domingo, julio 17

PEREGRINAJE POR LA ALAMEDA DE LAS DELICIAS


¿QUÉ PASA CON LA PRINCIPAL AVENIDA DE NUESTRA CAPITAL? 
DE UN APACIBLE Y LARGO PASEO, SE TRANSFORMÓ EN UN BULLICIOSO Y HASTA PELIGROSO CENTRO SOCIAL, QUE ENTRE SUS INTERMINABLES ESQUINAS CONFIGURÓ LA HISTORIA DE VIDA DE LA MAYORÍA DE LOS HABITANTES DE SANTIAGO. 
HOY, ALICAÍDA Y DERRUIDA POR UNA SOCIEDAD QUE NO TUVO COMPASIÓN EN ANIQUILARLA, SIGUE MOSTRANDO EN CIERTOS RINCONES ESE MÁGICO PASEO QUE LA HIZO TAN ENTRAÑABLE PARA NUESTROS PADRES Y ABUELOS. 
ESTE ES UN PEQUEÑO FRAGMENTO DE NUESTRA VISITA A LA ALAMEDA DE LAS DELICIAS A COMIENZOS DEL SIGLO XX... 





 


“Es necesario, como lo hiciera con pupila maestra Vicuña Mackenna, peregrinar por las calles de Santiago; es una gráfica lección de historia: los edificios tienen alma y reflejan, con mayor fidelidad que muchos documentos literarios, el espíritu del pasado, que interesa conocer”.
La Arquitectura Chilena en el siglo XIX- Eugenio Pereira Salas.

Sentados en un cómodo vagón divisamos lentamente como la ruralidad del valle del Maipo comienza a quedar atrás por esa novedosa ruta ferroviaria que nos lleva a Providencia. Los bosques, rancheríos y quintas desaparecen,  y Santiago nos recibe con una cara poco amable, entre la pobreza de los barrios cercanos al Matadero y la apacible fisonomía de poblaciones más decentes cercanas a la avenida Matta. La cúpula de la mansión rural que habitan los Mujica, indica que nuestro viaje terminará pronto, al final de la Avenida Bustamante.

El tren se detiene en la Gâre Providence, un sólido y refinado edificio trasplantado de la vieja Europa: con altas vidrieras, pequeñas cúpulas afrancesadas y una sutil marquesina de fierro forjado, que resguarda el ir y venir de los numerosos pasajeros que viajan, por comercio o vacaciones, hacia y desde los fértiles valles de la precordillera. Logramos salir de la bulliciosa multitud que se agolpa en la estación, que además sirve de mercado de productos agrícolas frescos, por lo que la cantidad de gente y el olor es inaguantable.
Caminamos hacia el norte, estamos en el punto de partida de lo que fue nuestro Santiago decimonónico. Queremos recorrer la ciudad, la Avenida de las Delicias, y no hay mejor opción que comenzar bajo el alero del primoroso monumento de la Colonia Italiana, inaugurado recientemente durante los festejos del Centenario de 1910, dispuesto entre flores y arbustos, sobre una rotonda que dará origen a una plaza, icono de triunfos y derrotas.
Avenida Matta- Casa Mujica- Estación Providencia

Miramos al norte: Bellavista se pierde entre las laderas del escarpado Cerro San Cristóbal. A lo lejos se ven altos techos puntiagudos, árboles y minaretes medievales, un funicular que sube y en la cima, la blanca silueta de la Virgen traída desde Francia.
El oriente fusiona las chacras de providencia, las altas torres de iglesias, las copas de árboles y la imponente cordillera de Los Andes, ahogando la vista en un sinfín de colores de naturaleza insospechada.  Y frente a nosotros, una larga calle, ancha y elegante, se pierde entre tranvías y pretenciosos edificios, que inician un lento y sobresaltado andar hasta los límites de la Estación Central, punto culmine de la Ciudad Propia e inicio de arrabales de penosa reputación.
La virgen del Cerro San Cristobal- El funicular en 1930- La antigua Plaza Italia
Matrimonio Ríos Pacheco y familia Altmann Levy, en el Funicular del Cerro San Cristobal- Colección Biblioteca Nacional.

La Alameda comienza  entre palmeras y calles empedradas. Hacia el sur el extenso edificio de renta de la Familia Nieto, en cuyos bajos hay elegante comercio, y en los altos se suceden departamentos y hoteles, donde vivió alguna vez el Conde de Welezeck, gran representante prusiano que desposó a una de las más hermosas hijas de los Balmaceda. Frente a él un conjunto de refinadas viviendas, con vista a la Alameda y el Parque Forestal, donde han encontrado hogar familias como los Álamos Lyon y Balmaceda Valdés (padres del famoso cronista), y que han dado vida a un moderno sector erigido por vanguardistas arquitectos como Luciano Kulzcwesky o Víctor Noel, en estilos neocolonial y art nouveau.

