miércoles, julio 12

EL PARQUE O'HIGGINS

Es sin duda alguna el más tradicional parque urbano de Santiago, sitio predilecto desde principios del siglo XIX para conmemorar y celebrar nuestras fiestas patrias. Fue más tarde el centro de recreación por excelencia de todos los santiaguinos, epicentro también de los grandes eventos que marcaron las primeras décadas del siglo veinte. Sin embargo, su decadencia fue estrepitosa y aunque surgieron por doquier iniciativas que intentaron salvarlo del olvido, la imagen urbana del antiguo parque Cousiño se perdió para siempre hasta casi el nuevo milenio.
Hoy en día, la cara amable de este extenso jardín capitalino vuelve a resurgir, y su presencia ha ido recuperando el lugar preponderante que jamás debió perder un espacio privilegiado como éste, en una de las ciudades más contaminadas de Latinoamérica.
Acompáñennos a recorrer la historia del actual parque O'Higgins...





Ya se ha hecho común entre todos los chilenos que sólo en el mes de septiembre comience una carrera por rememorar la mayoría de nuestras tradiciones nacionales. El traje de huaso y las costumbres más campestres resurgen del olvido, así como también las evocaciones de tradiciones mucho más urbanas, como es izar la bandera o pintar las fachadas de las casas. Hasta hace no mucho tiempo era común que las personas se compraran ropa para estrenar en las fiestas, y no son pocas las mujeres que recuerdan que en septiembre usaban por primera vez el tan primaveral zapato blanco. Pero dentro de todas esas evocaciones, revive casi por añadidura el nombre del Parque O'Higgins, epicentro de las fondas y de la Parada Militar, donde cientos de personas se reúnen a celebrar un año más de nuestra nación americana.

Sin embargo, no muchos saben que hace no tantos años este lugar se llamaba Parque Cousiño, y era el paseo obligado de todos los santiaguinos. Su origen se remonta a principios del siglo XIX, y su desarrollo estuvo estrechamente ligado a las transformaciones que vivió nuestra ciudad a través de los últimos dos siglos. Hacia 1840 existía al sur del núcleo urbano, una enorme explanada poco forestada que componía las propiedades rurales de los vecinos Santiago Montt, Francisco Vergara y Juan Francisco Castro; además de un pequeño predio que pertenecía al gobierno. Este sitio comenzó de a poco a ser frecuentado por los santiaguinos, que se reunían para elevar volantines, andar a caballo, escapar del calor de los primeros meses de verano y presenciar algunos ejercicios militares. Comenzó entonces este lugar a ser llamado El Llano o La Pampilla, y se convirtió en un sitio obligado de recreación para los habitantes de la capital. 



En 1842 el gobierno de Manuel Bulnes impuso la tarea al Ministro de Guerra y Marina José Santiago Aldunate, de buscar un predio donde poder establecer nuevos edificios militares para que el ejército o la milicia, pudiera tener un espacio propio para su entrenamiento. De inmediato surgió entonces la idea de adquirir La Pampilla, siendo los mismos propietarios quienes ofrecen la venta al fisco por el precio total de 78 mil pesos, compra que se materializa el veinte de enero de 1843. La extensión del nuevo predio fiscal quedó delimitado entonces por el Camino de la Cintura Sur hacia el norte (hoy avenida Blanco Encalada), la actual avenida Viel al oriente, el Zanjón de la Aguada al sur y al poniente el Callejón de Padura, hoy Beauchef. La generosa explanada permitió entonces la construcción de la Escuela Militar, el Parque General del Ejército, el Cuartel de Artillería, el Presidio Urbano, la Penitenciaria, una fábrica de cartuchos y la quinta del Instituto Nacional. Desde ese momento La Pampilla comenzó a denominarse Campo de Marte, en alusión al llano en las afueras de la antigua Roma donde su ejército se entrenaba.
El Campo de Marte en Santiago, por el artista genovés Giovatto Molinelli, 1859. Colección Museo Nacional de Bellas Artes.


