martes, septiembre 23

EL PALACIO RIVERA: UN SUPERVIVIENTE DEL GLORIOSO PASADO PORTEÑO



La antigua calle Serrano en Valparaíso, se hizo tristemente conocida hace algunos años por una voraz explosión que dejó varias víctimas y destruyó parte importante de sus antiguos edificios. Sin embargo, lo que muy pocos saben, es que entre las coloridas fachadas se esconde uno de los más fantásticos supervivientes de la opulencia porteña de principios del siglo XX: un palacio de impronta veneciana que mezcla en su interior el refinamiento de la decoración neoclásica junto con las primeras expresiones del movimiento Liberty en Valparaíso. ¿Quieres conocer un poco más?







La calle de La Planchada (hoy Serrano) es una de las más antiguas de Valparaíso. Hay quienes sostienen que el origen de su nombre se debe a la construcción en el lugar de la planchada del castillo San José, una fortificación colonial que esperaba defender al puerto de los numerosos corsarios que azotaban el Pacífico. Otros apuntan que su denominación es mucho más coloquial, pues en sus inicios estaba construida con viejos tablones de madera planos, que se dispusieron sobre el mar, formando una estrecha costanera que permitía el traslado de los habitantes.
Los rellenos que posteriormente causaron la expansión de la ciudad, y la creación de la Plaza Municipal (actual Echaurren), generó un gran auge en la calle que hacia 1830 era la única vía empedrada, y el hogar de los más adinerados propietarios. La prosperidad del lugar, con sus suntuosas casas, animado comercio y hoteles, sufrirá una herida mortal cuando la escuadra española comenzó un intenso bombardeo el 31 de marzo de 1866. Las balas alcanzaron una casa, y el fuego se propagó por toda la cuadra, pudiendo ser extinguido recién al día siguiente. Los resultados fueron catastróficos: las manzanas entre la Plaza Municipal y la Plaza de la Intendencia (Sotomayor) resultaron totalmente destruidas.

El Hotel L'Union, en la calle de la Planchada en 1863, fotografía tomada por Rafael Castro y Ordoñez, miembro de la Comisión Científica del Pacífico Sur que vino a Sudamérica en 1863. Fotografía perteneciente al Museo de Antropología de España.
Bombardeo de Valparaíso, 1866. Imagen perteneciente a la Bancroft Library, Universidad de California. USA
La expansiva evolución del puerto de Valparaíso, en el característico trazo del dibujante Lukas.   

El desastre no desanimó a los porteños, quienes iniciaron una rápida reconstrucción que sorprendería por lo novedoso de la arquitectura utilizada y los nuevos materiales constructivos, donde primaba la albañilería de ladrillo, y un estilo decorativo mucho más pretencioso. “La calle de La Planchada, cuyos magníficos edificios se han levantado sobre las ruinas que dejaron las bombas y balas españolas, presenta hoy un aspecto tal que nada cede al de las principales calles europeas… Sobresale entre ellos el magnífico palacio ocupado por el Club de la Unión… en esta misma calle se hace notar por su elegante frontis i su magnífico estuque el edificio construido recientemente por el arquitecto Fermín Vivaceta, i de propiedad de Antonio Subercaseaux”. Tornero, R. Chile Ilustrado. 1872. Las elegantes construcciones venían a complementar un marco de progreso sin igual, donde el alumbrado a gas –único en la ciudad- era el protagonista. Se había gestionado gracias a los aportes de los vecinos, en su mayoría ricos comerciantes extranjeros, que deambulaban con sus costosos trajes recién llegados de algún vapor europeo.
Por las mañanas el ajetreo era intenso, los bajos de los edificios eran ocupados por grandes almacenes, muy apetecidos por su cercanía al puerto y la aduana. Mientras que los altos eran utilizados por las oficinas centrales de diversas firmas, como Bahr & Cía., Gómez & hnos., o Lamparerías Goldrick. Las tardes eran aun más animadas, la calle contaba con dos hoteles de primer orden, el Lafayette y el lujoso Hotel Oddó; donde se reunía gran parte de la sociedad porteña. La mayoría de estos prósperos edificios habían sido reedificados por importantes empresarios, que tenían intereses en esa zona del puerto. Es, por ejemplo, Agustín Edwards quien adquiere y erige la mayoría de los edificios de la manzana comprendida entre la calle de La Planchada y el cerro Cordillera; mientras que hacia el norte, son Juan Díaz, Magdalena Vicuña de Subercaseaux y el abogado Enrique Cood, quienes poseen la mayoría de los inmuebles. Hacia 1869, Cood comienza la venta de sus propiedades, siendo una de ellas, un enorme sitio que limitaba al norte con la calle Cochrane, al sur con la calle de La Planchada, al oriente con la propiedad de Juan Díaz (ocupada por el famoso Hotel Oddó) y al poniente con un callejón estrecho, que sirve de división con la casa de Magdalena Vicuña.
Es éste terreno el lugar donde se emplaza hoy el palacio.
Las dos veredas de la calle de La Planchada, que reflejan la suntuosidad con que fue reconstruida luego del bombardeo de la Armada Española, durante la Guerra de 1866. Grabados en Chile Ilustrado de Recaredo Tornero, 1872.

Durante los últimos meses de 1870, Cood vende la propiedad en $43.710 pesos a Francisco Subercaseaux Vicuña. Éste exitoso industrial, banquero y salitrero de Santiago, emprende la tarea de construir un edificio que sirviera como residencia para sus temporadas en el puerto, destinando los bajos a comercio y almacenes; y los altos como vivienda.
Francisco Subercaseaux (1845-1921). Colección Particular
La única descripción que se tiene de ésta casa nos la entrega Julio Subercaseaux Browne, quien en sus memorias recuerda: “Llegábamos a la estación Barón y más tarde a la de Bellavista, donde un coche nos esperaba para llevarnos a nuestra casa que estaba en la calle de La Planchada -hoy Serrano- cerca de la plaza y que pertenece en la actualidad a la familia de Guillermo Rivera. Daba también por el fondo a la calle Cochrane, en formación porque hasta allí llegaba el mar, que veíamos desde el comedor y de nuestro nursery. La casa tenía una escalera monumental que se prolongaba por una ancha galería con claraboya, sobre la cual daban casi todos los dormitorios, que eran bastante oscuros, salvo la recepción, el dormitorio de mi mamá, el nursery y el repostero, que daban a la calle. Arriba en la terraza también con techo de vidrio, estaba la cocina y la servidumbre. Ésa parte era muy alegre y ahí jugábamos…”. Subercaseaux, J. Reminiscencias. Editorial Nascimiento. 1967. Pág.36. El interesante relato se ve complementado con las valiosas panorámicas del fotógrafo Félix Leblanc, que permiten hacernos una idea de cómo lucía exteriormente la vivienda que ordenó edificar Subercaseaux. De las imágenes se desprende la silueta de un sobrio edificio neoclásico compuesto por dos niveles principales, pero que tiene la particularidad de concentrar hacia el poniente una estructura sobresaliente que se prolonga hasta la calle Cochrane, y que conforma un tercer piso, coronado por una claraboya lateral. Éste elemento nos hace suponer que el edificio se trata en realidad de dos grandes viviendas, siendo la principal la de mayores dimensiones, que se asemejaría a la descripción de Julio Subercaseaux. La fachada por calle Cochrane sigue el estilo neoclásico de todo el inmueble, pero está rematada por un gran frontón triangular. A los dos niveles principales (y el tercero semioculto) se suma la presencia de un piso inferior más, que se genera por el desnivel que existe entre la calle de La Planchada y Cochrane, que baja unos cuantos metros, permitiendo la aparición de un área para albergar cocheras y almacenes.


