutas comerciales y daría nueva vida a un sector despoblado, que rápidamente se llenó de baratillos y ruidoso ajetreo.

El Puente de Cal i Canto fue construido con cal de Polpaico y piedras retiradas del Cerro Blanco, fue inaugurado el 20 de junio de 1779 y fue por años un símbolo de la ingenieria colonial en Santiago. Tristemente fue demolido sin razón en 1888, a pesar de la oposición de los ciudadanos.
No exento de excentricidades se cuenta que fundó el Convento de las Clarisas de San Rafael en la Cañadilla (actual Avenida Independencia), donando toda su fortuna para la mantención del convento, y obsequiando a la orden a sus dos hijas, que encerró desde pequeñas bajo el nombre de sor Teresa de San Rafael  y Sor Dolores de San Rafael. La primera murió en 1801 y la otra en 1848, viviendo toda una vida al servicio impuesto por su padre, que fue la herencia que les dejó el célebre Corregidor Zañartu.

El Corregidor Luis Manuel de Zañartu supervisó la construcción del Puente de Cal i Canto personalmente desde un pequeño altillo en una casa cercana al Río Mapocho. Fue una de sus grandes obras. Fotografía: El corregidor Zañartu en la construcción del puente, maqueta de Zerreitug ubicada en la Estación metro Calicanto.



El Monasterio del Carmen Bajo de San Rafael fue construido en 1767, con el fin de albergar un silencioso claustro de carmelitas descalzas donde el Corregidor Zañartu -quien donó el terreno y los fondos para su construcción- pudiera encerrar a sus dos pequeñas hijas, y así evitar el martirio de una vida mundana y en pecado.  Aunque transformado en el siglo XIX, el edificio aun existe en la actual Avenida Independencia, como mudo legado del cruel Corregidor Zañartu.

Eran estas tradicionales familias criollas las que habitaban los extensos solares centrales, en un conjunto urbano monótono que no había cambiado mucho desde el siglo XVI. Los muros de barro estucados con cal, eran animados por pequeñas ventanas protegidas por postigos de madera, en una época donde el vidrio aun no se utilizaba. Las más lujosas tenían rejas de fierro, y otras poseían un grueso pilar en la esquina, capaz de sostener la pesada techumbre de tejas y permitir la apertura de grandes vanos, donde se creaba un pequeño local comercial para vender los productos que provechosamente se extraían de las haciendas. 
Portada Colonial de la casa Fontecilla, demolida.
Al centro de la fachada se ubicaba un amplio zaguán, cuyo esmero decorativo expresaba si la vivienda pertenecía a una familia patricia o plebeya. En las casas más importantes, la rica portada barroca labrada en piedra era coronada en el tímpano por una rancia Heráldica familiar,  como exhibía la casa de la familia Fontecilla en la calle Agustinas, que desapareció en la década de 1970.  “El Zaguán también permite el ingreso a un patio empedrado de carácter más bien público, al que dan cocheras y oficinas como, en el volumen del fondo, las piezas principales, sala, cuadra y antesala o dormitorio principal. Al segundo patio, rodeado de corredores, dan los cuartos de la familia y al tercero, las múltiples dependencias de servicio; en las casonas más importantes, sobre la fachada principal suele ir un segundo piso, de alquiler, con balcones volados, al que se sube desde el patio por escaleras exteriores”. En: Guarda, G. El arquitecto de La Moneda, Joaquin Toesca. Editorial Universidad Católica de Chile. 1997.
La Posada de Santo Domingo, ubicada frente a la Iglesia del mismo nombre, era uno de los pocos vestigios coloniales que sobrevivió hasta el siglo XX, lamentablemente fue demolida en 1931. En, SECCHI, EDUARDO. Arquitectura en Santiago, Siglo XVII a Siglo XIX. Santiago: Editado por la Comisión del IV Centenario de la Ciudad, 1941.
Construida hacia 1730, la denominada Casa de Velasco, fue edificada para el Capitán Juan de Abaitúa. Posteriormente pasó a diversos dueños, hasta que fue adquirida por el Ministro de Hacienda O'Higgis, don José Antonio Rodriguez quien se casó sucesivamente con las hermanas Rosario y Mercedes Velasco, cuyos heredereros mantuvieron la  propiedad hasta bien entrado el siglo XX. En: Walton,J. Album de Santiago y vistas de Chile, 1915.