Durante el gobierno de José Joaquín Pérez en 1870, las nuevas tendencias urbanísticas ligadas al Higienismo, comenzaron a hacer eco en los países latinoamericanos. No bastaba con sólo reorganizar el plano urbano, alejar las industrias de las zonas residenciales, dotar de agua potable o alcantarillado, y erradicar las áreas poco salubres, foco constante de epidemias. Sino que las reformas debían considerar también la creación de lugares de esparcimiento y recreación pública, donde la población pudiera concurrir a diario para sociabilizar y descansar del ajetreo moderno. Surge entonces la idea de crear un enorme parque urbano, inspirado en el concepto de jardín público impuesto por el inglés Sir Joseph Paxton quien diseñó en la década de 1840 los famosos Princes Park y Birkenhead Park, ambos cerca de Liverpool, considerados los primeros parques urbanos de carácter público del mundo, costeados con fondos estatales. Siguiendo este modelo aparecen el Hyde Park de Londres, el Bois de Boulogne de Paris, el Stadtpark vienés, el Parque del Buen Retiro en Madrid, el Tiergarten de Berlín, el Central Park de Nueva York, el Parque de la Exposición en Lima, el Tres de Febrero en Buenos Aires y el Jardim Da Luz en Sao Paulo. Santiago de Chile entonces, esperaba poder sumarse a esta lista de pioneros de la recreación urbana.

La laguna del Birkenhead Park aun conserva la mayoría de sus estructuras como este pabellón y un puente techado. Es considerado el primer parque público de la historia, y se ubica en las proximidades de Liberpool en el Reino Unido. 


Retrato de Luis Cousiño Squella (1835-1873)
Sin embargo, construir un jardín de esas características era sumamente caro, y a pesar de los dividendos industriales y mineros; ni la municipalidad de Santiago o la Intendencia, podía costear semejante gasto. Pero a nuestra capital en ese momento no le faltaban buenos amigos, y aparece en escena el rico magnate de la minería Luis Cousiño Squella, quien convencido del aporte que sería este jardín a la ciudad, se ofrece a costear el diseño, transformación y conformación del nuevo parque, además de su regadío, ornamentación, caminos y hasta los trajes de los guardabosques; dejando que la Municipalidad de Santiago tan sólo se encargara de proporcionar el agua suficiente para la construcción de una laguna y la compra de árboles para la forestación. Cousiño contrata entonces los servicios para el diseño del parque, al ingeniero y paisajista español Manuel de Arana y Bórica, quien tenía una atractiva trayectoria en España, especialmente en la ciudad de Vitoria, donde había diseñado la Casa Modelo de Labranza y Escuela de Agricultura; y años antes había llegado a Chile a hacerse cargo de la Quinta Normal, parque que gracias a su administración logró hacerse autosustentable. Por motivos que desconocemos, será el francés Guillaume Renner quien más tarde finalizará los trabajos de paisajismo y construcción del lugar.

El resultado fue un enorme parque de 91 hectáreas, forestado con más de sesenta mil árboles como acacias, olmos y fresnos que dejaban espacio a una red de caminos de más de ocho kilómetros. Uno de los mayores atractivos, era la extensa laguna artificial de 30 mil metros cuadrados, con pequeños islotes y tres puentes, diseñados al estilo que los franceses llamaban “rústico” pues imitaban troncos de madera. Se dispusieron además algunos quioscos, zonas de descanso, un pabellón de música y una balaustrada de madera que bordeaba parte del lago para servir de paseo, donde Renner aprovechó de instalar algunos jardines, parterres y quizás el único conjunto escultórico del lugar: Neptuno y Anfitrite, de la fundición francesa Val D’Osne, actualmente ubicado en el acceso norte del Cerro Santa Lucía. 