La silueta roja identifica la antigua fachada de la casa Rivera, con arcos de medio punto en el segundo nivel y una decoración neoclásica. En la cubierta, una claraboya lateral ilumina se dispone sobre el tercer nivel. Fotografía de Félix Leblanc, Colección Biblioteca Nacional de Chile. 
La silueta roja identifica la fachada posterior de la casa Rivera, por calle Cochrane; de estilo neoclásico, y cuatro niveles. Fotografía gentileza de Alberto López, en el grupo de facebook Valparaiso del Recuerdo. 

En noviembre de 1873, Subercaseaux vende “el sitio i casa” a Bartolomé Labatut Bordes, un importante industrial, dueño de una velería y jabonería en la actual avenida Pedro Montt. Desde ese momento perdemos el rastro hasta diez años después, cuando la vieja calle de La Planchada pasa a llamarse Teniente Ignacio Serrano, en honor a los méritos de este chileno en el combate naval de Iquique durante la Guerra del Pacífico. Ése año Labatut arrienda un almacén en su terreno a la Sociedad Beneficiadora de Metales, numerado en el 65 de la calle Serrano. Dos años más tarde, en febrero de 1885, la propiedad compuesta por el “sitio y edificios” es vendida a Luis Puyó Mary, quien residía en Santiago pero tenía importantes inversiones en el puerto. Si bien su imagen se ha perdido con el tiempo, basta nada más con remover algunos libros para encontrar ciertos datos que permiten reconstruir un poco la historia de este francés residente en Chile. 
Es un compatriota suyo, el explorador Charles Wiener, quien nos entrega los mayores antecedentes: “Entre los muchos franceses que han creado un hogar en este hermoso país, tenemos que mencionar un gran propietario, M. Louis Puyó; que se quedó en Chile por más de 40 años y que ha hecho una considerable fortuna como importador e industrial. Es una figura popular en Santiago, donde durante mucho tiempo ha presidido organizaciones benéficas”. En: Wiener, C. Chili et Chiliens. Paris, 1888.
Desconocemos si Puyó adquiere la propiedad para convertirla en su residencia en Valparaíso, o simplemente como una inversión. Él vive junto a su mujer Julia Puyó de Puyó en la calle Serrano 34 de Santiago, y se dedica a los negocios y diversas obras benéficas. Es pariente de otro importante personaje santiaguino, Luis Puyó Medina, afamado médico cirujano, el mismo que construye esa afrancesada casa en la calle Monjitas donde vivirá hasta su muerte la pintora Inés Puyó León.
El nuevo siglo traerá profundos cambios políticos, sociales y la desaparición de los viejos personajes que hicieron prosperar el puerto. Entre ellos estaba Luís Puyó Mary, quien dejará una cuantiosa fortuna repartida entre numerosos herederos, los que deciden en noviembre de 1905, vender la propiedad de calle Serrano. El comprador es un conocido abogado de Valparaíso: Guillermo Rivera Cotapos.

Guillermo Rivera Cotapos, en el vestíbulo del segundo nivel de su casa de calle Serrano. Fotografía gentileza de Carlos Rivera Heavey.
“Buenmozo, con la tez clara, floreciente y optimista… vestía con la recherche y la arrogancia de un duque de Morny. Su casa de Valparaíso tenía escalera de mármol de su propia isla en el Sur, y de su quinta, en Limache, obtenía la orquídea chamberliana de su veste fina de Chanut…”. De este peculiar modo, el escritor Joaquín Edwards Bello recordaba a quien fuera uno de sus más encarnizados enemigos. Es que el éxito, la popularidad y las acciones políticas que emprendía este personaje porteño, no se salvaban de ésa vivaz y malintencionada envidia, tan común en nuestros círculos sociales.
Guillermo Rivera nació en 1868, era oriundo de Concepción y a los 21 años se había titulado de abogado en la Universidad de Chile. Muy cercano a las ideas liberales, participó activamente en el gobierno de José Manuel Balmaceda, ejerciendo como Subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores al momento de estallar la revolución de 1891. Su cercanía con el Presidente lo llevó a realizar la difícil misión de gestionar el refugio de la familia de Balmaceda en la legación de Estados Unidos, y la del mismo mandatario en la Legación Argentina. Al finalizar la Guerra Civil, la conservadora sociedad santiaguina no le perdonó la ayuda prestada a los liberales, e intentando encontrar un lugar mucho más amable para desarrollar su carrera, emprende viaje al cosmopolita puerto de Valparaíso, donde rápidamente alcanzó una gran popularidad gracias a sus triunfos judiciales. Muy pronto fue designado Regidor Municipal de la comuna de Valparaíso, y más tarde, llegó a ocupar el puesto de diputado por el mismo departamento. Carismático y locuaz, no dudó en utilizar la prensa para difundir sus ideas políticas, ganándose la admiración de la gente. Fue uno de los impulsores y redactores, de las obras hídricas en Concón y Peñuelas, destinadas a abastecer de agua potable a las ciudades aledañas. Como Ministro de Justicia e Instrucción Pública, se preocupó de mejorar el sistema judicial, e instauró el uso del uniforme en los liceos de niñas, con la intención de que ninguna señorita fuera discriminada por su aspecto. “Guillermo Rivera, notable jurisconsulto y persona de vastísima ilustración, es una de las figuras más salientes no sólo de Valparaíso, donde tiene su residencia habitual, sino en todo Chile, donde es admirado y querido de todos por sus procederes, talento y patriotismo…” Huerta-Rodrigo, S. De la raza latina. Paris. 1914. Pág. 107
Edificio en la Av.Brasil destruido por el terremoto de 1906.
Rivera vivía junto a su mujer, Zulema Baeza Infante y sus cuatro hijos, en una cómoda vivienda de la calle Blanco 270. Hacia 1905, con una exitosa carrera en ascenso, decide adquirir a la sucesión Puyó la propiedad de calle Serrano, en ese entonces señalada con el número 63. No terminaban aun de decorar la nueva casa, cuando un estruendo bajo la tierra anunció una catástrofe sin precedentes: el 16 de agosto de 1906, un terremoto que alcanzó los 8,2 Mw, destruyó Valparaíso hasta sus cimientos, el que se vio agravado por dos gigantescos incendios, que terminaron por derribar los edificios e incrementaron el número de víctimas. La destrucción movilizó a todas las autoridades, Rivera no fue la excepción, volcando sus esfuerzos en la reconstrucción del puerto y el socorro de los damnificados. Su mujer, Zulema Baeza, organizó numerosas colectas de caridad con otras señoras de Valparaíso, y recibieron la visita de la primera dama, Sara del Campo de Montt, quien acompañó a la familia Rivera a Limache, para repartir $5.000 pesos entre los damnificados, dinero que obtuvo de sus propias rentas personales. Un almuerzo en la casa quinta de Rivera, y una estadía que se prolongó semanas en el puerto, contribuyeron a aumentar la popularidad de la primera dama, una mujer sumamente atrayente y carismática, que reunía en los salones de Santiago a todo tipo de personajes, que sentían por ella gran admiración. La destrucción de los alrededores de Valparaíso fue enorme, y Rivera no se salvó de la hecatombe, perdiendo en Limache, su querido conservatorio de flores, donde con gran dedicación había criado delicadas orquídeas de todo tipo, las mismas que diariamente decoraban el ojal de su solapa; galantería por la que era reconocido en todo Chile.