La casa de Velasco mantiene aun en su interior el aire colonial de su construcción, a pesar de las sucesivas modificaciones que sufrió  durante el siglo XX.  En: Walton,J. Album de Santiago y vistas de Chile, 1915.

Los cambios en algunas residencias a mediados del siglo XVIII evidenció el refinamiento en el estilo de vida de las familias patricias, que habían sucumbido al embrujo afrancesado de la espléndida Corte borbónica española. La buena mesa, la música y las manifestaciones sociales se hicieron recurrentes, siendo las dueñas de casa y sus hijas quienes animan las veladas, tocando ellas mismas novedosos instrumentos musicales como arpas, panderetas, clavicordios, salterios y los primeros pianos llegados al país. 

doña Ana Josefa Guzman Peralta Lecaros, don Borja de Andia y Varela y doña María Mercedes Alcalde Bascuñán, distinguidos ciudadanos santiaguinos que participaron luego activamente en el inicio de la República Chilena. Óleos del pintor  José Gil de Castro.

don Mateo de Toro y Zambrano, Conde la Conquista
En calle Merced se reunía gran parte de la buena sociedad de antaño, en la elegante mansión colonial del Conde de la Conquista, don Mateo de Toro y Zambrano. Era esta casa escenario de concurridas veladas, álgidos debates políticos y escenario más tarde la primera Junta de Gobierno en 1810. Su construcción se encomendó en 1769 al arquitecto portugués Joseph de la Vega, que ideó una casa con fachada a calle Merced de dos pisos, recubierta con sillería de piedra y cal. La armoniosa construcción en su interior guardaba el típico esquema de planta colonial, pero su singular fachada la convirtió en un referente arquitectónico de Santiago.    
Muerto el Conde la Conquista, la casa pasó a sus descendientes, viviendo en ella doña Nicolasa de Toro y Correa, "La Condesa" como era llamada por la gente, a pesar de que los títulos habían sido ya abolidos por el gobierno de O'Higgins. Dueña de una inmensa fortuna, se paseaba por Santiago en una lujosa berlina que había pertenecido al Rey Luis Felipe, tirada por cuatro caballos y manejada por cocheros de peluca blanca e impecables casacas de terciopelo negro con franjas de oro. Doña Nicolasa gustaba de la moda, las fiestas y el buen vivir, luciendo las más espectaculares joyas, sedas y encajes a la usanza de la corte de la Reina María Cristina. Murió encerrada en su suntuoso palacete colonial, cuando ya las nuevas costumbres habían olvidado el antiguo linaje de sus antepasados.

La Condesa de la Conquista, se paseaba por Santiago en una berlina seguramente muy similar a esta, tirada por cuatro caballos traídos desde su Hacienda de la Compañía, acompañada por elegantes cocheros y un lacayo.

La Casa Colorada en la actualidad, y un salón a inicios del siglo XX, cuando aun pertenecía a la familia. Imágen Revista Familia, 1919.

El pintor Pedro Subercaseaux representó la época colonial en varios de sus óleos, imágenes que muestran gran colorido y una singular propuesta estética, donde la mujer y la vida social tiene especial figuración.

Es recién en 1780 cuando la fisonomía de Santiago comienza a dar un giro inesperado hacia el neoclásico purista del arquitecto Joaquín Toesca, contratado por la Corona Española durante el gobierno de Agustín de Jáuregui para venir a Chile a terminar las obras de la Catedral. Sus trabajos se extenderán hasta su inesperada muerte en 1799, alcanzando a iniciar las obras del Palacio de La Moneda, la creación de una nueva fachada para la Catedral de Santiago, el Palacio de la Real Aduana, la Iglesia de la Merced, la Catedral de Concepción y los nuevos Tajamares del Mapocho. Sus restos mortales descansan en la Iglesia de San Francisco. La monumentalidad elegante de Toesca cautivó a los santiaguinos, y quedó en sus discípulos la obligación de continuar su legado y saciar los caprichos de los vecinos. El más conocido de ellos fue Juan José de Goycolea, autor de la Iglesia de Santa Ana y el Palacio de la Real Audiencia, cuya neoclásica estampa marcó el inicio de la nueva época que se avecinaba a pasos agigantados.