El ya sorprendente parque para esa época, consideró además la construcción de un restaurant próximo a la laguna, con un muelle para instalar el servicio de pequeñas embarcaciones de paseo. También se levantaron dos grandes invernaderos para el cultivo de árboles y flores del mismo parque; y dos casas de jardineros, que tendrían a su disposición las modernas carretas con herramientas que el mismo Cousiño había importado de Francia, junto con los uniformes de los guardabosques. El trazado que privilegió el modelo inglés, donde los árboles son los protagonistas, permitió dejar la extensa explanada del campo de marte libre, cumpliendo con la disposición gubernamental que exigía de un espacio para la revista militar. 
El 2 de enero de 1873 se entregó oficialmente el parque al Intendente Benjamín Vicuña Mackenna. Cuatro meses más tarde, el mismo intendente junto al consejo municipal, decidió designar el nombre de Parque Cousiño a este nuevo pulmón verde santiaguino, como muestra de gratitud de la ciudad con el filántropo Luis Cousiño, quien morirá de tuberculosis el 19 de mayo de 1873 en Chorrillos (Perú), seis días después de este reconocimiento. 
Aspecto de la laguna del parque Cousiño en 1883, con uno de sus puentes y la casa del cuidador, posteriormente Restaurant. Fotografía E. Garreaud, 1883. Colección Biblioteca Nacional de Francia.
Postal iluminada del Parque Cousiño y su quiosco de música. c. 1910. Colección Museo Histórico Nacional de Chile.

Ese mismo año llegó a Chile el arquitecto francés Paul Lathoud, contratado por el gobierno para diseñar el Parque y Palacio de la Exposición Internacional (Hoy Museo Nacional de Historia Natural de la Quinta Normal). La viuda de Luis Cousiño, Isidora Goyenechea, contrata sus servicios para construir su palacio de la calle Dieciocho y realizar algunas obras particulares en su hacienda Macul, entre ellas la reja perimetral y los portones de acceso al jardín de la casa, hoy aún existentes. No se sabe a ciencia cierta si es la misma señora Goyenechea en su afán de culminar los proyectos inconclusos de su marido, o es la intendencia de Santiago, quien contrata a este profesional para el diseño de la reja de acceso al Parque Cousiño. Más no pudieron elegir a un mejor promotor de los ideales higienistas galos, pues Lathoud se había educado en la École des Beaux-Arts de Paris, y traía consigo el espíritu reformista que había invadido a la capital francesa con las transformaciones urbanas de Georges-Eugène Haussmann. 
El proyecto se realizó al final de una explanada conocida como Plaza Gamero, que el mismo Intendente Vicuña Mackenna había creado en el Camino de Cintura, entre las nuevas calles Ejército Libertador y Vergara. Aprovechando esta especie de patio que antecedía el parque, Paul Lathoud diseña un acceso inspirado en el concepto de la Grille d’honneur de los viejos jardines y palacios reales de Francia, donde un enorme y decorativo portón de hierro dispuesto al centro de una reja y delimitado por pabellones de portería, servía de acceso triunfal a un recinto generalmente de uso privado. 
En el caso de Santiago, esta magnífica estructura metálica vendría a coronar el más importante parque público de Chile, pensado para satisfacer las necesidades de esparcimiento de todos los habitantes sin distinción social. Ingresar a él a través de esos dos portones de fierro fundidos en la lejana ciudad de Lyon, permitía a los ciudadanos de la capital unirse a una era moderna donde la industria, las artes decorativas y el paisajismo se unían para entregarles un trozo de ese mundo civilizado e higiénico que tanto añoraban los chilenos. 
Acceso al Parque Cousiño, obra del arquitecto Paul Lathoud en 1875. Fotografía Archivo Patrimonial Brügmann.