Vista de la magnitud de la catástrofe de Valparaíso en 1906. A la derecga, las ruinas del Teatro Victoria -en su momento el más lujoso de la ciudad- y atrás, la avenida Brasil, una de las más importantes del puerto. Postal Fotográfica, 1906. Colección Particular.
1- Sara del Campo de Montt junto a Zulema Baeza de Rivera en un carro llegando a la plaza de Limache. 2- Guillermo Rivera en primer plano, junto a Sara del Campo en el momento de la entrega de las donaciones a las familias damnificadas. Al fondo, Zulema Baeza de Rivera. Revista Sucesos, 9 de noviembre de 1906.
Aspecto del Jardín y la fuente de cisnes, en la Quinta Rivera de Limache. Revista Sucesos, enero 1910.
Montt en la permanente crítica pública. Revista Sucesos, 1910.

La popularidad de Guillermo Rivera comenzó a opacar la figura del huraño Presidente Montt, quien sufría una baja en la simpatía de las masas. La situación cambió de aspecto, cuando sus detractores –aprovechándose de la cercana amistad que existía entre Rivera y la Primera Dama- esparcieron un despiadado rumor que traspasó la barrera de los hogares, llegando al escritorio del Presidente, de la mano de una brutal publicación.
Valiéndose de esos comentarios, el ilustrador Santiago Pulgar, y con motivo de la bullada compra de un carísimo piano que había hecho Montt para un salón del palacio de La Moneda, decidió publicar en la portada de su revista La Comedia Humana de 1907, una caricatura que escandalizó a la sociedad de la época y enfureció al Presidente. En ella, un oscuro Pedro Montt toca el piano entonando mortíferas estrofas, mientras ve como su mujer baila animadamente una cueca con el senador Rivera. La caricatura le costó a Pulgar una dura polémica, que terminó en el requisamiento de todos los ejemplares, la supresión de la revista, y un viaje obligado al extranjero, debido a las continuas amenazas.
El hecho no afectó la reputación de Guillermo Rivera, y sus electores volvieron a elegirlo diputado. Emprendió además la tarea de fundación de un diario, llamado “El día” y una constante colaboración con otras publicaciones porteñas, que lo acercaron mucho más a la gente, que veía en él un aliado. Fue uno de los redactores del proyecto de Ley de Matrimonio Civil, y uno de los fundadores del Liceo de hombres de Viña del Mar, entre otras tantas iniciativas.
La caricatura de la discordia, en: http://sigloscuriosos.blogspot.com/2009/09/santiago-pulgar-contra-pedro-montt.html

EL PALACIO RIVERA BAEZA
El puerto de Valparaíso supo reponerse del desastre. Rápidamente se inició un completo programa de reconstrucción y renovación urbana, en el que participaron numerosos profesionales chilenos y extranjeros. Entre ellos se encontraban dos italianos: Renato Schiavon y Arnaldo Barison, ambos titulados de arquitecto-ingeniero en la Scuola Industriale di Trieste.
Renato Schiavon y Arnaldo Barison, en la Revista Sucesos 1908.
Fue una promesa de juventud la que los llevó a tomar la decisión de emprender rumbo a Sudamérica, porque Barison siempre se sintió fascinado con nuestro lejano país perdido al fin del mundo, y como presagiando donde terminaría sus días, decidió comprar un boleto en “El Orozco” y partir, casi sin pensarlo, a Chile. Años más tarde en una entrevista confesaría “Nosotros no teníamos intención de venir a reconstruir la ciudad, sino, simplemente cumplir mi promesa nacida de un anhelo…”. Barison Roberts, G. Arnaldo Barison Desman, 1883-1970: retrato de un artista. Chile. 2008
Los primeros meses no fueron fáciles, debían competir con arquitectos de trayectoria como Ettore Petri, Alfredo Azancot, Carlos Claussen, Arturo Llewelyn, Rene Raveau y Esteban Harrington, quien era muy solicitado porque sus edificios habían resistido casi sin rasguños el fuerte terremoto. Mientras buscaban un mejor horizonte, Renato Schiavon –que era pintor y caricaturista- , comienza a publicar sus dibujos en las revistas locales, convirtiéndose en el Director Artístico de la conocida Revista Sucesos. En 1908 por fin llega el primer gran encargo: diseñar una residencia en la cima del Cerro Artillería. El mandante era Wenceslao Campusano, un alto ejecutivo de la Aduana, quien exige un edificio que se vinculara con las viviendas del entorno y el escarpado terreno. Con gran maestría logran erigir una casa de corte victoriano con terrazas y miradores que parecen colgar peligrosamente del cerro. Su silueta, muy cercana al Ascensor Artillería, se convertirá en una de las más famosas postales de Valparaíso.
La denominada "Casona del Cerro Artillería", obra de Barison & Schiavon. Fotografía: Patricia Santini Münzenmayer.
El historicismo parece ser una de las tendencias más utilizadas por los arquitectos a principios del siglo XX. Dentro de ella se encuentra el denominado gótico veneciano, el favorito de la alta sociedad porteña, que veía en la vieja y extravagante Venecia, un fascinante modelo para el “nuevo Valparaíso”. Así entonces, edificios como el Palazzo Ducal, la Ca’ d’ Oro, la Ca’ Lodola, el Palazzo Giustinian Lolin, el Palazzo Bembo, el Palazzo Dandolo o el Palazzo Braschi en Vincenza, se transforman en las principales fuentes de inspiración para los profesionales, detalles que pueden observarse en distintas obras como el cuartel de la Sexta Compañía de Bomberos de Valparaíso, o los palacetes de Rafael Ariztía y Blanca Vergara en Viña del Mar. Hasta incluso en el demolido palacio de los Condes de la Vega, a orillas del río Rimac en Lima. Más información en el blog peruano LimalaUnica.