Reconstrucción idealizada del Palacio de La Moneda, tomando planos originales de Toesca. En: Joaquin Toesca, 1752-1799, GUARDA,G. Ediciones de la Universidad Católica de Chile. 1997


Aspecto de la Plaza de Armas a inicios del siglo XIX. Se ve en primer plano el edificio del Cabildo, y al fondo la Catedral aun inconclusa, ambos construidos por Joaquin Toesca.  Fotografía del Atlas de la historia física y política de Chile, Claudio Gay. 1854.

En los albores del 1800 el gobernador don Luis Muñoz de Guzmán abría frecuentemente los delicados salones de la Casa de Gobierno para ofrecer selectas veladas, donde su mujer doña María Luisa de Esterripa y su hija Carmen, deleitaban a la sociedad colonial con su acabado dominio de la música. La refinada señora del gobernador impulsará también concurridas tertulias intelectuales, y a ella se debe la edificación de dos Teatros estables, uno en la Plazuela de las Ramadas y otro en calle Merced esquina Mosqueto, que promovieron la presencia del arte escénico en el reyno.

Luis Muñoz de Guzmán, Gobernador de Chile
Las ideas revolucionarias que habían hecho perder al Rey Luis XVI su reino y su cabeza, comenzaban a llegar a Sudamérica a principios del siglo XIX. Los ingleses habían perdido parte de sus dominios en Norteamerica en manos de la naciente nación Estadounidense, y los conflictos internos de la Corona Española estaban generando un descontento general en las colonias, que culminará con el alzamiento de un ejército libertador que llevará a la mayoría de las naciones americanas a su independencia en los años posteriores a 1810.
Las guerras causaron profundos cambios en la administración del país, pero parecen no haber influido mucho en la vida de los ciudadanos o en la arquitectura de la nueva capital de Chile, Santiago. Es Bernardo O’Higgins quien hace las primeras transformaciones urbanas durante su mandato (1818-1823): crea el Cementerio General que se ubicó al norte de La Chimba, el Mercado de Abastos y planta Álamos en la Cañada dando origen al Paseo de la Alameda de las Delicias. 
El Paseo de La Cañada a inicios del siglo XIX. En Atlas de la historia física y política de Chile, Claudio Gay. 1854.
El aspecto del Santiago colonial era un conjunto de casas bajas con techumbre de tejas, imagen que se mantuvo en algunos sectores hasta fines del siglo XIX. Fotografía del Album Santa Lucia, de Emile Garreaud, 1874.

Francisca de Paula Urriola de Ovalle, óleo de José Gil de Castro
 Un suceso aislado marca un quiebre entre la antigua sociedad colonial y la nueva era Republicana. En 1821 O’Higgins insta a las “Monjitas de la Plaza” a abandonar su convento para ser trasladadas, porque la Plaza ya no era un lugar digno para su silencioso enclaustramiento. La noticia llegó a todos los hogares, desencadenando una muchedumbre que se agolpó en las afueras del convento cargados de flores y coronas, para despedir a las religiosas. Las calesas y coches habían sido meticulosamente cerrados por finos cortinajes para que las monjas no rompieran su clausura. El cortejo comenzó su lenta procesión, pero fue interrumpido por la aparición de un carruaje de gala, con armas y emblemas reales. Eran los hijos del Marqués de Casa Real, que habían sido enviados por su padre para trasladar dignamente a la abadesa del convento Sor Carlota García Huidobro hasta sus nuevas instalaciones en La Chimba, presidiendo con pompa y boato el término de más de 140 años de historia en la Plaza Mayor. Sobre los cimientos del convento la familia Valdivieso construyó una gran residencia de dos pisos al más puro estilo de Toesca, cuya similitud con la Casa de Gobierno le dio el apelativo de “la pequeña Moneda” y que se mantuvo hasta las primeras décadas del siglo XX.