La inauguración del Parque Cousiño supuso también la formación de un nuevo barrio al sur de la Alameda, representado en la apertura de dos nuevas calles: la avenida Ejército Libertador y la calle del Dieciocho de Septiembre, que tendrían como principal función servir como vía triunfal para la ida y el regreso al parque, respectivamente. Surgen entonces viviendas espaciosas, elegantes y muy suntuosas, como el palacio Aldunate, el palacio Herquíñigo en la avenida Ejército, o el palacio Echaurren, el palacio Cousiño y el palacio Morandé en la calle Dieciocho, por nombrar algunos. El sentimiento del barrio es de profundo optimismo, familias numerosas habitan estas nuevas mansiones, muchas de ellas parte de este pujante proceso de modernización del país.

El lugar entonces se transforma en un paseo obligado para los santiaguinos, especialmente para las familias más acomodadas, que por proximidad o novedad, harán del parque Cousiño el sitio predilecto para sus reuniones sociales. De esta costumbre dará cuenta el diplomático colombiano Rafael Uribe en su libro Por la América del Sur: “Durante todas las horas del día y especialmente en la mañana y en la tarde, el parque Cousiño está lleno de paseantes, niños, nodrizas, señoras, etc., y es el favorito de la aristocracia. La entrada de cada coche cuesta 40 centavos y veces hay en que se ven 500. Esto constituye la renta que la municipalidad invierte en la conservación y embellecimiento del parque donde nunca faltan 25 o 30 obreros”. De lo mismo hablará también el escritor Luís Orrego Luco quien expondrá “Los carruajes de estilo americano, eran arrastrados por parejas de caballos Cleveland, de grande alzada, con cocheros y lacayos de librea; y también había magníficos landós arrastrados por dos parejas de caballos. El aspecto del Parque Cousiño era imponente y daba la impresión de la mayor elegancia”. Mucho menos entusiasta será la escritora Inés Echeverría (Iris) quien en sus memorias recordará el parque como una verdadera tortura auto impuesta para cumplir con las obligaciones de su propia condición social “Hoy despertó la primavera y fui con Joaquín al Parque Cousiño en carruaje. Todos los coches permanecen detenidos en fila al borde de la avenida que circunda el lago. Los carruajes que llegan a tomar colocación son revisados por las familias ya instaladas en sus berlinas y caleches. Todos se observan y saludan con ceremoniosa gravedad ritual. Ni conversaciones en alta voz, ni sonrisas. Se cumple con el deber de mostrarse y lucirse La gente echa a caminar. El paseo se hace con discreta compostura, las niñas solteras, amparadas por sus padres, apenas levantan la vista, no deben mosquearse. Se pronuncian las mismas palabras y se cruzan sonrisas del mismo cliché. Nada ha cambiado de un año a otro”. 
Laguna del Parque Cousiño a inicios del siglo XX.  Fotografía Estudio Obder Heffer, 1906. Colección Biblioteca Nacional de Chile.
La laguna del Parque Cousiño, obra del pintor Alberto Orrego Luco, 1887. Colección Museo Nacional de Bellas Artes de Chile.
Niñas en la laguna del parque Cousiño, atrás las figuras de Neptuno y Anfititre en su ubicación original. Fotografía de Julio Bertrand Vidal, 1906. Colección Biblioteca Nacional de Chile.
Grupo de personas en el parque Cousiño, presenciando la novedad del gramófono. Fotografía 1900. Colección Flickr santiagonostalgico. 