El palazzo Bembo, la Ca'  D'Oro y el palazzo Giutinian Lolin, de Venecia; fuente de inspiración de muchos arquitectos para recrear el estilo en las latitudes americanas. 
El palacio de Blanca Vergara en Viña del Mar, la fachada de la Sexta Compañia de Bomberos de Valparaíso y la mansión de Rafael Ariztía en Viña del Mar, incorporan en su tratamiento estilísticos, diversos detalles inspirados en el gótico veneciano.
El demolido Palacio de los Condes de la Vega del Ren, a orillas del Rimac, fue una de las mejores alegorías a la vieja Venecia que se construyó en la capital Peruana. Más información en el interesante reportaje de nuestro amigo Limeño, David Pino: http://limalaunica.blogspot.com/2010/09/el-palacete-veneciano-una-destruccion.html
En 1908, Guillermo Rivera encarga un palacete que no está ajeno a estos ideales estéticos. Buscaba por este medio contribuir a la reconstrucción de la ciudad, y de paso transmitir su fascinación por el arte, la música, la pintura, las flores y la naturaleza; placeres que veía alejados por el continuo ejercicio de la abogacía y la política. No pudo contratar a mejores profesionales para hacer realidad sus sueños: Ettore Petri era uno de los arquitectos que más dominaba el escenográfico aparataje veneciano, y lo jóvenes Barison & Schiavon, traían consigo toda la magia modernista del estilo Liberty.
Los trabajos comenzaron ese mismo año, “La hermosa construcción que D. Guillermo está levantando en esta ciudad basta para revelar su amor a la belleza. Ha querido dar cima a una obra de verdadero arte, de refinamiento, de gusto arquitectónico y decorativo; y no ha reparado en dificultades ni gastos. Al efecto, los Sres. Renato Schiavon y Arnaldo Barison, arquitectos y pintores, recién llegados de Europa, están encargados de la ejecución de los primores con que se desea adornar lo que, en realidad, vendrá a ser un palacio en plena ciudad de Valparaíso”. Revista Sucesos, Sep. 1908.
Boceto del palacio Rivera.  Revista Sucesos, 1908.
El viejo edificio comenzó paulatinamente a ser tapado por andamios, mientras cientos de artistas de la construcción iban dando forma a lo que serían gruesos muros, ingeniosas vigas, altas cornisas y delicados ornatos al más puro estilo veneciano.
Ettore Petri diseñó una fachada totalmente simétrica, de tres niveles y rematado por una alta cornisa coronada por sencillas almenas.
En el primer piso conservó los diez accesos originales, que servían para comercio e ingreso a la vivienda; pero les impregnó ese sabor italiano al decorarlos con llamativos arcos ojivales. Una sencilla banda lo separa del piso superior, donde una serie de pilastras corintias divide los módulos de la fachada, dejando espacio para la disposición de grandes ventanas de arco ojival, sustentadas por columnillas, y decoradas por tracerías, un elemento muy característico de las vidrieras góticas, muy similares a las de la Ca D’Or en Venecia. El movimiento de la fachada se acentúa con la aparición de balcones que se proyectan hacia la calle, decorados con piñas y enredaderas florales. El tercer nivel repite los mismos motivos ornamentales de ventanas y balcones, pero incorpora una cenefa de mayólicas italianas, y una banda de pequeñas arquerías decoradas con delicados rostros.

Levantamiento fotográfico de la fachada principal del palacio Rivera. Edición y diseño: Mario Rojas Torrejón y Fernando Imas Brügmann
Arnaldo Barison y Renato Schiavon en su taller de Valparaíso. Revista Sucesos, 1908.
El Senador Rivera fue uno de los impulsores de la reconstrucción de Valparaíso, y sus iniciativas fueron ampliamente difundidas por la prensa de la época. Revista Sucesos, abril 1909.
La fachada por calle Cochrane también fue sometida a una exhaustiva remodelación, desafortunadamente la ausencia de registros, fotografías y las evidentes transformaciones que tuvo el inmueble, dejan sólo espacio para la especulación. Nuestra hipótesis plantea que éste espacio mantuvo las proporciones originales de la antigua propiedad, pero fue remodelada por Petri incorporando algunos guiños que hacen alusión a la Ca’ Lodola de Venecia. Uno de los principales parecidos se centra en la aparición de una cornisa rematada por balaustradas, que se cortan en su centro por la presencia de una pequeña construcción decorada por un frontón triangular, que hoy ya no existe. Las pocas vistas aéreas muestran que éste altillo colindaba con la claraboya, y estaba unido a otro de menores dimensiones que no era apreciable desde la calle; sirviendo posiblemente como un pequeño mirador o acceso a la techumbre.
Medallones con leones, escudos y bandas con pequeñas ménsulas decorativas, son parte de la sencilla decoración de ésta fachada, la que seguramente poseía balcones en las ventanas superiores, que ayudaban a acentuar el estilo italiano del inmueble.

Esquema que refleja la situación actual, y la posible silueta original de la fachada posterior del palacio Rivera en 1908, que podría haber sido similar a la famosa Ca' Lodola de Venecia. Diseño de los autores, Mario Rojas Torrejón y Fernando Imas Brügmann.
Bahía de Valparaíso hacia 1912, donde se aprecia a la izquierda la cubierta del palacio Rivera. Dos construcciones anexas s distinguen entre la techumbre, ambas unidas, y colindantes a dos claraboyas: una de la casa principal, y otra de la casa de servicio, que fue destruida tras un incendio en la década de 1920. Fotografía en Plataformaurbana.cl 
i exteriormente ya era magnífico, bastaba nada más con recorrer sus interiores para darse cuenta de la extraordinaria calidad artística y el novedoso sello que quisieron impregnarle los arquitectos Arnaldo Barison y Renato Schiavon. En el palacio Rivera conviven dos épocas de la arquitectura nacional, las que fueron unidas armónicamente por éstos profesionales. Por un lado conservaron la distribución espacial original, junto con algunos elementos ornamentales de muy buena calidad, como molduras, coronaciones, puertas y balaustres tallados; pero incorporaron en los salones, y sobretodo en el tercer nivel, todos sus conocimientos del artístico estilo Liberty, tan en boga en la Italia del 900.
Corte del palacio Rivera, que refleja la distribución interior y la exhuberancia decorativa de esta particular vivienda de Valparaíso. Dibujo a tinta de Mario Rojas y Fernando Imas, 2014.
1- La puerta principal de madera, está notablemente tallada, con alusivos detalles decorativos que representan leones, guirnaldas y el monograma familiar. 2- La escalera de ónix con pasamanos de bronce, es uno de los elementos más distintivos de la mansión, y se eleva unos cuatro metros hasta alcanzar la planta noble. Fotografía de los autores, 2014.

En el actual número 543 de la calle Serrano, y tras una puerta oscura, notablemente tallada con motivos vegetales y dos fieros leones que custodian el monograma familiar, se accede a la casa. Un agrietado pavimento de mármol verde nos da la bienvenida. Cruzamos una mampara de cristal mientras la luz tenue ilumina una asombrosa escalinata de ónix verde, cuyas gradas disparejas por los años, se encumbran unos cuantos metros hasta la planta noble de ésta mansión.
El sorprendente vestíbulo de distribución. Fotografía de los autores, 2014.
Llegamos a un pequeño vestíbulo de distribución, cuyo centro es ocupado por la escalinata protegida por una balaustrada completamente tallada, mismo trabajo que puede apreciarse en las cuatro puertas que nos rodean. La decoración es neoclásica, con pesados frontones y muros de sencillos paneles de yeso. A nuestras espaldas hay dos puertas que conducen a un gran salón que mira a la calle Serrano; fue presumiblemente una sala de recepciones, sitio ideal para las animadas tertulias, el piano y los primeros pasos de baile bajo el sonido del fonógrafo. La decoración de la sala es discreta, su principal atractivo se concentra en un arco que divide todo el recinto, y que está ornamentado por querubines y columnas jónicas. Las remodelaciones modernas han divido el lugar, tapeando el arco y convirtiendo el salón en dos espacios independientes. Las otras dos puertas dan acceso a oficinas, remodeladas hoy completamente. En una de ellas se encontraba el estudio privado de Guillermo Rivera, una oficina totalmente acondicionada para recibir a los clientes y organizar las numerosas causas, que lo había hecho uno de los abogados más respetables de Valparaíso.


