"Don Luís Arrieta Cañas, en el ocaso de su vida, ha decidido vender su hermosa mansión de Peñalolén y con ello ha puesto punto final a una larga tradición de cultura y belleza", expondrá el diario El Mercurio en 1954.
Es que el cierre de este parque en los faldeos de la cordillera de Los Andes suponía no sólo el traslado de una familia, sino que significaba el término de uno de los últimos espacios de la intelectualidad chilena, donde la música fue protagonista por al menos 150 años.
El Parque Arrieta hoy aun se alza en lo alto de nuestra ciudad, resguardando espejos de agua, piletas, esculturas, centenarios árboles y una espectacular mansión campestre que guarda entre sus muros pasajes trascendentales que configuraron el Chile actual.
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