Diferentes miradas podían darse en torno al Parque Cousiño, pero era innegable la importancia urbano-social que tenía el lugar a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Durante el mes de septiembre, este espacio alcanzaba su punto más álgido cuando era escenario de los festejos patrios, encabezados por el Presidente, los ministros y miles de personas que se agolpaban a ver no sólo el interminable desfile militar, sino que también para presenciar el arribo de los coches vís-a-vís de las grandes familias, quienes acudían en masa a los festejos vestidos con sus mejores trajes. La elipse del Campo de Marte tomaba entonces su lugar preponderante dentro del parque, y desde las tribunas el Presidente de turno dirigía los saludos a las tropas. Quizás la más recordada de ellas fue la efectuada el 19 de septiembre de 1910 para los festejos del Centenario, encabezada por el presidente chileno Emiliano Figueroa y el presidente argentino Figueroa Alcorta, que contó con la participación de tropas trasandinas y veteranos de la guerra de 1879, ante más de treinta mil personas. Terminada la revista militar, la comitiva presidencial tomó rumbo hacia el almuerzo oficial en el Palacio de La Moneda, momento en que la calle Dieciocho se convirtió en un verdadero jardín, con los balcones de sus casas cubiertos de flores, cuyos pétalos eran arrojados a los numerosos coches que a duras penas avanzaban entre la multitud que se agolpó en la calle para presenciar este espectáculo. 

Antiguas tribunas del Parque Cousiño, en la elipse del Campo de Marte durante los festejos de septiembre. Fotografía Dominguez, c. 1910

Semejantes situaciones se vivieron en festejos posteriores, como por ejemplo en la visita del Príncipe de Piamonte, las manifestaciones, las reuniones políticas, celebraciones deportivas o la Coronación de la Virgen del Carmen como Reina de Chile, tras la autorización del Papa Pio XI, realizada el 19 de septiembre de 1926.
Coronación de la Virgen. Colección Cofradía del Carmen.
“Desde tempranas horas de la mañana se apreciaba la llegada de gente al Parque Cousiño: venían desde distintos puntos del país en los llamados “trenes marianos”, que llegaban a las estaciones Mapocho, Alameda y Pirque. A las cinco de la mañana el parque estaba repleto. La imagen de la Virgen tenía que estar a las cinco y media en el parque, pero llegó a las siete por la cantidad de gente que ocupaba las calles de su recorrido.
Cuando entró al parque, los coros, las bandas militares, los colegios y otras instituciones comenzaron a cantar la canción nacional. Finalmente la imagen fue colocada en un trono y rodeada de veinte altares en los que se decía misa y se recibía la comunión. Después de las ocho de la mañana entraron los veteranos del 79, que llevaban en sus manos las banderas (habían sido sacadas para la ocasión del Museo Histórico Nacional) con que volvieron de Lima en 1881, y que en esa oportunidad habían inclinado delante de su Patrona.
Luego ingresaron los carros que llevaban las coronas, escoltados por dos mil niños vestidos de blanco, y junto a ellos todos los obispos envueltos en sus capas. A las once, la Virgen fue coronada por el representante del Papa, monseñor Aloisi Masella, y el entusiasmo reinante se tornó en un gran silencio. Era un silencio conmovedor el de toda esa masa humana que ocupaba totalmente varias cuadras. El nuncio coronó la imagen del Niño y de la Virgen del Carmen. Luego se agitaron las banderas, hubo un repique general de campanas, sonaron las salvas de veintiún cañones, y miles de flores fueron lanzadas por decenas de aviones. Por primera vez ese domingo amanecieron todas las iglesias de Santiago cerradas, porque las misas se celebraron sólo en el Parque. Terminada la ceremonia, la imagen coronada fue llevada en triunfal procesión a la Basílica del Salvador, donde se diría una misa solemne. Se calcula que asistieron unas 500.000 personas”[1]
El tranvía 19, más conocido como el carro-parque, incluía dentro de su recorrido el Parque Cousiño, permitiendo que a diario cientos de personas pudieran tener fácil acceso a este concurrido rincón de Santiago. Fotografía c. 1920, Archivo Chilectra.
Casas en la avenida Tupper, una de las nuevas urbanizaciones que surgieron a principios del siglo XX junto al Parque Cousiño. Fotografía 2007, Archivo Patrimonial Brügmann.