Sorprende aun el excelente tratamiento de los muros, cubiertos por paneles de yeso y frontones sobre las puertas muy decorativos, inspirados en la corte de los Luises. Fotografía de los autores, 2014.
El salón, de apariencia sencilla, está decorado por yesería ornamental en el cielo, y un llamativo arco con columnas que divide el espacio, hoy severamente transformado para acoger oficinas. Fotografía de los autores, 2014.
El vestíbulo es iluminado por la luz que atraviesa una mampara con artísticos vidrios grabados al ácido. Al traspasarla, nos transportamos más de una centuria hasta el momento de su construcción, pues el asombroso hall conserva casi intacto el característico espíritu de las edificaciones porteñas de la Belle Époque. El recinto tiene doble altura, y es generosamente iluminado por una amplia claraboya rectangular, originalmente avitralada. El parquet es de muy buena calidad, las puertas notablemente talladas con motivos de caza, están coronadas por frontones rectos y entrecortados, que resguardan rostros femeninos; mientras que los muros tienen paneles a media altura de yeso, y están rematados por ornamentadas cornisas. Sobre ella se dispone una baranda de madera y fierro, bastante llamativa porque incorpora entre sus ornamentos, las sinuosas formas del art nouveau. Dos arcos –hoy tapeados y reemplazados por puertas- indican que el hall se prolongaba hacia los costados para alcanzar por un lado, la luz de una ventana que da al callejón medianero, y por otro, unir presumiblemente, la casa principal con el área de servicio ubicada en parte del edificio secundario. Estas zonas hoy han sido transformadas en oficinas.
El hall del palacio Rivera conserva la prestancia neoclásica de las viviendas porteñas de principios de siglo, con decorativos paneles de yeso y puertas que sorprenden aun por su calidad artística y excelentes acabados. Fotografía de los autores, 2014.
Un dessus de porte, con motivos neoclásicos son parte de la decoración del hall - El arco de medio punto, que en su origen era una extensión del hall, fue tapeado y reemplazado por una puerta oscura, para poder contar con una nueva oficina para arriendo. Fotografía de los autores, 2014. 
El impresionante tallado de las puertas, revive motivos de caza. - La yesería neoclásica fue complementada con otras de formas más libres, que visten las cornisas del hall. - Una de las puertas, que aun impresiona por su tamaño  y excelentes terminaciones. Fotografía de los autores, 2014. 
Asistentes a una comida en la casa Rivera, en 1909. Revista Sucesos, abril 1909.
Violeta y Zulema Rivera , 1909. Foto Navarro Martínez.
 Hacia el norte, existe un amplio salón de cuidado estilo renacentista, al que se accede por una puerta coronada por el monograma familiar rodeado de dos ángeles en sobrerelieve. En el cielo, destaca un preciado artesonado donde priman los colores azul, verde y rojo; que incorpora dos grandes paneles cuadrados, decorados por niños que sujetan una gruesa guirnalda enriquecida por cintas y diversos motivos vegetales.
Los muros tienen paneles a media altura, el parquet está compuesto por cuatro tipos de madera, las ventanas están decoradas con placas de mármol gris y tienen la particularidad de ser coronadas por fantásticas pinturas de corte modernista, un verdadero acierto que otorga exotismo y ligereza al pesado ambiente de la habitación.
Originalmente éste espacio fue destinado como gran salón de la casa, donde Guillermo Rivera y Zulema Baeza, reunían a sus amistades, en entretenidas reuniones de la más diversa índole. Una de las más recordadas se realizó en honor a los Marinos Japoneses en diciembre de 1909, tras las presentaciones, los invitados fueron conducidos al salón donde los esperaban las niñitas Violeta y Zulema Rivera Baeza disfrazadas de geishas, con grandes pelucas y finos kimonos, que fueron muy alabadas por su interpretación. La noche terminó con un banquete, presidido por los orgullosos dueños de casa.
Un "dessus de porte" decora la puerta principal del Salón, decorada con ángeles y el monograma, que aun conserva su policromía original. 2- El valioso artesonado del salón está compuesto por dos paneles cuadrados que representan una guirnalda floral con ángeles, en su origen pudo estar pintada de vivos colores. Fotografía de los autores, 2014.
Al ya llamativo artesonado, se suman valiosas pinturas murales que coronan las ventanas, y que se inspiran en el movimiento modernista, muy en boga en la Europa durante las primeras décadas del siglo XX. Fotografía de los autores, 2014.
En el salón principal, los asistentes a la comida en honor de los Marinos Japoneses en la casa del Senador Rivera, a fines de diciembre de 1909.  Al centro las hijas de Rivera vestidas de Geishas, junto a su madre. A la derecha, Guillermo Rivera. Revista Sucesos, diciembre 1909.
Mirando a la calle Cochrane se encuentra el antiguo Comedor, que aun resguarda parte de la decoración original. El estilo elegido por los arquitectos fue el exuberante gótico italiano, cuyos estucos se entremezclaron armoniosamente con el moderno pincel de Schiavon, quien dejó plasmado en los muros su fascinación por las sinuosas y coquetas formas del Liberty italiano. La revista Sucesos de septiembre de 1908, publicaba “El comedor de estilo gótico-veneciano y el salón de estilo renacimiento son verdaderas creaciones. En el cielo del comedor habrá un gran cuadro central, una alegoría que representará la independencia de Chile, coronada por un riquísimo fresco de veintiún figuras…”. Los muros fueron cubiertos con finos paneles tallados a media altura, también por diversas pinturas con alegorías a las artes aplicadas y en el piso se dispuso un artístico parquet dibujado. Rivera no escatimó gastos en la decoración del su comedor, y encargó una enorme mesa de estilo art nouveau para disponer en el centro de la sala, que hacían juego con los grandes aparadores cubiertos de platería, cristalería y vajillas importadas. Un biombo y grandes lámparas completaban la lujosa decoración.
Boceto original del Comedor del palacio Rivera, donde se evidencian los elementos decorativos -como paneles y pinturas murales- hoy inexistentes. Revista Sucesos, septiembre 1908.
Sin embargo, hoy tan sólo quedan vestigios de esa maravillosa escenografía veneciana. En la parte superior de los muros, se conserva intacto un friso ricamente ornamentado, compuesto por una banda de canecillos que sostienen arcos ojivales de distintos tamaños, decorados por bufones, leones alados y alternadamente por una serie de asombrosas esculturas femeninas con los brazos elevados que sostienen dos astas de bronce. Tras ellas, un espacio cóncavo en forma de concha, alojaba primitivamente una luminaria que otorgaba mayor profundidad y teatralidad al ya sorprendente espacio. Por otro lado, las enjutas (espacio vacío que queda entre dos arcos) fueron utilizados por Schiavon para disponer una serie de pinturas que hacen relucir su cercanía al modernismo de las artes gráficas, puesto en boga por los famosos Chéret, Grasset, Muchá y Klimt. Las imágenes representan en su mayoría a mujeres jóvenes y hermosas, que posan con sus llamativos atuendos entre la vegetación y el paisaje.  
Vista de la exhuberante ornamentación de la cornisa del Gran Comedor, con sus enjutas decoradas por pinturas modernistas y esculturas, que en su parte posterior aun conservan las antiguas instalaciones eléctricas que formaban parte de todo el conjunto decorativo. Fotografía de los autores, 2010
Detalle de las enjutas que decoran la cornisa del Gran Comedor, con sus rostros de bufón y pinturas modernistas. Fotografía de los autores, 2010
Mucho más tradicional fue su elección para el tratamiento decorativo del cielo del salón: dispuso un panel de yeso rematado en cada esquina por una reinterpretación del León de San Marcos, símbolo de Venecia. Al centro pintó un colorido fresco, cuyo personaje central es un hombre de barba que se traslada en un carro dorado sosteniendo una rama de laurel en señal de victoria. Más arriba, los dioses lo miran con desconfianza desde sus templos, y en el cielo vuelan ángeles vestidos con la bandera chilena, en señal de regocijo. Éste curioso plafond resguarda una anécdota relacionada a la excéntrica personalidad del dueño de casa: El personaje central es nada menos que Guillermo Rivera, que triunfante recorre el Olimpo en su carro de la victoria mientras todos sus adversarios políticos lo observan, derrotados. Relatará con humor su nieto, don Alejandro Rivera Grohnert, actual Concejal de la Ilustre Municipalidad de Peralillo.
El año 2010 una iniciativa buscó convertir ésta sala en un centro de exposiciones temporales a cargo de la Asociación de Funcionarios del Consejo de la Cultura; pero lamentablemente el proyecto no prosperó y el espacio se arrienda hoy como centro de Yoga.
Yesería ornamental que reinterpreta al León de San Marcos, y que forma parte del plafond que pintó Renato Schiavon en 1908. Fotografía de los autores, 2010. 
La magnitud del plafond central del Comedor y la decoración de la cornisa, se aprecia en ésta fotografía, uno de los pocos registros que existen de ésta desconocida sala del palacio. Fotografía de los autores, 2010. 