Plaza Italia y Edificio Nieto- Luisa Balmaceda, Condesa de Welezeck

Más adelante el colonial hospital San Borja, europeizado en su fachada con mansardas y frontones, que esconde una pequeña capilla gótica en el interior del parque, que es posible ver tras una delicada reja de fierro forjado, entre naranjos y encinas. Casas de un piso que acusan un pasado republicano, se mezclan con presuntuosas residencias de dos o más niveles, en su mayoría construidas bajo el modelo del art nouveau. Los tranvías se multiplican y por las calles aledañas a la Alameda, se ve el rápido andar de transeúntes y carretas. El Palacio de la Universidad Católica, a medio estucar, con su fachada de ladrillos por calle Portugal, y su clásica figura por Alameda, tan extensa como monótona, se mezcla con dificultad entre decadentes rancheríos coloniales, tiendas de abarrotes y gruesos muros de adobe, que desaparecerán muy pronto para dar paso a sólidos edificios de departamentos, como los que ya se ven en la vereda norte, obras del arquitecto Monckeberg; y que contrastan de maravilla con el nuevo y amplio parque del cerro Santa Lucía recién abierto hacia Alameda.
Alameda y Universidad Católica- Hospital San Borja

Qué lindo es el ingreso monumental del Cerro Santa Lucía, con sus escalinatas imperiales, sus estanques, piletas, arquerías y su aparatosa Fuente de Neptuno, desde donde brota el agua como cascada, en ese hermoso arco triunfal coronado por un ángel dorado. El ingreso al parque es resguardado por dos Guerreros de fierro forjado con faroles a gas; que desaparecerán más tarde sin dejar rastro, como tantos otros ornatos del infatigable Huelén.
La antigua Iglesia del Carmen Alto, remozada por Fermín Vivaceta, se alza imponente estrechando la Alameda, con su figurativa torre de reminiscencias góticas, que apenas supera las afrancesadas mansiones con cúpulas y balaustradas de las familias Lecaros y Méndez. Una seguidilla de casas de gran impronta enfrenta la Plaza Vicuña Mackenna, en cuyo centro se encuentra el magnífico monumento al intendente, obra del francés Jules Coutan. Al fondo el Castillo Dávila, más tarde de Luisa Cousiño y Embajada de Italia, singular palacete italiano cuya graciosa torre enfrentaba la somnolienta Calle Santa Lucía, con sus añosos pimientos, apacibles empedrados y altas residencias vecinas del cerro, donde habitara el rico parlamentario Máximo del Campo, suegro del arquitecto Larraín Bravo.
Plaza Vicuña Mackenna- Cerro Santa Lucia- Alameda esquina Carmen
  
Junto a la Plaza, y en donde antes tuviesen su convento las Monjas Claras, famosas por sus dulces, cerámica aromática y dotes musicales; se alza imponente el magnífico Palacio de la Biblioteca Nacional, construido por el arquitecto Gustavo García del Postigo, que en sus marmóreos salones resguarda el saber literario de la joven república. Cruzando la calle, muy cerca de la antigua Iglesia y Hospital de San Juan de Dios, la marquesina art deco del Cinerama Santa Lucia resplandece con los últimos estrenos de Hollywood.
Cinerama Sta. Lucia
Una fila interminable de tranvías en gran ajetreo circundan el hermoso Parque Inglés, con sus altas palmeras, piletas y la escultura “A la Caridad” del francés León Ernest Drivier, y dedicada a la gran benefactora Antonia Salas de Errázuriz; deja entrever  las rosas, jazmines y violetas que se mezclan apacibles con los gritos de las vendedoras de la Pérgola de las Flores, que alegres conversan con los transeúntes y clientes, bajo la sombra del antiguo campanario de la colonial Iglesia de San Francisco.
El hotel Victoria tiene dos altas cúpulas y frontones decorados con alegres querubines. Muy cerca está la Calle Estado, en cuya esquina habita la familia Undurraga Fernández, en un hermoso palacio trasunto de la vieja Inglaterra victoriana, con altas torres, arcos ojivales, vitrales y una virgen que mira desde lo alto el ajetreado comercio de la concurrida calle. Vecina es la antigua casa construida para la viuda del industrial Haviland, de largos corredores de columnas corintias, amplios salones y que sirvió por algunos años como sede del Club de la Unión.
Iglesia de San Francisco y parque inglés- Señoras en el paseo de las delicias
La Alameda en este tramo cambia su cariz, y ya no es tan apacible y tranquila, hemos ingresado al centro de la ciudad: los tranvías de oriente a poniente, de norte a sur, los vendedores, los añosos árboles, las elegantes señoras que conversan animadamente sobre las novedades parisinas de la Casa Prá o la Casa Francesa, el activo comercio que estrena interesantes letreros luminosos y la intensa sociabilidad; dan cuenta de una urbe fresca que se apronta a entrar en la modernidad.
El arquitecto Cruz Montt está construyendo el nuevo edificio del Club de la Unión, que llenará de  distinción y elegancia la avenida. Sus salones resplandecerán con inolvidables fiestas, álgidas discusiones parlamentarias, risas y festejos de los grandes señores, y uno que otro incidente que trágicamente llena la historia de este emblemático sector.
Frente a este futuro edificio, ya con la pátina que otorga la sabiduría de los años, se alza el Palacio de la Universidad de Chile, primera obra del célebre arquitecto francés Lucient Henault. En el ingreso a la casa de estudios, está la estatua de mármol del notable intelectual Andrés Bello, y que será trasladada años más tarde al centro de la universidad y reemplazada por una copia de bronce.
Alameda/Arturo Prat- El Club de la Union- Paseo de las Delicias- Paseantes- Palacio Undurraga- Universidad de Chile