Al parque se accedía fácilmente a través del Carro 18, el Carro-Parque, un tranvía que permitía a todos llegar hasta el ingreso principal. A las zonas de descanso, se sumó la presencia de un pequeño teatro destinado a exhibir una reconstrucción histórica de la Batalla de Maipú que gustaba mucho a los jóvenes, quienes también acudían en masa para practicar deportes como tennis, box, futbol, basquetball o experiementar en las primeras carreras automovilísticas. Ya a principios del 1900, surgen en las avenidas circundantes al parque, urbanizaciones de carácter social muy relevantes para suplir la creciente necesidad de vivienda obrera y de clase media en Santiago. Nacen entonces las hoy llamadas Población Cifuentes y Población Cousiño, ambas diseñadas por el arquitecto Manuel Cifuentes; así como también la Población Elena Barros, actualmente agrupadas en la zona típica Barrio Viel. Hacia el sur y el poniente, muy cerca del Club Hípico, el área experimentará también un auge inmobiliario, construyéndose diversos chalets de corte historicista. 
Maria Inés Pacheco en uno de los puentes de la laguna del parque Cousiño en 1927. Archivo Patrimonial Brügmann. 
Leon y Malbina Maranovsky, Abraham Weinstein junto a Emilio y Rosa Iscowich en el Parque Cousiño. 1928. Archivo Patrimonial BrügmanN
Juanita Pacheco de Ríos en la laguna del parque Cousiño en 1934. Archivo Patrimonial Brügmann.

El tiempo no fue amable con el famoso Parque Cousiño, al paulatino decaimiento del barrio que fue perdiendo su carácter residencial, se sumó una falta de mantención permanente en las áreas verdes, las estructuras y la laguna. Parecía ser que el parque estaba condenado a llamar la atención sólo durante las fiestas patrias, a pesar de algunos intentos de revitalización como el diseño del estadio techado más grande de Chile por el arquitecto y atleta chileno Mario Recordon; o la remodelación del famoso cerrito del parque por parte del gobierno Chino, que creó ahí el Jardín Chino con su característico kiosko y puente oriental. 
Jardín Chino del Parque O'Higgins, recientemente recuperado.
A inicios de la década de 1970, después de años de paulatina mutilación y abandono, que incluyó el cese de su regadío, el parque tuvo una pequeña luz de esperanza durante el gobierno de Salvador Allende, quien encargó un completo plan de remodelación que incluyó el cierre perimetral, remozamiento de jardines y la construcción de un “pueblito” turístico con restoranes y venta de artesanías. A estas nuevas construcciones se deben sumar la presencia de algunos pequeños recintos deportivos, piscinas y construcciones anexas que fueron mutilando de a poco la imagen original del parque. En esta misma época el lugar pierde definitivamente su identidad cuando el gobierno decide cambiar su nombre por Parque O’Higgins, en un intento por generar una nueva etapa para este pulmón verde santiaguino. Un cambio desafortunado pero nada de extraño en la realidad nacional, acostumbrada a no respetar las proezas del pasado, ni a quienes fueron protagonistas de tales hazañas, en este caso el señor Cousiño.
Quiosco en el interior del parque O'Higgins.