En el Gran Comedor, los asistentes a la comida en honor de los Marinos Japoneses en la casa del Senador Rivera, a fines de diciembre de 1909. Al fondo, los enormes aparadores  y parte de la silueta de la antigua boiserie que decoraba este salón a principios del siglo XX.  Revista Sucesos, diciembre 1909.
Si regresamos al hall, nos impresionará la caja de escalera de la mansión. Los muros con paneles de yeso se fusionan con las delicadas tallas de la escalera, que tiene barandas de fierro forjado cubiertas por enredaderas y flores en estilo liberty. El pomo está compuesto por un grueso pilar tallado, con tres rostros que sostienen una guirnalda, el que sostenía una lámpara de bronce perdida hace ya muchos años.
La escalera es acompañada en su ascenso por un decorativo panel de madera tallado a media altura, que da paso a otro panel de yeso con formas modernistas, que se eleva unos cuantos metros hasta llegar a un rico cielo abovedado. Dos elementos llaman nuestra atención, al relacionarlos directamente con ese fantasioso aire modernista de las mansiones del 900, que incorporaban sigilosamente en su decoración, algunos adelantos técnicos que permitían mejorar la funcionalidad del inmueble. Se trata de una banda de vitrales ubicada en el entrepiso, y una serie de linternas circulares en la cornisa, que aparentemente estaban dispuestas en ese lugar para resguardar un ingenioso sistema de iluminación eléctrico oculto tras los vidrios, que permitía mejorar sustancialmente la visibilidad de ese oscuro espacio.

Los paneles de madera de la caja de la escalera, tienen pequeños tintes decorativos que recuerdan las formas del modernismo. - La herrería de la escalera son un increíble reflejo de las artes aplicadas a principios del siglo XX, que concentran sinuosas formas art nouveau. Fotografía de los autores, 2010.
Los vitrales bajo la cornisa de la caja de la escalera, al parecer servían para iluminar el espacio, y presumiblemente se desmontaban para hacer los respectivos cambios de ampolletas. - Del mismo modo, las pequeñas lucarnas de la cornisa, albergaban iluminación eléctrica, toda una novedad y lujo a principios del siglo XX. Fotografía de los autores, 2010. 
El pomo de la escalera se repite en el primer y segundo nivel, concentra una guirnalda con tres rostros femeninos, que aun sorprende por su excelente acabado . Fotografía de los autores, 2014.
Caja de escalera del palacio Rivera. 2014
Cuando detenemos nuestro ascenso, podemos darnos cuenta que las excelentes terminaciones ornamentales no sólo se limitaron a la planta noble, sino que fueron incorporadas a los dormitorios y salitas del tercer nivel. Éste piso está distribuido en torno al vacío que forma el balconaje central, compuesto por una delicada baranda fierro y madera, que repiten discretamente motivos del art nouveau. Las paredes decoradas por paneles de yeso dejan espacio para la disposición de una amplia cornisa ornamentada por una banda que incorpora las figuras de ángeles, medallones, aves y guirnaldas. Sobre ella, un pequeño muro con yesería ornamental, soporta las vigas de madera que sustentan una luminosa claraboya.
Una serie de puertas notablemente talladas se disponen casi arbitrariamente en los muros. Tienen la particularidad de tener en el centro vidrios, que permiten una continua iluminación de las habitaciones, pero sin exponer su intimidad. Existe el mito entre los porteños, que éstas puertas y otras decoraciones, estaban destinadas a un Hotel de Estados Unidos y eran transportadas por un barco de origen árabe. Sin embargo, problemas con la tripulación dejaron el navío a la deriva, y los objetos terminaron en la Aduana, siendo rematados por Rivera para decorar su nuevo palacio en 1908. Cierto o no, el excepcional trabajo de muchos de los elementos ornamentales de la casa, merecen un estudio casi independiente, pues son el reflejo de una época en que el arte y la industria buscaban en el diseño una expresión de calidad, lujo y confort.
Espacialmente, el hall se compone de dos recintos: uno de mayores dimensiones iluminado por la claraboya rectangular; y otro de menor tamaño, separado por dos columnas corintias e iluminado cenitalmente por una pequeña claraboya cuadrada. En torno a estos espacios, se distribuyeron dormitorios, salitas, corredores, baños, un acceso al área de servicio y la escalera a la terraza superior, ubicada en una construcción anexa que es apreciable en los antiguos registros fotográficos.
Aspecto del hall del segundo nivel del palacio, que destaca por su ornamentada claraboya rectangular, columnas, paneles de inspiración art nouveau y puertas talladas. Fotografía de los autores, 2014.
El pequeño vestibulo que distribuye las habitaciones que dan a la calle Serrano, conserva la intimidad de sus mejores años. Fotografía de los autores, 2014. 
Decoración de la claraboya del pequeño vestíbulo en el segundo nivel del palacio. Fotografía de los autores, 2014.
Uno de los dormitorios más interesantes se encuentra mirando hacia la calle Cochrane: es una amplia habitación rectangular decorada por paneles de madera a media altura y un artístico parquet dibujado. Según los actuales habitantes, el cielo tiene un fresco decorativo, hoy inapreciable debido a las modificaciones que bajaron la altura de los techos. Ésta sala está unida a otra de menores dimensiones, con grandes ventanas y piso de gres cerámico, que fue utilizado originalmente como sala de baño.
En el extremo opuesto, mirando a la calle Serrano, se encuentra otra habitación de similares características, cuyo elemento más llamativo es un parquet elaborado por diminutas piezas de madera que forman un diseño oriental. Éste recinto también está unido a un amplio baño, e incorpora otra salita anexa. Los demás dormitorios – al menos ocho- son de regular tamaño; algunos están iluminados por grandes ventanas que miran al callejón medianero, y otros incorporan interiormente pequeñas claraboyas. Los requerimientos actuales, han unido estas habitaciones entre sí, para conformar departamentos independientes utilizados para renta.