La casa de la familia Valdivieso se construyó sobre el Convento de las Monjas Clarisas de la Victoria, iniciando un nuevo estilo arquitectónico que invadió Santiago durante el siglo XIX. Ésta casa fue demolida a inicios de la década de 1960.

doña Rosario Formas Patiño de Vial
La destrucción de Las Monjitas inicia una nueva etapa constructiva en Chile e instará a otras congregaciones a vender parte de sus terrenos en las décadas siguientes.  El flujo comercial mejora porque ahora Inglaterra  y Francia tienen un papel mucho más activo en nuestra economía, influyendo positivamente en los habitantes, y enriqueciendo además a muchas familias que basan su economía en el comercio desde el activo puerto de Valparaíso. Son estos grupos sociales quienes concentrarán el poder económico y ayudarán a mejorar la labor del gobierno a través de préstamos y participación en empresas mineras o comerciales. 

La aristocracia más tradicional se verá severamente afectada por los cambios de una nación en gestación, las familias ligadas a la corona mutarán o perecerán ante la presión política, y las más liberales se verán beneficiadas gracias a los puestos gubernamentales, que los hacía mantener cierta posición social aunque no siempre aseguraba grandes ingresos.
Este complejo panorama económico y social hará que un nuevo agente entre en acción: La Burguesía venida de la minería y el comercio, que fusionándose con la alicaída aristocracia tradicional, generará un poderoso grupo social que Re Fundará el centro de Santiago…

"La fundación de Santiago", óleo de Pedro Lira Urquieta, 1888. Colección Museo Histórico Nacional .
Santiago de Chile, desde el Parque Bicentenario, Vitacura. Al fondo el centro financiero, con el rascacielos del Costanera Center en construcción, 2012.

Fernando Imas Brügmann
Mario Rojas Torrejón
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 Bibliografía


GREZ,V. La vida Santiaguina: El traje de las Santiaguinas. Imprenta Gutenberg. 1879.

GUARDA,G. El arquitecto de La Moneda, Joaquin Toesca. Editorial Universidad Católica de Chile. 1997.

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PERALTA,O. Canal San Carlos, orígenes e influencias en el desarrollo de la ciudad de Santiago. Sociedad del Canal del Maipo ediciones. Santiago de Chile. 1989
SOLAR CORREA,E. Las tres colonias. Editorial Francisco de Aguirre, Santiago de Chile. 1970

Ursula de Suarez, relación autobiográfica. Prológo y edición crítica de Mario Ferreccio Podesta, estudio preliminar de Armando de Ramón. Biblioteca Nacional, 1984.


SECCHI,E. Arquitectura en Santiago, Siglo XVII a Siglo XIX. Santiago: Editado por la Comisión del IV Centenario de la Ciudad, 1941

WALTON, J. Album de Santiago y vistas de Chile, 1915.

6 comentarios:

Luis Darmendrail S. dijo...

Muy buen artículo, excelente información y valiosas imágenes. Es importante valorar y exponer la vida urbana de las ciudades en esos tiempos puesto que no mucho se toma en consideración. Saludos!!

sara dijo...

Espléndido, les admiro

Ricardo Fernàndez de Valdeosera dijo...

Excelente publicación.

Alfa dijo...

Llegué de casualidad al sitio y quedé admirada, muy buen material para quienes amamos la historia, bueno todo genial, pero no pude evitar un shock al llegar a la fotografía última del COSTANERA CENTER...

Anónimo dijo...

Completísimo. Hermosas imágenes.Y el contraste con la moderna ciudad con el Costanera Center.Myrna

Cesar Carrasco dijo...

Excelente el sitio; felicitaciones. Mi suenho cuando me jubile es volver a Chile a trabajar en conserver el patrimonio arquitectonico de la ciudad. Y evitar que el concepto de Viejo y terremoteado de pie a demolerlo todo.