Las mansiones en este sector elevan categoría y rivalizan en originalidad o lujo. Mezclan frontones del Loira, mágicos arcos de Venecia, osadas cúpulas y torres, columnas romanas y reminiscencias del Medio Oriente, en una fusión fantasiosa que crea una atmósfera de holgado exotismo, que a más de un viajero maravilló y extrañó en su paso por este fin del mundo.
Alameda 1925
Los monumentos se multiplican: vemos a San Martin y O’Higgins, los árboles se hacen cada vez más altos. La sucesión interminable de casas de fachada continua se interrumpe, y en medio de una plaza se puede ver el magnífico Palacio de la Moneda, herencia de Toesca y la época colonial, con sus altos y blancos muros de neoclásico puro; y con interiores rimbombantes, dignos de una gran casa de gobierno.
Hacia el sur y cerca de calle Lord Cochrane la mansión de los Espínola Pereira, la de Mr. Meiggs, en el más puro estilo bostoniano; la caprichosa mansión de los Padilla, con sus cúpulas y esculturas, la extensa casa de los Bustamante, que será habitada hasta los años 80 por su dueña, que se negará a abandonar los salones enmaderados y el fino mobiliario dorado de su mansión, a pesar del ruido, asaltos y cruel decadencia en que caerá el paseo de las Delicias.
Celebración en Alameda/Dieciocho- Alameda/ Lord Cochrane
Al norte vemos la antigua mansión de los Hermanos Amunátegui, con vastos patios de mármol, que desaparecerán para dar paso a la deslucida Torre Entel. En la misma cuadra la aparatosa mansión de la Familia Rivas, de barrocos salones, escalinatas de mármol, espejos y amplias claraboyas, en cuyos bajos se estableció la conocida Ferretería Montero. Vecinos por calle San Martín la neoclásica casa de la familia García Huidobro, un lujoso palacete, con amplios salones y un hall de magnífica doble altura, que vio nacer y escribir sus primeras prosas al poeta Vicente Huidobro.
Hacia el sur en Calle San Ignacio, la elegante casa de Silvestre Ochagavía, con sus extensas balaustradas y jarrones; vecino es el imponente palacio de los Yrarrázaval, de alta mansarda europea, brillantes faroles y fastuosos salones, dignos del marquesado que su dueño ostenta. En la esquina con Calle Dieciocho, la enorme mansión de los Iñiguez, tan barroca y aparatosa, decorada con guirnaldas, balaustradas, balcones bombé y esculturas. Frente a ella está la blanca silueta de la mansión de Gregorio Ossa, obra del francés Lathoud. Cercana está la Iglesia de San Vicente de Paul, y los lujosos palacios de Rafael Ariztía y de Maximiano Errázuriz, éste último obra del italiano Chelli, con altos corredores, terrazas romanas, pisos de mármol y fabulosos salones, que nos hablan de la elevada categoría del barrio, quizás el mejor de Santiago.
Familias de paseo en la Alameda, y la Estatua a San Martín en la esquina con Calle Dieciocho.
Hacia la avenida Ejército la mansión de la familia Aldunate, de altas cúpulas y torreones franceses. Vecina es la mansión de la familia Vergara, que enfrenta la alameda con amplias terrazas abalaustradas y balcones. En el parque central, tras el obelisco de la Independencia, la enorme piscina contiene al vigoroso Neptuno, que agita furioso sus brazos controlando esos poderosos caballos que sin embargo no lo llevarán más allá de calle Brasil.
Señoritas Larrain Mancheño
Las cuadras de la Alameda se llenan de fachadas góticas, neoclásicas, inglesas y orientales. El norte sigue el mismo estilo, con altillos italianos y galerías. En calle Brasil la cúpula francesa da paso a un enorme palacete ecléctico, de altos vitrales, torres, agujas, terrazas y esculturas; que contiene interiores fantasiosos, de artesonados pintados a mano y un magnífico hall de triple altura, donde habitó algunos años el intrépido minero don Nazario Elguín. Vecina es la mansión neoclásica de los políticos Edwards Sutil, con esa extensa terraza abalaustrada, donde saludaban a la multitud en épocas de elecciones. Más al poniente, los añosos árboles  dejan ver con el resplandor del sol de ocaso, las doradas puntas de una extensa reja. Es la residencia de los Concha Cazotte, que habitan un enorme palacete arabesco, de cúpulas doradas y minaretes, oculto en un idílico jardín con laguna, cerro, senderos y esculturas; donde las dueñas de casa, Teresa y Luisa Concha, realizan junto a su madre las más extravagantes celebraciones, a las que acude presurosa toda la gran sociedad de Santiago.
La Alameda y calle Vergara- Pareja en el paseo- Palacio Concha Cazotte- Carlos Besa y familia- La fuente de Neptuno