1. Habitación que da hacia la calle Cochrane, enmaderada a media altura. - 2. Pavimento de gres del baño de ésa misma habitación, hoy convertida en cocina. - 3. El impresionante parquet de ésta habitación, confeccionado con diminutos trozos de madera, que forman un decorativo diseño. Fotografía de los autores, 2014. 
Habitación que da hacia la calle Serrano, aun conserva un decorativo parquet de inspiración oriental. Fotografía de los autores, 2014.
En el Centenario de 1910, la casa de la familia Rivera Baeza se encontraba totalmente finalizada, y deslumbraba a los porteños con sus inigualables interiores, protagonistas de tantas celebraciones durante nuestra primera centuria independiente. Las comidas y las tertulias eran muy frecuentes, y eran cientos los curiosos que se reunían en la calle Serrano para ver a los convidados que subían por la escalera de ónix iluminada en sus verticales, causando un verdadero espectáculo.
Valparaíso vivía con tranquilidad los primeros años de ésta nueva década, atrás habían quedado los lamentos de la hecatombe de 1906, y la ciudad en plena expansión volvía a su natural movimiento, “todo en el puerto tenía para nosotros especial carácter; la mayoría de las personas importantes tenían nombres ingleses, y la vida en general, se regía por prácticas inglesas; para los santiaguinos eran curiosas las costumbres de las familias porteñas que las aventajaban en algunos refinamientos… entre las residencias suntuosas, a más de la nombrada de los Lyon Pérez, estaba la que había edificado con proporciones palaciegas, don Carlos García Huidobro que fue un caballero refinado, poseedor de una notable colección de cuadros… También la casa de don Guillermo Rivera, con su magnífica escalera de ónix y sus colecciones de obras de arte que nos llamaban mucho la atención…”. En: Balmaceda Valdés, E. Un mundo que se fue. Editorial Andrés Bello. 1969, pág. 122
Un grupo de asistentes a la comida de despedida en honor a la Delegación Boliviana, que asistió a los festejos del Centenario de 1910. En: Revista Sucesos, octubre 1910.
Sin embargo, esa fachada de aparente tranquilidad era quebrantada de vez en cuando por los vaivenes de una economía monoproductora y totalmente dependiente de los mercados internacionales. A esto se sumaba el creciente descontento de los sectores más populares, que sufrían los embates de las malas condiciones laborales y la ausencia de los más mínimos derechos. Ésta situación comenzó a generar movilizaciones por todo Chile, las que eran conocidas con el apelativo inglés de “meetings” en la prensa nacional. Se crearon diversas organizaciones, y en Valparaíso un grupo femenino llamado “El despertar de la Mujer” logró reunir a más de 100 madres con sus hijos en noviembre de 1914, que marcharon hacia la Intendencia pidiendo el estancamiento en los precios de los productos de alimentación, cuyas arbitrarias alzas destruían los presupuestos familiares. Tras un llamado de atención en la Intendencia, las mujeres se dirigieron a la casa del Senador Rivera para pedirle su apoyo, pues veían en él un consciente aliado. En: Grez Toso, S. Los anarquistas y el movimiento obrero: la alborada de La Idea en Chile. Lom ediciones, 2007. Pág. 272
El palacio, en Impresiones de la República de Chile. 1915
La carrera política de Guillermo Rivera se consolidó durante ésta heterogénea década. Sus contendores políticos veían en él un respetable enemigo, la gente lo apoyaba incondicionalmente, y su oratoria hacía eco en cada uno de los miembros de la Cámara Alta. A los méritos ya obtenidos en el pasado, se sumaron otros, como su elección como Ministro del Interior y Jefe de Gabinete en 1912, y su designación como Consejero de Estado en 1915. Su labor como Senador por Valparaíso culminó abruptamente en 1924, cuando la Junta Militar presidida por el General Luis Altamirano resolvió disolver el Congreso Nacional, y de paso poner fin al gobierno del Presidente Arturo Alessandri.
Un año antes de este suceso, Rivera había sufrido otro duro golpe en su vida: la prematura muerte de su mujer, Zulema Baeza Infante. Parecía ser que el refulgente dorado de los salones se atenuaba poco a poco, mientras la moderna década de 1920 hacía su rupturista ingreso. A este dolor, se sumó un incendio que destruyó parcialmente la casa de servicio, salvándose el palacio milagrosamente de las llamas. Los difíciles sucesos hicieron que el ex Senador concentrara sus esfuerzos en el desempeño de su trabajo como abogado, sumergiéndose entre las decenas de causas que ocupaban su escritorio; sobre ésta época, su bisnieto, Carlos Rivera Heavey recuerda: “Al enviudar don Guillermo, solicitó a mi abuelo que residiera con su familia en esta casa, para que mi abuela, Olga Bustos Muñoz de Rivera fuera la dueña de casa. En consecuencias, hasta que falleció don Guillermo vivieron en esta casa sus hijos Zulema, Violeta, Gustavo, su señora y sus tres nietos Olga, Guillermo y Gustavo Rivera Bustos...”
Zulema Baeza de Rivera, junto a sus hijas Violeta y Zulema en el vestíbulo del palacio. Fotografía en Revista Zig Zag, 15 de nov 1908 - Retrato de Guillermo Rivera Cotapos, gentileza de su bisnieto, Carlos Rivera Heavey