Los años siguientes tampoco fueron benéficos para el parque, pues la construcción de la carretera Panamericana lo separó para siempre de los barrios que nacieron bajo su alero; la construcción de la Universidad Bernardo O’Higgins tampoco colaboró en mantener su silueta original, ni tampoco la extraña idea de poner en los antiguos jardines y bosques, un parque de diversiones. Hoy sólo se conservan 70 hectáreas de las casi 92 originales.
Con el tiempo, el nombre de Parque O'Higgins se asoció a delincuencia, decadencia y descuido, desapareciendo irreversiblemente del vocabulario del santiaguino moderno, dejando de paso, a generaciones enteras sin siquiera poder ver de lejos todas las bondades que un parque representa. El cronista Joaquín Edwards esboza parte del panorama del parque en la era moderna, reflejando además como de costumbre, los problemas de una sociedad poco apegada a sus espacios y a su historia: "Limpiar el parque se puede, pero resucitar al de antes no es posible. Un parque popular, con entretenimientos después de quitar el criadero de moscas y de bostas, que es la elipse, sería lo más sensato. Los flojos, es decir, el número más considerable y elegante de santiaguinos, no van al parque porque está lejos. No van ni al cerro; para que fueran sería indispensable ponerles ascensor y un bar con sandwichs en lo alto...". 
La década de 1990 llegó con nuevos intentos de revitalizar el parque, pequeños programas de reforestación, remozamientos de áreas verdes y creación de atractivos culturales. De a poco, la silueta del parque resurgió más allá de las fondas de fiestas patrias, comenzando tímidamente a formar parte del vocabulario de los más jóvenes gracias al deporte y los espectáculos organizados en el famoso teatro La Cupula y posteriormente en el multitudinario Movistar Arena, y el festival Lollapalooza.
Vista aérea del Festival Lollapalooza 2016 en el Parque O'Higgins. Fotografía www.suksa.cl
Como vemos, el uso de este viejo pulmón verde santiaguino ha mutado ajustándose a las necesidades contemporáneas, y aunque eso ha ido en desmedro de sus senderos, su laguna y sombríos bosques; es innegable que la presencia de eventos como éstos, ha contribuido a volver a poner en el subconsciente de los santiaguinos y en las autoridades, la existencia de este privilegiado espacio enclavado en una de las ciudades más contaminadas de Latinoamérica. 
Ahora debe llegar una segunda etapa. Una que permita hacer más amigable el lento camino para que el Parque O'Higgins vuelva a convivir con la ciudad que lo vio nacer hace ya casi 144 años, y desde ahí hacer resurgir su silueta, y de paso recuperarlo y revitalizarlo para que vuelva a ser el gran jardín santiaguino. 
¿Volver a llamarlo Parque Cousiño?, podría ser un buen comienzo...

La laguna del Parque Cousiño, actual O'Higgins. Fotografía Leo Román, en Flickr. 2013

Autores
Mario Rojas Torrejón
Fernando Imas Brügmann
Brügmann, 2017 C

Este es sólo un extracto de nuestra investigación, si tienes más información de la casa, te gustaría aportar con imágenes o algún antecedente nuevo, no dudes en escribir a contacto@brugmann.cl; y así contribuirás junto a nosotros al rescate de la memoria patrimonial de todos los chilenos.




2017. Prohibida su reproducción total o parcial.
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Imagen de portada: Familia en bote en la laguna del parque Cousiño, c.1900. Colección Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.

Bibliografía y fuentes consultadas:


Curtis, W. The capitals of spanish america. Nueva York, Estados Unidos. 1888
Echeverria, M. Agonía de una irreverente. Editorial Sudamericana, Santiago de Chile. 1996
Edwards, J. Andando por Madrid y otras páginas. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. 1969
Díaz, H. Alone, Pretérito Imperfecto. Editorial Nascimiento, Santiago de Chile. 1976
Domínguez, M. Parque Cousiño y Parque O'Higgins: imagen pasada,presente y futura de un espacio verde en la metrópoli de Santiago. en Revista de Urbanismo N° 3 de agosto de 2000.
(1)Hevia, P. Pasado y presente de la devoción de la Virgen del Carmen en Chile: la imagen de la Parroquia El Sagrario. Revista Conserva, DIBAM. N°15. 2010 Pág. 35.
Lawner, M. et al. Salvador Allende: presencia en la ausencia. Editorial LOM, Santiago de Chile. 2008
Poirier, E. Chile en 1908. Imprenta Barcelona. Santiago de Chile, 1909.
Robinson Wright, M. The Republic of Chile. Filadelfia, Estados Unidos. 1905
Uribe, R. Por la America del Sur. Imprenta Electra. Bogotá, Colombia. 1908
http://www.latercera.com/noticia/el-jardin-secreto-del-parque-ohiggins/

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