La Calle República se ve amplia, con sus hermosas casas de grandes jardines y el alumbrado eléctrico, donde se mezcla el neoclásico con el más sombrío estilo Tudor. Tras un enorme portón de fierro, se puede ver quizás el último palacio de la elegante Alameda, la Quinta Meiggs, residencia de verano del aventurero americano, que alberga grandes corredores de caoba, salones con placas de mármol verde, blanco y rosado, columnas jónicas y  una intrépida cúpula, desde donde baja en espiral una gran escalera hacia el deslumbrante hall circular con esa estrella de mármol de colores tan recordada por los viejos cronistas.  
La Alameda continúa con la Avenida España –antigua de la Capital- re inaugurada con ese nombre por el matrimonio del Rey Fernando XVIII con Ena de Battenberg.
Quinta Meiggs
Un extenso edificio da la bienvenida al viajero que viene de Valparaíso, el fabuloso Portal Edwards, con gran comercio, hoteles y departamentos, y el concurrido y bohemio Teatro Politeama.  El portal Granello es otro reducto comercial muy concurrido. Ambos edificios desaparecerían con la llegada de 1980. Más al sur el Instituto pedagógico, y la Escuela de Artes y Oficios, darán término a la incansable Alameda, que en Calle Matucana, culmina su lento andar, en una punta de diamante con una gran cúpula que publicita a Cinzano; y que contrasta con las vetustas arquerías neoclásicas que sustentan la nueva y moderna estructura metálica de los talleres de Eiffel, que reemplazó varios techos y galpones, que poca categoría le daban a nuestra antigua Estación Central de Ferrocarriles. Hacia el poniente, el sur y el norte, la Alameda desaparece, y se suceden rancheríos, conventillos y chacras; arrabales de mala reputación y sumidos en la miseria, donde la luz del progreso lamentablemente no alcanzó a llegar. 
La Estación Central y el Portal Edwards

La Alameda nos despide en este popular sector, y nosotros volvemos en un tranvía, atravesando por última vez esos oníricos paisajes de antaño. Avanzamos y los árboles son talados, las esculturas y monumentos se envejecen, algunos desaparecen. Las elegantes construcciones se deterioran, se caen a pedazos, algunas se incendian, muchas están siendo demolidas. Protestas, bullicio y una multitud de gente se agolpa en las calles, la Alameda pierde los paseos y parques, se ve abandonada y cada vez más reducida. El tráfico, los edificios en altura y una población nueva, ajena a la belleza y amante del cemento se apodera de estas calles. Cuando llegamos a nuestro destino, los años han pasado tan vertiginosamente, que casi no reconocemos esa figura alada de la colonia italiana, ahora junto al Mapocho, abandonada, despojada de sus placas y glorias. Nuestra Alameda de las Delicias ya no existe, la Gâre Providence tampoco, y la ciudad ha crecido tanto al oriente que casi no podemos divisar su término. El viaje ha finalizado…
La Alameda hacia el oriente desde el Palacio Elguín


Mario Rojas Torrejón
Fernando Imas Brügmann

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1 comentario:

Inzunza dijo...

Que retrato más nostálgico de nuestra principal avenida, y el relato no puede ser más evocador, felicitaciones!!!