El imparable Guillermo Rivera sufrirá un ataque al corazón fulminante, que terminará con su vida en 1928. La pena, lleva a sus descendientes a poner en venta la propiedad, y realizar el remate de la valiosa galería de pinturas, que contaba con obras del francés Maurice Rosseau, del holandés Jacob Dooijewaard, del español Francisco Pradilla, la española María Luisa de la Riva Muñoz, el italiano Giuseppe de Nittis, los ingleses Thomas Somerscales y Clarkson Frederick Stanfield; y los chilenos Juan Francisco González y Alfredo Valenzuela Puelma, además de una obra de la pintora nacional Emma Formas de Dávila, titulada El Patio del Convento de San Francisco; y otras tantas piezas de arte, entre ellas el par de faroles que actualmente se encuentran en el ingreso del Club Naval de Valparaíso.
La calle Serrano en 1938. Gentileza Alberto López.
En 1930, adquiere el edificio, doña María Teresa González de Echeverría, pasando en las décadas siguientes a diversos propietarios, que subarriendan los recintos para distintos fines. En la casa contigua funcionó el Club de Mecánicos de la Armada hasta la década de 1980, mientras que en la vivienda principal se sucedieron tiendas de la más diversa índole, entre ellas la famosa sastrería de Guillermo Opazo.
Conforme el puerto inició su estrepitosa decadencia, el palacio Rivera fue cayendo en el más completo silencio. Las habitaciones del tercer nivel fueron divididas para ser arrendadas de forma independientes, y los bajos, pasaron a albergar comercio de todo tipo, desde bares, restoranes y tiendas de electrónica.
Actualmente, gracias a la declaratoria de Valparaíso como Patrimonio de la Humanidad y la revitalización que se impregnó a la calle Serrano tras la explosión de 2007, el palacio Rivera logró recuperar en parte esa majestuosidad pasada, y su fachada está en un buen estado de conservación. El interior, por su parte, continua siendo arrendado independientemente: el tercer nivel es ocupado por departamentos de renta, mientras que la planta noble, alberga diversas oficinas, salas de yoga y dependencias de la Asociación de Funcionarios del Consejo de la Cultura y las Artes.
La casa Urmeneta Parker y Cía, dedicada al rubro de la venta de mercería y ferretería, funcionó en los bajos del palacio Rivera. Fotografía en Sucesos octubre 1911.
La calle Serrano en 1998. Fotografía de Alberto López
El palacio Rivera es un tesoro arquitectónico dentro del puerto de Valparaíso, está inserto dentro de la Zona Típica Plaza Echaurren desde 2001, alberga intacto en su interior la pretenciosa estética del movimiento Liberty italiano, y concentra en su llamativa fachada, esa envergadura grandiosa y alicaída de los viejos palazzos venecianos. Basta nada más con verlo imponente en la calle Serrano, para darse cuenta que es sin lugar a dudas, el mejor representante de esta tendencia arquitectónica en Chile, y uno de los últimos exponentes que quedan de esa etapa historicista en Sudamérica. Merece entonces, ser convertido en Monumento Histórico Nacional, y esperamos poder conseguirlo…

Hall del palacio Rivera. Montaje fotográfico de los autores, 2014

Agradecemos a Daniella Di Domenico, Guillermo Cauchemardesque (Museo Visual de Valparaíso), Lautaro Triviño, Christian Leiva-Ceballos de Puntocl Arquitectos, y Alberto López Martínez (Valparaíso del Recuerdo), por su colaboración y fotografías.
Y especialmente a John Chamberlain, Carlos Rivera Heavey y Alejandro Rivera Grohnert, quienes gentilmente aportaron con valiosa información y fotografías inéditas que enriquecieron este reportaje.



Autores
Mario Rojas Torrejón
Fernando Imas Brügmann
Brügmann, 2014 C

Este es sólo un extracto de nuestra investigación, si tienes más información de la casa, te gustaría aportar con imágenes o algún antecedente nuevo, no dudes en escribir a contacto@brugmann.cl; y así contribuirás junto a nosotros al rescate de la memoria patrimonial de todos los chilenos.




2014. Prohibida su reproducción total o parcial.
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Bibliografía

Balmaceda Valdés, E. Un mundo que se fue. Editorial Andrés Bello. 1969
Barison Roberts, G. Arnaldo Barison Desman, 1883-1970: retrato de un artista. Chile. 2008
Grez Toso, S. Los anarquistas y el movimiento obrero: la alborada de La Idea en Chile. Lom ediciones, 2007.
Huerta-Rodrigo, S. De la raza latina. Paris. 1914.
Lloyd, R. Impresiones de la Republica de Chile en el siglo veinte. Jass. Truscott and Son Ltda. Impresonres. Londres. 1915
Ortega Martínez, Luis. Chile en ruta al capitalismo: cambio, euforia y depresión 1850-1880. LOM ediciones, 2005.
Subercaseaux, J. Reminiscencias. Editorial Nascimiento. 1967.
Tornero, R. Chile Ilustrado. 1872
Vial Correa, G. Historia de Chile 1891-1973. Triunfo y decadencia de la Oligarquia. Editorial Santillana. 1983
Wiener, C. Chili et Chiliens. Paris, 1888.

Catalogo del remate de la galería de cuadros de don Guillermo Rivera. Casa Ramón Eyzaguirre. 28 julio 1928

Revista Sucesos, Sep. 1908
Revista Sucesos, Sep. 1909
Revista Sucesos, Sep. 1911

6 comentarios:

Pedro García O. dijo...

Gracias Brugmann, nuevamente dándonos a conocer y mostrando una joya que la tenemos olvidada y botada,a muy a mal traer,y esperando que las autoridades se dignen a restaurar y conservar como es debido,aquellos que tiempo a tras vieron en valparaíso un sueño de gran ciudad, dejándonos estas obras de arte en la arquitectura y pintura que mal se sentirían de verlo hoy,por favor es hora de tomar conciencia y despertar.

EduBarra dijo...

Gracias por este post tan detallista y documentado sobre un bien patrimonial mal conservado y restaurado de Valparaíso.

Mao Robles dijo...

Que impresionante investigación. Yo viví varios años en el Palacio Rivera, tengo hermosas fotos y maravillosos recuerdos. Gracias por tan valioso documento el cual atesorare con emoción y compartiré con alegría cada vez que pueda.
Mao Robles I.

R.Rojas dijo...

Notable, excelente artículo; hace poco investigué (someramente)sobre el hotel de La Unión, en la calle de la Planchada; perteneció a la familia peruano-ecuatoriana-chilena Herrera Mandracha (al menos el edificio); eran descendientes del gral. Ramón Napoleón Herrera , que fue presidente del "Estado Sur-peruano". El terreno fue comprado, c. 1836, a Pedro N. Mena, que lo había adquirido a Cea (y Portales) en $ 36.000 (!); había antes bodegas y oficinas. También
ubicaba a la familia Rivera Jofré y sus descendientes.
Felicitaciones.

Anónimo dijo...

Otra maravilla del buen gusto, que está esperando que algún día utópico los políticos hagan algo por el patrimonio, y no se dejen siempre comprar por el sucio dinero de los conglomerados empresariales de las constructoras, que en toda obra antigua ven un montón de billete que los espera, para destruir las grandes obras patrimoniales y luego hacer un negocio de corto plazo, por supuesto.

Nicolas Sandoval dijo...

Excelente reportaje, felicitaciones por su labor de rescate y difusión de nuestro patrimonio. Hay nuevas noticias respecto a la declaratoria como monumento nacional de éste inmueble? Si es posible y me lo permitieran, me gustaría poder leer la investigación que que han realizado respecto al palacio Rivera, pues desde que lo conocí, por el año 2007, me pareció una joya de incalculable valor arquitectónico y artístico, conservando casi intacto el espíritu de la Belle Époque porteña y nacional.

Nuevamente mi mas profundo agradecimiento, mucho ánimo y buenos deseos para continuar la encomiable labor de rescate del patrimonio.

Saludos cordiales.